¿Qué significa contar historias de mujeres desde la verdad, desde la complejidad, desde la carne y el hueso? Mujeres más allá de los estereotipos, de los prejuicios, de las imposiciones sociales, y de la manera en la que han sido retratadas desde siempre. Y, sobre todo, ¿qué implica trasladar esas voces —a veces silenciadas, a veces distorsionadas— de la literatura a la pantalla?
Estas inquietudes fueron abordadas durante la FIL Guadalajara, durante el conversatorio “Del libro a la pantalla: la voz y agencia de las mujeres”, la cual fue presentada por la FIL y Netflix, y en la que se reflexionó sobre los retos y posibilidades de adaptar textos literarios a formatos audiovisuales, como series y películas, caracterizando a los personajes femeninos como seres humanos, con sus virtudes y complejidades, claroscuros y virtudes, lejos de los moldes de madres santas, de esposas abnegadas, de personas cuyo único propósito es encontrar a un hombre.
Moderada por Ana Laura Rascón, manager de series de Netflix en México, la conferencia se centró en tres ejemplos de productos audiovisuales donde sus mujeres protagonistas han roto los moldes: “Nadie nos vio partir”, “Las muertas”, y “Mal de amores”. Tres casos muy distintos en las que el abordaje femenino marca nuevas posibilidades narrativas, y de representación.
La charla contó con la presencia de tres expertas en el tema, productoras, escritoras y guionistas como Sandra Solares, Mónica Lozano y Fernanda Eguiarte, todas de proyectos muy distintos, pero compartiendo esa preocupación común. Las creadoras hablaron con potencia sobre este momento histórico en el que nos encontramos, y en el que existe un universo creciente de escritoras, directoras y guionistas que narran conflictos reales, contradicciones reales, vidas reales. Voces que antes no encontraban lugar en pantalla —y que ahora cruzan la frontera entre libro y audiovisual con una libertad sin precedentes.

Mónica Lozano, productora de “Nadie nos vio partir”, explica que esta serie es un regalo de la escritora Tamara Trotner, porque nace de su historia personal: una infancia fracturada por la separación forzada de su madre. Pero la serie no se cuenta desde la mirada de la niña, sino desde la madre: una mujer castigada por enamorarse, silenciada por su comunidad y separada violentamente de sus hijos en un México de los años sesenta, donde la norma era obedecer y callar. “Era una época en la que ser desobediente significaba ser borrada”, dice Lozano, recordando cómo —como en tantas historias reales— ser mujer, judía y rebelde tenía consecuencias devastadoras.
“Nadie nos vio partir es un ejemplo increíble porque rompe el canon. Toda la vida hemos visto cómo deben ser las madres en pantalla bajo el canon de la madre sacrificada, que debe poner primero a sus hijos sobre todo, que debe sacrificarse”, dice la productora. La serie lo expone sin suavizarlo y sin moralizar; narra, en cambio, la determinación de Valeria, la protagonista, por recuperar a sus hijos sin renunciar a su autonomía, a su deseo ni a su vida emocional. No podía ser la villana ni la mártir”.
La conversación avanza hacia otro proyecto: “Las muertas”, adaptación de la novela de Jorge Ibargüengoitia. Aquí, el desafío es distinto: hurga en la historia de las célebres hermanas González Valenzuela —las Poquianchis—, envueltas desde hace décadas en un torbellino de mitos, amarillismo y exageraciones. En la novela, Ibargüengoitia se alejó de la leyenda negra y trabajó solo con aquello que pudo comprobar, investigando expedientes policiales para construir una versión literaria despojada del sensacionalismo. La serie retoma esa mirada: muestra a las victimarias sin romantizarlas, pero también sin convertirlas en monstruos fabricados por el imaginario popular, en un acto que se vio sustentado por el simple hecho de ser mujeres. En el tono aparece la mano de Luis Estrada: sátira, humor negro, ironía que incomoda.
“El público ríe, sí, pero con el nervio tenso, preguntándose de qué se está riendo exactamente. Porque este es México: un país donde tragedia y farsa conviven a diario”, dice la productora Sandra Solares. “Ellas delinquían en los cincuenta, las atraparon en los sesenta. Operaban dentro de un sistema corrupto y patriarcal que las sostenía mientras le convenía y luego las tiró. Eso también había que reflejar”.
“Mal de amores”, la nueva serie que produce Netflix basada en la novela de Ángeles Mastretta, y que se estrenará en 2026, también forma parte de estas adaptaciones que dan vida a las mujeres desde lugares muy distintos. La guionista Fernanda Eguiarte habló con emoción al describir el proceso que vivió junto a Catalina Aguilar Mastretta, hija de Ángeles y co-adaptadora de la serie. La relación entre madre e hija no solo es un dato biográfico: es el corazón de esta nueva lectura. “Ángeles escribió Mal de amores viendo a Catalina crecer”, cuenta. Emilia, la protagonista, es una mujer situada en la Revolución mexicana, pero su vigencia es sorprendente. Desea, se divide, se enamora dos veces y no pide perdón por ello. Su lucha no es solo sentimental: es política. Como las mujeres de hoy, quiere todo, y su deseo no se presenta como pecado, sino como motor de vida.
El contraste con los triángulos amorosos tradicionales —sobre todo los televisivos— es inmediato: aquí el deseo femenino no es objeto, es sujeto. No gira alrededor de los hombres que la disputan, sino alrededor de lo que ella quiere, decide y se permite sentir. En este sentido, Mal de amores dialoga con la revolución que vive hoy la ficción: no se trata de héroes ni villanos, ni de historias diseñadas para edificar, sino de mujeres complejas, contradictorias y profundamente humanas. “Todas crecimos viendo telenovelas donde el triángulo amoroso convertía a la mujer en objeto. Aquí el deseo de la mujer está al frente”, explica Fernanda.
A lo largo de la charla, las creadoras coincidieron en algo fundamental: las adaptaciones literarias no son un espejo exacto, sino un diálogo entre épocas, miradas y generaciones. A veces la fidelidad total es necesaria; a veces, la obra exige libertad creativa. Cada caso es distinto, dicen. Lo que sí debe permanecer es el espíritu del original: su verdad emocional, su mirada sobre el mundo, su manera de leer la vida. Series que nacieron de páginas: madres que aman sin sacrificar su identidad, mujeres criminales que exigen ser miradas sin morbo, protagonistas que desean y se permiten desear.
Del libro a la pantalla, algo está cambiando. La FIL Guadalajara lo confirma: las mujeres ya no son personajes secundarios de sus propias historias. Hoy escriben, dirigen, discuten y transforman las narrativas que antes las marginaban. Y el público —entre ellos cientos de mujeres que se reconocen en esas ficciones— llena las salas para ver qué otras historias están por contarse.
LEE:
“Ciertamente creo que hoy tenemos más oportunidad de conocer estas historias que vienen de libros, de experiencias verdaderas, de la historia de nuestro México y también a nivel global”, dice Mónica Lozano. “Y además hay una oportunidad de contar estas historias porque existen plataformas que están abriendo la posibilidad de tocar estos temas. Los streamers, y Netflix en especial, están permitiendo que hagamos esto con una audacia mayor que en el cine, donde ciertos conflictos humanos debían reducirse a una hora y media de pantalla, y no se alcanzaba a identificar a todos los personajes ni sus comportamientos. Aquí sí. Y a lo largo de la historia, mujeres determinadas, con una agencia femenina fuerte, son castigadas, señaladas, excluidas. Así que qué bendición que estemos aquí platicando de esto”, finalizó.
SV
Cortesía de El Informador
Dejanos un comentario: