Durante siglos, los seres humanos han creído cosas por tradición, por autoridad o por simple repetición. Muchas de esas creencias no nacen de un examen cuidadoso de los hechos, sino de la costumbre de aceptar lo que se oye, lo que se hereda o lo que tranquiliza. La historia del pensamiento está llena de ideas firmemente sostenidas que, vistas con distancia, se apoyaban en muy poco.
David Hume formuló una advertencia que sigue resultando incómoda: creer no es un acto neutro, y hacerlo sin atender a las pruebas tiene consecuencias. Cuando afirma que un hombre sabio ajusta su creencia a la evidencia, no está proponiendo una virtud intelectual abstracta, sino un criterio concreto para orientarse en un mundo lleno de afirmaciones, relatos y promesas que compiten por ser aceptadas como verdaderas.
Quién fue Hume y por qué desconfiaba de nuestras certezas
David Hume fue uno de los grandes pensadores del empirismo británico del siglo XVIII, una corriente que defendía que todo conocimiento legítimo debe tener su origen en la experiencia. Frente a los sistemas filosóficos que confiaban en principios innatos o verdades evidentes por sí mismas, Hume sospechaba de cualquier idea que no pudiera rastrearse hasta lo que vemos, oímos o experimentamos de algún modo.
Esa desconfianza no se dirigía solo hacia las grandes construcciones metafísicas, sino también hacia los mecanismos cotidianos con los que formamos nuestras creencias. Hume observó que la mente humana tiende a aceptar conexiones, causas y explicaciones más allá de lo que los hechos permiten, movida por la costumbre, la imaginación o el deseo de encontrar orden. Creemos porque estamos habituados a creer, no porque hayamos evaluado cuidadosamente las pruebas.
En ese contexto, la figura del “hombre sabio” no describe a un erudito ni a un especialista, sino a alguien que modera su asentimiento, que no concede más certeza de la que los datos disponibles justifican. La sabiduría, para Hume, no consiste en acumular creencias, sino en saber hasta dónde llegan.

Ajustar la creencia no es negarlo todo
La frase puede sonar, a primera vista, a una invitación al escepticismo radical, como si Hume defendiera la suspensión constante del juicio o la imposibilidad de creer en nada con firmeza. Sin embargo, su propuesta es más matizada. Ajustar la creencia a la evidencia no significa rechazar toda creencia, sino calibrarla.
Hume acepta que vivimos rodeados de inferencias: confiamos en que el sol saldrá mañana, en que el fuego quema o en que las personas actuarán de forma más o menos coherente. Pero insiste en que esas creencias tienen un grado de fuerza distinto según el tipo y la solidez de la experiencia que las respalda. El problema aparece cuando otorgamos a una afirmación una certeza mayor que la que sus pruebas permiten.
Un hombre sabio ajusta su creencia a la evidencia
David Hume
Aquí entra en juego una idea central de su pensamiento: la proporcionalidad. Una creencia ordinaria puede sostenerse con pruebas ordinarias; una afirmación extraordinaria exige una evidencia extraordinariamente fuerte. Cuando esa proporción se rompe, la creencia deja de ser razonable y pasa a ser un acto de fe injustificado.
Investigación sobre el conocimiento humano: los milagros como caso límite
La afirmación aparece en la Investigación sobre el conocimiento humano, concretamente en la Sección X, dedicada a los milagros. No es un detalle menor. Hume no escoge un ejemplo neutro, sino uno de los terrenos donde la credulidad y la autoridad suelen imponerse con más fuerza.
Al analizar los testimonios de milagros, Hume no se limita a negar su posibilidad. Lo que hace es algo más sutil: compara la fuerza del testimonio humano con la regularidad de las leyes de la naturaleza. Cuando un relato afirma que se ha producido una excepción radical a lo que siempre observamos, la evidencia necesaria para aceptarlo debe ser extremadamente sólida. Si no lo es, la creencia resulta desproporcionada.
En ese razonamiento aparece la frase que nos ocupa. El “hombre sabio” no rechaza de entrada el testimonio, pero tampoco lo acepta sin más. Pesa la evidencia disponible y ajusta su grado de creencia en consecuencia, incluso si eso le obliga a mantener una duda incómoda.

Creer demasiado y creer demasiado poco
Uno de los aspectos más interesantes de esta idea es que Hume no defiende un punto medio cómodo, sino una tensión permanente. Creer demasiado conduce a la superstición, al dogmatismo y a la aceptación acrítica de relatos atractivos. Creer demasiado poco paraliza la acción y vuelve imposible la vida práctica.
El ajuste que propone no es automático ni sencillo. Exige atención, comparación y una cierta humildad intelectual. Supone aceptar que no todas nuestras convicciones están igual de bien fundadas, aunque psicológicamente las sintamos con la misma intensidad. La fuerza subjetiva de una creencia no es una medida fiable de su verdad.
En este sentido, la frase de Hume funciona como un recordatorio incómodo: sentir que algo es verdadero no equivale a que lo sea, y la sabiduría consiste precisamente en no confundir ambas cosas.
La vigencia contemporánea de una advertencia antigua
Leída desde el presente, la frase adquiere una resonancia particular. Vivimos expuestos a un flujo constante de información, opiniones y afirmaciones que reclaman nuestra adhesión inmediata. Redes sociales, titulares rápidos y discursos polarizados fomentan creencias intensas apoyadas en evidencias frágiles o inexistentes.
Ajustar la creencia a la evidencia se convierte así en una tarea cada vez más exigente. No basta con acumular datos; es necesario evaluar su calidad, su procedencia y su coherencia con otros hechos conocidos. Hume anticipa un problema muy actual: la facilidad con la que la mente rellena huecos y convierte indicios débiles en certezas firmes.
Su propuesta no ofrece consuelo, pero sí un criterio. Frente a la urgencia por opinar, invita a moderar el asentimiento. Frente a la tentación de creer porque muchos creen, recuerda que la verdad no se decide por mayoría.
Pensar con cautela como forma de honestidad intelectual
La frase de Hume no es un eslogan escéptico ni una consigna académica. Es una regla de higiene intelectual. Ajustar la creencia a la evidencia implica aceptar límites, reconocer zonas de incertidumbre y resistir la presión de tener siempre una opinión clara y definitiva.
Esa actitud no empobrece el pensamiento, sino que lo vuelve más preciso. Obliga a distinguir entre lo que sabemos, lo que creemos y lo que simplemente deseamos que sea cierto. En un mundo saturado de afirmaciones, esa distinción es, quizá, una de las formas más discretas y necesarias de sabiduría.
Cortesía de Muy Interesante
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