Concienzudos, inteligentes y con sentido de la responsabilidad de gobierno, ambos, pero con un abismo entre ellos en terrenos tan determinantes en el siglo XVI como la religión o la política matrimonial. Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra, dos de los grandes mandatarios de la Europa de 1600, protagonizaron una complicada y larga relación en la que pasaron de un inicio cordial y amigable, que incluso pudo acabar en unos esponsales estratégicos, a un odio frontal que marcaría y determinaría la historia europea de los siglos posteriores.
Una complicada relación alentada por las fuertes personalidades de ambos, forjadas a base de sendas infancias plagadas de vicisitudes y por la influencia determinante de sus progenitores y, sobre todo, marcadas por sus creencias religiosas: el catolicismo de él y el protestantismo de ella.
Educación de Estado
Felipe II fue educado para heredar un imperio y desde muy pequeño dio muestras de una madurez superior a la que sería esperable por su edad. En ello influyó el que desde su más tierna infancia conociera las exigencias y la dureza del gobierno, al sufrir las ausencias de su padre –ocupado en la administración del Imperio– y ser criado por su madre.

Con seis años, Carlos I decidió crearle una corte solo de hombres para formarlo en las artes militares y filosóficas, en la religión y en la caza, de la mano en primer lugar de preceptores como Juan Martínez Guijarro –o Silíceo– y Juan de Zúñiga y Requeséns y, años más tarde, de Cristóbal Calvete de Estrella y otros instructores con más recorrido europeo y una visión más cosmopolita, que lo introdujeron en disciplinas como la arquitectura, las matemáticas, la historia, la geografía o la teología.
Aunque mal estudiante, sintió pasión por la música, la arquitectura, el arte, la caza y las justas, así como un intenso fervor católico. Se aficionó, además, a coleccionar libros, llegando a consolidar con los años una de las principales bibliotecas de la época en el Monasterio de El Escorial.

Con apenas doce años empezó a tener sus primeras experiencias de gobierno y con dieciséis recibió de su padre una serie de instrucciones morales y prácticas que siguió fielmente toda su vida: cuidar las cuestiones que prometía; ser coherente y mantener siempre su conciencia y a Dios por encima de los negocios; controlar a sus colaboradores y escuchar toda la información antes de tomar una decisión. Felipe crecería como un hombre de Estado meticuloso, trabajador, prudente y con firmes creencias religiosas.
De bastarda a princesa
La que sería Isabel I, por su parte, vivió una infancia tumultuosa e inestable, que marcó indefectiblemente su carácter. Con menos de tres años fue declarada hija ilegítima cuando su padre, Enrique VIII, mandó decapitar a su madre, Ana Bolena, bajo acusaciones de traición, adulterio e incesto, y ella fue repudiada, perdiendo su título de princesa.

Permaneció retirada de la corte y lejos de su padre y de sus distintas esposas hasta que, gracias a la sexta y última, Catalina Parr, recobró sus derechos sucesorios por detrás de su medio hermana María Tudor –hija de la primera esposa de su padre, Catalina de Aragón, y que también había sido repudiada– y de su hermano Eduardo –hijo de la tercera esposa, Juana Seymour–, que reinaría como Eduardo VI a la muerte de Enrique VIII.
En un primer momento, del cuidado de Isabel se ocupó Lady Margaret Bryan, y después su educación recayó en Katherine Champernowne y Matthew Parker, el sacerdote favorito de su madre, a quien esta le hizo prometer, antes de su ejecución, que cuidaría de su hija. Ambos le enseñarían astronomía, geografía, historia, matemáticas, idiomas y artes prácticas como coser, bordar, danzar y montar a caballo.

Tras la muerte de su padre, huérfana de madre como era, Catalina Parr la acogió y se la llevó al nuevo hogar formado con Thomas Seymour, donde continuó recibiendo una exquisita educación, además de formación como protestante. Isabel había heredado algunos rasgos físicos y emocionales de su madre: era neurótica, enigmática y carismática, pero también culta, inteligente, pertinaz, valiente y persuasiva.
Las circunstancias en las que creció le llevaron a desarrollar un alto sentido de la autoridad y del poder, que no quería compartir en modo alguno, y una total aversión al matrimonio, algo en lo que fue diametralmente opuesta a Felipe, hasta el punto de rechazarlo cuando desde España promovieron la unión de ambas coronas.
Matrimonios estratégicos para Felipe II
El hijo de Carlos I, fiel a su tradición familiar, a su obediencia al emperador y a su sentido de gobierno, concebía los casamientos como una de las principales herramientas de expansión política y consolidación del poder, al margen de los sentimientos que le pudieran generar. Esa premisa marcó los cuatro matrimonios de su vida, el segundo de los cuales se celebró con María, la hermanastra de Isabel.
La primera unión del entonces príncipe Felipe fue con su prima hermana María Manuela de Portugal, en 1543. Este enlace reforzaba la alianza ibérica de cara a las guerras con el norte de Europa e iba acompañado de una notable dotación económica, necesaria para el Imperio tras las batallas contra Francia.

Pese a no tener mala relación con su esposa (portuguesa como su adorada madre), en esa pareja, como era costumbre en la época, eran tres, puesto que el príncipe español tenía como amante a Isabel de Osorio, dama de honor de sus hermanas, con la que pudo tener dos o tres hijos bastardos. Las nupcias apenas duraron dos años, ya que la princesa murió en 1545, unos días después de dar a luz al primer y único hijo de ambos, Carlos. A los 18 años, por tanto, el príncipe Felipe quedaba viudo y con un hijo que, a posteriori, no llegaría a ser su heredero por sus desequilibrios y excentricidades.
Nueve años después, Felipe fue propuesto para desposarse con María I, reina de Inglaterra, hermana por parte de padre de Isabel y prima de Carlos I, con el que había estado prometido. Con este enlace, celebrado en 1554, el príncipe de España conseguía el apoyo de Inglaterra contra los Países Bajos, el aislamiento de Francia, ayuda económica para costear las cuitas militares y, sobre todo, una acérrima defensa del catolicismo, ya que María quería, a toda costa, abrogar la reforma anglicana empezada por Enrique VIII.
Felipe no tenía ningún interés emocional en este matrimonio, más allá de obedecer a su padre y de cumplir su misión de engendrar un heredero. De hecho, las pocas cualidades físicas de María y su mal carácter fueron la base del comentario atribuido al colaborador de Felipe Ruy Gómez de Silva: “Mucho Dios es menester para tragar este cáliz”. La reina de Inglaterra, en cambio, se enamoró del príncipe español y realmente deseaba darle un hijo, empresa que finalmente no logró pese a numerosos embarazos psicológicos que acabaron aniquilando su salud mental y física.
Visto que la descendencia era imposible y que el estado de María I le auguraba una vida corta, desde España se pensó en unas nupcias con Isabel, que finalmente no se lograron cuando Felipe enviudó, en 1558, por la negativa de la heredera británica a casarse y por su deseo de recuperar la estabilidad y el control de Inglaterra en solitario, con el apoyo de los protestantes, que siempre habían recelado del ya rey católico español.

Esta segunda viudedad duró poco a Felipe: en 1559 se firmó entre España, Inglaterra y Francia el tratado de Cateau-Cambrésis, que planteaba una nueva situación política en Europa, y a consecuencia del mismo el rey español se casó con una adolescente Isabel de Valois, princesa francesa, que inicialmente iba a haber sido la mujer de su hijo Carlos.
Isabel fue un apoyo importante para su marido, que la amó como a ninguna otra. No obstante, hasta que se desarrolló y pudieron mantener relaciones sexuales, Felipe II siguió gozando de amantes, en especial de Eufrasia de Guzmán (para acallar rumores de una común descendencia, el monarca la casó con Antonio Luis de Leiva, III Príncipe de Áscoli).
De la unión con Isabel de Valois nacieron tres niñas, la última de las cuales fue alumbrada con cinco meses y falleció a las pocas horas de nacer, como su propia madre, en 1568. Meses antes había muerto el primogénito de Felipe II, Carlos, por lo que el rey español se encontraba de nuevo sin descendencia para el trono.
Grande fue la consternación del monarca; a partir de la muerte de Isabel vestiría siempre de luto y los testimonios de la época aseguran que se le vio llorar en el entierro de su tercera esposa por primera y única vez en su vida. Pero, cumpliendo con sus obligaciones, buscó otra vez una mujer que asegurara su descendencia.
Su elección se dirigió hacia Ana de Austria, su sobrina, en la que había pensado años antes como esposa de su malogrado hijo Carlos. Con este matrimonio se reforzaba la unión entre las dos ramas de la familia de Habsburgo, la española y la austriaca. Se firmaron las capitulaciones matrimoniales en Madrid en enero de 1570 y la pareja tuvo cuatro hijos y una hija. Tras morir los tres primeros varones, Fernando, Carlos y Diego, los sobrevivió el que por fin sería el heredero, Felipe III.
Aversión al matrimonio de Isabel I
En el extremo opuesto, Isabel I mostraba una verdadera aversión por el matrimonio. Obstinada como era, estaba totalmente decidida a no casarse pese a las súplicas de la Cámara de los Comunes británica, que pedía a su reina que blindase la supervivencia de los Tudor. Con la elocuencia que la caracterizó, la hija de Enrique VIII convenció al Parlamento de que su compromiso era total con Inglaterra, que era con quien ella estaba casada, y que no admitiría a ningún hombre con el que compartir el poder y que pudiera influir en sus designios.
En este sentido, en una ocasión en la que la Cámara la instaba a casarse con especial insistencia, ella se negó y zanjó la cuestión bruscamente diciendo: “No se hable más”. Y a continuación la disolvió durante cuatro años. Por este motivo, fue apodada la ‘reina virgen’, al ser la virginidad el atributo por el que quería que su pueblo la recordara: la soberana que “reinó virgen y murió virgen”, entregada solo a su país, al que adoraba con fervor.

Esta postura abonó especulaciones de todo tipo sobre posibles malformaciones genitales y teorías diversas tanto sobre su intensidad sexual como acerca de un supuesto rechazo al contacto íntimo con varones. Por otra parte, lo acontecido con las esposas de su padre –con su propia madre– también influyó en su decisión.
Es conocido, no obstante, que Isabel vivió varios romances, el primero de los cuales (siendo adolescente), con el marido de Catalina Parr, Thomas Seymour, casi le costó la vida. La reina viuda, que la había acogido, la encontró en actitud comprometida con su esposo y la intriga cortesana se convirtió en un escándalo real. El Consejo Real de Eduardo VI acusó a Seymour de conspirar para acceder al trono, lo ejecutó y recluyó a Isabel en su residencia. Su inteligencia y persuasión la ayudaron a salir indemne del episodio, ya que logró convencer a la corte de su inocencia y recuperar su honor.
Otros amantes notorios de la soberana inglesa fueron Robert Dudley, conde de Leicester, y su hijastro el conde de Essex, Robert Devereux. Con Dudley, amigo de la infancia, mantuvo un largo romance y, de hecho, lo convirtió en uno de sus consejeros. Lo instaló en palacio en las habitaciones contiguas a las suyas, a las que tenía acceso directo, y, cuando en 1560 se encontró muerta a la primera esposa de Dudley (se cayó por las escaleras), se esperó que la reina diera un paso al frente, pero no hubo boda. Su relación continuó igual, con períodos de mayor y menor acercamiento.

En cuanto al conde de Essex, Devereux era un jovenzuelo guapo y descarado, hijo de la esposa de Dudley, del que la reina se enamoró siendo ya sexagenaria. El ascenso en la corte del nuevo favorito fue meteórico, pero su carácter engreído y su desobediencia acabaron cansando a Isabel, que le retiró sus favores. El joven se decantó entonces por conspirar contra la soberana y acabó condenado a la pena de muerte.
A Isabel I se le atribuye incluso una relación con el parlamentario y corsario Walter Raleigh, su aliado contra los rebeldes irlandeses y la española Armada Invencible. Raleigh compartió con la mandataria el proyecto de colonizar América del Norte y fundó el estado de Virginia, llamado así en honor a la reina virgen.
La cuestión religiosa: diferencias irreconciliables
No era menor la distancia que separaba a Felipe e Isabel en el terreno religioso, uno de los principales motivos de su difícil relación. El rey español era profundamente católico. En su adolescencia ya sorprendía por su religiosidad; se decía que, de los treinta ducados que recibía al mes para sus gastos siendo niño, la mitad los gastaba en “actos por Dios”. Devoto por convencimiento, fue alimentando su fe conforme creció y se convirtió en un ávido lector de fray Luis de Granada, santa Teresa de Jesús y san Ignacio de Loyola, con los que mantuvo una relación epistolar.
El rey guardaba la liturgia religiosa con pulcritud asistiendo a los oficios, confesándose y orando, y aprovechaba estos momentos de reflexión espiritual para pensar y tomar decisiones. A menudo ordenaba el rezo público y trató de regular de forma más cristiana el juego o la prostitución. Sus discursos aludían con frecuencia a la voluntad de Dios y a la conservación de la fe y de la religión católica, motivación básica en su reinado.
Junto a su vasta colección de libros, gustó de reunir reliquias que veneraba, llegando a acopiar varios miles con permiso papal. En los cuadros que encargaba a virtuosos de la época como Tiziano o El Greco, a menudo aparecía rezando o acompañado por Dios y su corte celestial.

La soberana inglesa, por el contrario, había crecido como protestante, seguidora de la Iglesia fundada por su padre, y se convertiría en el azote del catolicismo en Inglaterra y en la esperanza de los calvinistas en los Países Bajos y de los hugonotes en Francia, que deseaban librarse como fuera del enemigo católico español. Felipe II, consciente de las alas que un triunfo protestante podía dar a sus conflictos en estas tierras, deseaba preservar su buena relación con Isabel I a toda costa.
Cuando la monarca ascendió al trono, de forma inteligente, no desmanteló de inmediato el avance católico obrado por su hermana María y su cuñado Felipe, pero poco a poco recuperó el protestantismo para alborozo de su pueblo. El Acta de Supremacía de 1559 revivió los estatutos antipapales de Enrique VIII y declaró la soberanía de la corona sobre la Iglesia, nombrando a Isabel cabeza suprema de la Iglesia anglicana.
Los Treinta y nueve artículos redactados por obispos seguidores de la reina constituirían, en adelante, la carta de identidad de la Iglesia oficial anglicana y combinarían elementos doctrinales protestantes y católicos. El anglicanismo terminaría imponiéndose y se convertiría en elemento sustancial de la identidad nacional inglesa.
Isabel fue amenazada varias veces por el Vaticano con la excomunión, a la que Felipe, prudente y discreto, se opuso. Cuando finalmente se produjo, en 1570, por decisión de Pío V, el rey no permitió que se diera difusión a la noticia ni que se publicara la bula de excomunión en España. Pese a la intención conciliadora de Felipe II, el ‘divorcio’ entre ambas coronas estaba servido y se materializó con la ejecución de la católica María Estuardo, reina de Escocia, a la que se acusó de conspirar contra Isabel I con la ayuda de España.

Estilos de gobierno
Finalmente, otro reflejo de las personalidades de Felipe II e Isabel I se vería en sus diferentes maneras de gobernar. El rey español continuó el estilo de mando de su padre manteniendo las instituciones creadas por él, su estructura de imperio y una vasta administración centralizada en Madrid, moderna y meticulosa, de personas bien formadas con estudios universitarios.
Salvaguardó el sistema de consejos permanentes heredado de sus bisabuelos, los Reyes Católicos, y contó con un selecto grupo de colaboradores entre los que se encontraban Luis de Requesens, el duque de Alba, Juan de Idiáquez, Ruy Gómez de Silva y Cristóbal de Moura, enemistados en numerosas ocasiones. Asimismo, con él la figura y poder del “secretario” alcanzó cotas inauditas, lo que también generó distintas facciones dentro del gobierno. Entre sus principales secretarios destacaron Gonzalo Pérez, su hijo Antonio Pérez, el cardenal Granvela y Mateo Vázquez de Leca.
Isabel I, en cambio, desde los primeros años de su reinado se rodeó de un pequeño número de consejeros seleccionados con esmero. Depositó su confianza en William Cecil, que fue primero secretario real y luego tesorero real hasta su muerte en 1598; fue sustituido por su hijo, Robert Cecil. Otra persona destacada de su entorno fue su secretario de Estado, Francis Walsingham, “maestro de espías” que veía conjuras de Roma por todas partes, pero gracias al cual ninguna de ellas triunfó. Principal colaborador de William Cecil, juntos consiguieron organizar una tupida red de espionaje ante las periódicas amenazas de rebeliones católicas contra la reina.

El ocaso de dos dioses
Tras sendos mandatos de más de cuarenta años de duración, la vida se fue apagando para ambos mandatarios. Los ataques de gota de Felipe II, la pérdida de sus dientes y un progresivo deterioro de sus facultades mentales se hicieron constantes en sus últimos años. Retirado en El Escorial, murió finalmente en 1598 legando a su hijo un imperio planetario.
Al otro lado del Atlántico, Isabel I se despedía del mundo en 1603, dejando un balance también espléndido: una Iglesia anglicana consolidada, la Armada española vencida, los irlandeses sometidos y la cultura inglesa en su máximo esplendor. Se apagaba la luz de dos colosos que marcaron la historia europea y mundial.
Cortesía de Muy Interesante
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