El Fanfarrón

Por Horacio Rivera

Ramiro Bravo Ornelas. Así se llamaba el agente que me mandaron para que lo pusiera a chambear en mi grupo. Ramiro era un tipo bravucón y mal hablado; esa clase de hombre al que le gusta mostrar la empuñadura de la pistola por arriba del pantalón, como para advertirle a los demás que él tiene el poder. Y que aquel que se atreva, siquiera a mirarlo feo, puede llevarse una bala de recuerdo. Hablaba golpeado y se reía con estridencia. El día que llegó a Manzanillo se presentó en mi oficina. Tenía buen padrino y el padrino había conseguido que lo enviaran a la aduana. Cuando me saludó noté que en su brazo aún había restos de un tatuaje que alguien pretendió borrar, pero no lo consiguió del todo. Le pregunté si conocía el procedimiento para revisar un contenedor. “A güevo que sí, mi comander -me dijo muy seguro de sí mismo-, si los contenedores son mi especialidad”. No pregunté más, pero le dejé claro que yo no quería rateros en mi grupo. Y que a la primera que hiciera, lo íbamos a consignar sin importar que tuviera padrino caca grande. “Me parece muy bien, mi comander. –me respondió -. Conmigo no hay falla. Yo soy de los que les gustan las cosas derechas. Vinimos a servir no a robar”. 

No le creí. A un policía, aunque diga la verdad, es mejor no creerle. Por otro lado, también era cierto que como Ramiro venía recomendado, no podía sacar el cobre a la primera de cambio. Si le gustaba el dinero iba a tener que ser discreto. Eso sí, muy pronto descubrí que además de fanfarrón era holgazán. Y como buen holgazán que era, le gustaba echar mentiras para tapar su holgazanería. En realidad echaba mentiras por todo. Lo mismo te decía que lo habían herido en un tiroteo, que había desactivado una bomba. O que se había lanzado de un avión en paracaídas sin que el pinche paracaídas se abriera. Puros cuentos. Pero decía las cosas con tal convicción, que quienes no sabían lo mentiroso que era le compraban el embuste. Pero ni con embustes logró evitar que yo lo pusiera a hacer “la rutina de los esclavos”. Es decir, todo aquel trabajo que mis otros agentes odiaban hacer. Como revisar contenedores debajo del rayo del sol del medio día. Esa sí que era una soberana chinga. Nadie quería entrarle. Y menos si no había la posibilidad de jalar dinero. Te podía llevar una mañana entera la revisión de un solo contenedor. Luego tenías que hacer todo el papeleo. Terminabas hecho pedazos. La cara ardida por el sol, los pies entumecidos, la fe quebrantada. 

Ah, pero Ramiro tenía sus mañas. Le daba por fingirse enfermo. De algún modo conseguía certificados de incapacidad o los falsificaba. Y ya en el peor de los casos, cuando no había manera de zafarse del trabajo, aplicaba el viejo truco del escapista, es decir, desaparecía. Se iba a dormir la siesta a una bodega o a jugar baraja con los cargadores de la bodega. Nadie del grupo daba razón de él, hasta que aparecía de nuevo con el mismo cinismo con el que se había esfumado. 

Una mañana lo mandé a que revisara un contenedor que había sido bajado de un barco con bandera panameña. El contenedor era enorme, casi del tamaño de un camión. Según el pedimento aduanal, dentro del contenedor sólo había motocicletas. Revisión de rutina. Pasó una hora; pasaron dos; pasó la mañana entera… Yo no tenía noticias de Ramiro. Como a las cinco de la tarde entró muy campante por la puerta de la oficina. Se veía muy tranquilo. “¿Novedades?”, le pregunté. “Sin novedad, mi comander. Todo bajo control. Ya sabe cómo es uno.” Me respondió con su aire arrogante. Lo di por bueno. Comencé a pensar que aunque Ramiro era un haragán, no por eso era tan mal elemento. Quizá lo había juzgado mal. Y sólo necesitaba una oportunidad para demostrar por qué lo habían recomendado. Casi una semana después tres marinos se apersonaron en mi oficina. Estaban uniformados y armados. Y tenían cara de pocos amigos. Ni tiempo me dieron de preguntarles qué diablos querían. Uno me sujetó del brazo con firmeza, mientras los otros me esculcaban. Me recogieron el arma de cargo y luego me pusieron las esposas. No pudieron, o no les dio la gana, decirme por qué me estaban deteniendo. Sólo que eran órdenes superiores y, que si yo no quería que el pedo se hiciera más grande, me fuera con ellos. Así por las buenas. Además, el que nada debe nada teme. Bueno, en México eso casi nunca es cierto.

-¿Sabe por qué lo trajeron a esta comandancia? -me preguntó un capitán de la Marina mientras se espantaba el calor con un periódico doblado.

-No. Señor.

-Lo señalan por asociación delictuosa y tráfico de cocaína, mi comandante. ¿Anda usted jalando con el narco, mi comandante?

Cuando dijo eso el capitán sentí como si me hubieran arañado la barriga. 

-No. Señor. 

-¿Usted revisó el contenedor, número de guía 07678-345, que llegó el pasado viernes a la aduana del puerto en un carguero panameño?

El capitán hablaba y hablaba, pero yo no lo estaba escuchando. Sólo podía pensar en Ramiro. El muy cabrón. Me preguntaba si había dejado pasar el contenedor con la droga a cambio de dinero, o si el muy holgazán ni siquiera se había tomado la molestia de abrir el maldito contenedor para revisarlo. 

-Yo no revisé el contenedor personalmente. Ese contenedor lo inspeccionó uno de mis agentes.

-¿Estamos hablando de Ramiro Bravo Ornelas?

-Afirmativo.

 -Pues con la novedad que ése ya se fue al Cielo, mi comandante. Apareció ayer en la carretera, en la cajuela de una troca. Estaba amordazado y amarrado, con el tiro de gracia en la frente. Dejaron una cartulina con un mensaje muy largo. ¿Sabe qué dice el mensaje?

-No. No sé. Pero si yo hubiera escrito el mensaje, nomás le habría puesto diez palabras.

-¿Ah, sí? ¿Y qué le habría escrito, comandante?

-“Esto le pasa a los mentirosos y a los culeros”.



Dejanos un comentario: