Descubren en Wyoming anfibios enormes de hace 230 millones de años con la boca intacta: es la primera vez que se estudia una población entera de esta especie

En las tierras áridas del oeste de Wyoming, donde el paisaje actual apenas deja entrever la exuberancia de un ecosistema perdido, un descubrimiento paleontológico enterrado desde hace 230 millones de años está transformando lo que creíamos saber sobre los grandes anfibios del Triásico. Un conjunto excepcional de restos fósiles pertenecientes al género Buettnererpeton bakeri, una criatura de más de dos metros de largo y aspecto similar a un cocodrilo, ha salido a la luz en el yacimiento conocido como Nobby Knob, en la Formación Popo Agie.

Este hallazgo, aunque realizado hace varios años, continúa siendo objeto de estudio e interpretación debido a su estado de conservación excepcional y al misterio que lo envuelve: ¿por qué murieron todos estos animales al mismo tiempo y en el mismo lugar? ¿Qué evento pudo haber provocado la extinción simultánea de una población entera de depredadores acuáticos?

Un cementerio de gigantes de agua dulce

Los metoposáuridos, a los que pertenece Buettnererpeton, eran anfibios depredadores que dominaban los ecosistemas acuáticos del Triásico superior. Aunque su presencia se ha documentado en numerosos yacimientos de Norteamérica, India, Europa y Marruecos, pocos sitios ofrecen una ventana tan clara y bien preservada a un evento de muerte masiva como el descubierto en Wyoming.

Este nuevo conjunto fósil, más que duplicando el número de ejemplares conocidos de Buettnererpeton bakeri, no solo añade datos cuantitativos, sino que permite reconstrucciones anatómicas inéditas gracias a la conservación de elementos habitualmente ausentes, como placas palatales dentadas todavía articuladas.

Un cráneo de Buettnererpeton bakeri, un antiguo anfibio del Triásico, ha visto la luz por primera vez en 230 millones de años. Los investigadores lo hallaron entre un conjunto de esqueletos fosilizados que se conservaron de forma excepcional y que apenas muestran signos de alteración desde el momento de su enterramiento
Un cráneo de Buettnererpeton bakeri, un antiguo anfibio del Triásico, ha visto la luz por primera vez en 230 millones de años. Los investigadores lo hallaron entre un conjunto de esqueletos fosilizados que se conservaron de forma excepcional y que apenas muestran signos de alteración desde el momento de su enterramiento. Fuente: Dave Lovelace

Los huesos, dispuestos de forma ordenada y sin apenas signos de transporte o alteración por corrientes de agua, ofrecen un retrato congelado en el tiempo. Algunos esqueletos se encuentran incluso parcialmente articulados, y muchos huesos se hallaron orientados verticalmente, como si los animales hubieran quedado parcialmente enterrados en vida o hundidos en el lodo tras su muerte. Esto ha llevado a los investigadores a descartar explicaciones como una inundación repentina o el transporte por ríos, tan comunes en otros contextos fósiles del Triásico.

Un evento de muerte masiva que no deja huellas claras

Lejos de ser un depósito de huesos acumulado durante milenios, el yacimiento de Nobby Knob parece registrar un momento único y trágico. Todo apunta a una muerte simultánea, lo que ha llevado a especular sobre un evento ambiental repentino, como una sequía extrema, que dejó atrapados a los animales en un cuerpo de agua menguante. Otra posibilidad es que el lugar fuera un área de reproducción, y que los ejemplares murieran durante un momento de concentración estacional.

Lo sorprendente no es solo la muerte en masa, sino cómo sus cadáveres quedaron inalterados durante millones de años. La litología del lugar —compuesta por limos finos, sedimentos ricos en arcilla y ausencia de estructuras fluviales de alta energía— apunta a un ambiente de tipo fluvio-lacustre con aguas calmas y poco profundas. Las pruebas sedimentológicas indican que el entorno pudo ser un canal abandonado o una laguna aislada dentro de un sistema fluvial mayor, algo que refuerza la hipótesis de un colapso ambiental localizado.

Uno de los aspectos más singulares del yacimiento es la presencia de placas palatales dentadas —estructuras óseas que formaban parte del techo de la boca de estos anfibios— conservadas en posición anatómica, algo inaudito hasta ahora en fósiles de este género en América del Norte. Además, los restos de moluscos bivalvos del género Antediplodon, conservados como impresiones orgánicas, refuerzan la interpretación de un entorno acuático estancado.

El análisis detallado de la orientación de los huesos, realizado mediante técnicas estadísticas sobre más de 200 elementos, muestra una completa ausencia de patrones direccionales. Esto sugiere que no hubo movimiento significativo por agua o viento, un argumento más en contra de la hipótesis de transporte post-mortem. Algunas extremidades posteriores se encontraron clavadas en posición vertical en el sedimento, lo que sugiere que los cuerpos pudieron haber quedado parcialmente enterrados tras su muerte, en un entorno lodoso y estable.

El yacimiento descubierto en Wyoming ha permitido duplicar con creces la cantidad de ejemplares conocidos hasta ahora de Buettnererpeton bakeri
El yacimiento descubierto en Wyoming ha permitido duplicar con creces la cantidad de ejemplares conocidos hasta ahora de Buettnererpeton bakeri. Fuente: Kufner et al., PLOS One (2025)

Wyoming reescribe el mapa fósil del Triásico norteamericano

Hasta este descubrimiento, los fósiles de Buettnererpeton bakeri eran escasos y dispersos. El yacimiento de Nobby Knob, además de ofrecer el registro más antiguo conocido de este género en Wyoming, representa también el primer caso documentado de una mortalidad masiva de metoposáuridos en la Formación Popo Agie. Esta formación geológica, menos explorada que otras unidades triásicas como la Chinle o la Dockum, ha comenzado a revelar un potencial paleontológico inesperado.

El hallazgo también pone sobre la mesa nuevas preguntas sobre la ecología de estos anfibios. ¿Eran realmente solitarios o se agrupaban en determinados momentos del año? ¿Cómo se comportaban durante periodos de estrés ambiental? ¿Este tipo de eventos fue común o es una rareza preservada por un golpe de suerte geológico?

Aunque aún no se ha encontrado una respuesta definitiva al enigma de su muerte colectiva, lo que sí ha quedado claro es que Wyoming guarda en su subsuelo capítulos enteros de la prehistoria americana aún por descubrir. Este yacimiento no solo arroja luz sobre la biología de unos animales extintos, sino que también obliga a replantear muchas de las suposiciones sobre los ambientes del Triásico y los procesos que llevan a la formación de fosilizaciones tan excepcionales.

Una historia aún sin final

El equipo responsable del estudio, formado por paleontólogos del Museo de Geología de la Universidad de Wisconsin y otras instituciones, continúa analizando los restos y el contexto sedimentológico del yacimiento. Aunque el hallazgo no es reciente, su impacto perdura por la riqueza de información que ofrece. Y mientras más capas de sedimento se remueven —literal y metafóricamente—, más evidente se hace que aún hay mucho por descubrir en los lodos del Triásico.

Este “cementerio” de anfibios gigantes ha reabierto una ventana única al pasado remoto del continente americano. En un mundo donde aún desconocemos la mayoría de los eventos que moldearon la vida en la Tierra, hallazgos como este nos recuerdan que, bajo nuestros pies, duermen historias de muerte, supervivencia y misterio que esperan ser contadas.

Referencias

  • Kufner AM, Deckman ME, Miller HR, So C, Price BR, et al. (2025) A new metoposaurid (Temnospondyli) bonebed from the lower Popo Agie Formation (Carnian, Triassic) and an assessment of skeletal sorting. PLOS ONE 20(4): e0317325. DOI:10.1371/journal.pone.0317325

Cortesía de Muy Interesante



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