Durante buena parte del año, millones de personas en Asia esperan la llegada del monzón como quien espera la lluvia después de una larga sequía. Este fenómeno no solo condiciona los ciclos agrícolas y el abastecimiento de agua, sino también la historia de las civilizaciones que se asentaron en la región. ¿Qué pasa si el origen de este patrón climático no está en la atmósfera, sino en las profundidades de la Tierra? Una nueva investigación ha demostrado que el levantamiento de la meseta tibetana y el sistema montañoso del Himalaya, resultado de una antigua colisión tectónica, fue determinante en la formación del monzón asiático tal como lo conocemos.
El estudio, publicado en la revista npj Climate and Atmospheric Science y firmado por un equipo internacional liderado por Monash University, propone un nuevo marco para entender cómo se formó el monzón durante el Cenozoico, los últimos 66 millones de años. La clave no estaría únicamente en los gases de efecto invernadero ni en los océanos, sino en el momento en que la meseta del Tíbet superó los 3,5 km de altitud, lo que alteró el equilibrio térmico de la atmósfera y desplazó las lluvias hacia el norte. “El fortalecimiento del monzón asiático dependía de que la meseta tibetana superara una elevación media de aproximadamente 3,5 km en el Eoceno tardío y el Oligoceno”, escriben los autores.
Una colisión que cambió el clima
Hace decenas de millones de años, la placa tectónica india se desplazaba hacia el norte y terminó chocando con la placa euroasiática, cerrando el antiguo océano Tetis. Esta colisión, que aún continúa lentamente, provocó uno de los mayores levantamientos orográficos de la Tierra: el surgimiento del Himalaya y la expansión de la meseta tibetana.
Según el estudio, la evolución del monzón asiático está íntimamente relacionada con este proceso geológico. Aunque otras hipótesis habían propuesto antes esta conexión, la novedad del trabajo radica en el uso de simulaciones climáticas de largo plazo, combinadas con reconstrucciones geológicas alternativas y datos sobre erosión fluvial. Este enfoque permitió comprobar que el factor decisivo fue la altura de la meseta tibetana, no solo su existencia.
“Nuestros resultados sugieren que la intensificación del monzón fue posible solo cuando la meseta tibetana superó los 3,5 km de altitud”, explican los investigadores, señalando que ese cambio ocurrió entre hace 27 y 38 millones de años . A partir de entonces, se fortaleció el contraste térmico en la atmósfera, desplazando la banda de lluvias estacionales hacia el norte.

Un sistema monzónico en expansión
Al principio, el monzón estaba limitado a zonas del este asiático, pero conforme la altitud del Tíbet aumentaba, las lluvias estacionales se extendieron hacia el sur de Asia, abarcando desde India hasta el sudeste asiático. Los modelos muestran que el cinturón de lluvias comenzó a migrar con más fuerza hacia el norte durante el Oligoceno, gracias al efecto térmico de la meseta.
Este fenómeno se explica por la reorganización de la zona de convergencia intertropical (ITCZ, por sus siglas en inglés), una banda donde se concentra la mayor cantidad de lluvias estacionales del planeta. Al calentarse la atmósfera sobre el Tíbet, esta banda migró hacia el norte en verano, llevando consigo las precipitaciones monzónicas.
El estudio también demuestra que el rol de otros factores, como el cierre del océano Neotetis o el simple contacto entre las placas, fue secundario frente al impacto del levantamiento del Tíbet. Los autores lo explican con claridad: “La conexión entre India y Eurasia y el cierre del Neotetis tuvieron un papel secundario en comparación con la influencia dominante del levantamiento tibetano”.

La clave está en los 3,5 kilómetros
Uno de los hallazgos centrales es que el monzón solo adquirió su forma moderna cuando la elevación media del Tíbet superó los 3,5 km, lo que generó un importante contraste térmico entre la superficie terrestre y la atmósfera superior. Este contraste, medido como gradiente de temperatura troposférica superior (ΔTT), actúa como motor del sistema monzónico.
El ΔTT aumentó significativamente durante la transición Eoceno-Oligoceno, impulsado por el ascenso del Tíbet, lo que intensificó las lluvias en el sur de Asia. Durante esa etapa, también se registró una reorganización en la circulación atmosférica, que promovió la llegada de vientos cargados de humedad desde el océano Índico hacia el continente.
Además, las simulaciones muestran que este umbral de altitud no solo permitió el desarrollo del monzón, sino que también regula la duración y la intensidad de la estación húmeda. Cuando el Tíbet perdió altitud debido a la erosión —como ocurrió desde hace unos 4 millones de años—, el ΔTT se redujo, y con él, la intensidad del monzón.
¿Y qué pasa con el CO₂?
Aunque el factor tectónico fue el disparador original del monzón, no fue el único motor. El estudio detecta que tras el Mioceno medio (hace unos 11 millones de años), la concentración atmosférica de CO₂ comenzó a jugar un papel cada vez más relevante.
A medida que los niveles de dióxido de carbono disminuían, se reducía también la cantidad de vapor de agua disponible en la atmósfera, lo que limitó la intensidad de las lluvias, incluso cuando la estructura térmica del sistema seguía siendo favorable. Esta influencia se nota con claridad a partir de la segunda mitad del Cenozoico.
En palabras de los autores: “Desde el Mioceno medio, el CO₂ atmosférico en descenso se convirtió en el principal factor de control, con temperaturas superficiales tropicales más frías que restringieron la disponibilidad de humedad” . Así, la evolución del monzón pasó de estar dominada por factores geológicos a depender más de variables climáticas globales, como los gases de efecto invernadero.
El clima registrado en los sedimentos
Para validar sus simulaciones, el equipo comparó sus resultados con registros geológicos de erosión y sedimentación en los principales ríos del sur y este de Asia. Estos datos, obtenidos a partir de las tasas de acumulación de sedimentos en los abanicos del Mekong, el Indo y otros sistemas fluviales, permiten reconstruir los cambios en la intensidad de las lluvias a lo largo de millones de años.
Los patrones encontrados coinciden con los resultados del modelo: una intensificación de la erosión durante el Mioceno temprano, cuando el monzón era más fuerte, y una disminución posterior, ligada a la caída del CO₂ y la menor disponibilidad de humedad.
Aunque los autores aclaran que la relación entre erosión y lluvia no es lineal —hay muchos otros factores en juego—, los datos geológicos aportan un respaldo independiente a las simulaciones climáticas, lo que refuerza la solidez de sus conclusiones.
Un sistema en evolución… ¿y en riesgo?
El monzón asiático es hoy uno de los sistemas climáticos más influyentes del planeta, responsable de abastecer de agua a casi la mitad de la población mundial. Comprender cómo se formó no es solo una cuestión científica, sino también una herramienta para anticipar cómo podría cambiar en el futuro.
El estudio sugiere que si la disminución de CO₂ debilitó el monzón en el pasado, un aumento actual de este gas —como el que estamos viviendo— podría reforzarlo, siempre que las condiciones de circulación atmosférica lo permitan. Pero también advierte que el equilibrio del sistema es frágil y depende de múltiples factores.
Los autores concluyen que “la meseta tibetana no fue solo un evento geológico, sino que transformó profundamente el clima de Asia y ayudó a establecer el sistema monzónico del que dependen miles de millones de personas”. Una colisión entre placas tectónicas, ocurrida hace más de 30 millones de años, sigue hoy condicionando las lluvias de cada verano.
Referencias
- S. Abhik, F.A. Capitanio, B.N. Goswami, A. Farnsworth, P. Clift, D. Dommenget. A brief history of Asian summer monsoon evolution in the Cenozoic era. npj Climate and Atmospheric Science (2026). DOI: 10.1038/s41612-025-01259-7.
Cortesía de Muy Interesante
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