
Durante años, Andrés “Peluche” Torres recorrió mercados, fondas y calles para contar la comida desde la mirada del comensal. Hoy, el creador de La Garnacha que Apapacha y de la serie Santas Garnachas en Netflix da un giro clave en su trayectoria: se convierte en restaurantero con la apertura de Grasso, su primer proyecto gastronómico propio en la Ciudad de México. En entrevista exclusiva con Bistronomie de El Economista, Torres reconoce que el movimiento implica asumir riesgos que antes observaba desde fuera.
Ubicado en la colonia Santa María la Ribera, Grasso representa el paso “del otro lado”: de documentar la cocina popular y los negocios ajenos, a asumir el riesgo operativo, creativo y económico de tener un restaurante. En entrevista exclusiva con Bistronomie de El Economista, Torres reconoce que la decisión responde a una inquietud personal y profesional de largo plazo.
“El contenido sigue siendo mi eje y es lo que más disfruto hacer, pero desde hace tiempo quería diversificar, meterme en otros asuntos y vivir la comida también desde el emprendimiento”, explica.
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Grasso: influencia italiana, ingredientes mexicanos
Grasso nace como un espacio de pizzas y pastas con influencia italiana, pero tropicalizada con ingredientes y sabores mexicanos. Desde el concepto hasta el menú, la intención es clara: rebanadas generosas, cocina reconfortante y un lugar pensado para comer sin solemnidad. No es un proyecto de autor tradicional, sino un restaurante que busca identidad desde lo cotidiano.
Andrés “Peluche Torres” – La Garnacha que Apapacha
El proyecto fue desarrollado junto a un grupo de socios igualmente apasionados por la comida. Torres detalla que la idea original evolucionó de manera orgánica hasta encontrar su forma definitiva.
“Al inicio pensaba en algo más cercano a tacos o carne asada, pero el propio proceso nos fue llevando hacia las pizzas. El nombre y el concepto terminaron de definir el camino”, señala.
Del discurso gastronómico a la realidad del restaurante
La apertura de Grasso también implica un cambio de perspectiva para Torres, quien durante años defendió una postura clara como creador: no cobrar por visitar restaurantes y no hablar mal de los lugares. Hoy, desde el otro lado de la barra, esa visión cobra un nuevo significado.
“Cuando tienes un negocio entiendes todo lo que hay detrás: familias, empleados, inversión, presión diaria. Un comentario puede afectar mucho más de lo que parece”, afirma en entrevista.
Ese aprendizaje, reconoce, ya influye en su manera de ver la gastronomía y el contenido. Grasso no sustituye a La Garnacha que Apapacha, pero sí dialoga con ella: es la materialización de años de observar, probar y contar la comida desde afuera.
¿Qué pedir en Grasso?
Aunque el menú está pensado para compartirse y explorar, hay platillos que funcionan como carta de presentación del proyecto. Las pizzas de masa generosa, pensadas para pedirse por rebanada o al centro de la mesa, son el eje del lugar: combinan técnica italiana con sabores directos y sin pretensión. A eso se suman las pastas, que refuerzan el carácter reconfortante del restaurante y dialogan con el concepto de cocina cotidiana bien ejecutada.
Restaurante Grasso
Entre las entradas, las croquetas se han convertido en uno de los platos más solicitados, ideales para abrir apetito y entender el espíritu informal del lugar. Para cerrar, el tiramisú destaca como uno de los postres más celebrados: clásico, contundente y alineado con la idea de no complicar lo que ya funciona. En conjunto, Grasso propone un menú sin artificios, pensado para regresar más de una vez y pedir distinto cada visita.
Santa María la Ribera, el nuevo escenario
Grasso se suma a la transformación gastronómica de Santa María la Ribera, una colonia que en los últimos años se ha convertido en punto de interés para nuevos proyectos de comida. El restaurante abre en Jaime Torres Bodet 264, dentro de un complejo habitacional, con horario de 3:00 de la tarde a 11:00 de la noche, y comunicación activa a través de redes sociales.
En el contexto económico de 2026, abrir un restaurante es, reconoce Torres, una apuesta consciente.
Grasso – Restaurante de Pizzas y Pastas
“Poner un restaurante hoy es asumir un riesgo real: costos, personal, renta y operación. Yo sabía que no era el momento más fácil, pero también quería vivir esa realidad de primera mano y no solo contarla”, sostiene.
Para Torres, esta apertura no representa un cierre de ciclo, sino una expansión natural de su trabajo.
“No dejo de ser creador, pero ahora también me toca estar del lado del fuego, del servicio y de la nómina. Es otra responsabilidad y otro aprendizaje”, concluye.
Cortesía de El Economista
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