
Ante los embates del presidente de Estados Unidos contra América Latina, la Unión Europea y contra su propia población, y a unos meses del 250 aniversario de Estados Unidos, que el aspirante a emperador pretende celebrar con un arco de triunfo, las reflexiones de Hannah Arendt en su libro Crisis de la República (1975) adquieren una dramática vigencia. Ante la conmemoración de los entonces 200 años de esa República, la filósofa política reunió cuatro ensayos (escritos entre 1969 y 1972) sobre asuntos cruciales para pensar lo que consideraba el debilitamiento del carácter republicano del gobierno y de la vida política en E.U.: “La mentira en la política”, “Desobediencia civil”, “Sobre la violencia” y “Pensamientos sobre revolución y política”. En el peligroso e incierto contexto actual, estos textos pueden leerse como antecedente y advertencia de los peligros que conllevan la ilusión de omnipotencia de un narcisista empoderado y la demolición del equilibrio de poderes. Son también una invitación a revalorar la acción colectiva como resistencia al autoritarismo.
En “La mentira en la política” (1971), Arendt examina el uso de la desinformación y la mentira en torno al papel de EU en Indochina, expuesta en los Papeles del Pentágono, investigación secreta revelada por el New York Times en 1971, cuando las protestas contra la guerra de Vietnam habían alcanzado su clímax. El problema principal que exhiben estos documentos, escribe, es el engaño – “la falsedad deliberada y la mentira pura”- , a las que se suman nuevas herramientas como las relaciones públicas al estilo publicitario y la adaptación de la realidad a la teoría por parte de “especialistas en resolver problemas”, que “des-realizan” los hechos. En el contexto de una guerra prolongada y desastrosa, sin apoyo popular, los burócratas y políticos engañadores no buscaban preservar el interés nacional sino proyectar una “imagen de omnipotencia” de su país. A fuerza de negar o inventar hechos, o suplantarlos por hipótesis, se engañaron a sí mismos, tomaron decisiones ajenas a la realidad (que ellos conocían), con altísimos costos. Todo “con fines psicológicos”; de cara a la opinión pública interna y mundial.
Aunque ni los gobiernos totalitarios pueden engañar a todos todo el tiempo, el autoengaño, la mentira y la desinformación son terriblemente dañinos, explica. Mientras que “el engañador autoengañado pierde todo contacto con el público y con la realidad”, “detrás del reiterado cliché de ser ‘el país más poderoso’ ronda el peligroso mito de la omnipotencia”, que lleva a tomar decisiones catastróficas y pasa por alto que “incluso el gran poder es poder limitado”. Además, el uso sistemático de la mentira, como escribiera en “Verdad y política”, lleva a la sociedad a perder confianza en la información y en los hechos: a no creer nada porque ya no puede distinguir entre verdad y mentira.
Si el gobierno de EU fracasó en sus afanes de engañar a su propia población y de “salvar la cara” ante ésta y el mundo, no fue sólo por sus derrotas innegables, también se debió a la ética de los medios que informaban acerca de la realidad y denunciaban los crímenes de guerra que cometían las fuerzas armadas, como la masacre de My Lai denunciada por Seymour Hersh. Estas denuncias movilizaron a la sociedad, a la juventud en particular, contra la guerra. Por ello, afirma la autora, “la prensa libre y no corrupta” juega un papel fundamental y “puede llamarse el cuarto poder”.
Aunque consideraba insuficiente la protección de la Primera Enmienda (libertad de expresión), Arendt todavía confiaba en que, mientras no cambiara “el carácter nacional”, el gobierno no podría retomar su política imperialista. También confiaba en que la República resistiría “los intentos del gobierno de eludir las garantías del Congreso y de intimidar a quienes no están dispuestos a dejarse intimidar”.
Cincuenta años después, el Congreso no parece confiable; la resistencia civil, en cambio, se expande, pese a todo.
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Cortesía de El Economista
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