
La industria del helado en México opera bajo una paradoja económica: es un producto profundamente popular, pero con una estructura de costos cada vez más exigente. A diferencia de otros segmentos gastronómicos que han apostado por la premiumización, el helado vive de la recurrencia y del volumen. Subir precios, incluso unos cuantos pesos, puede romper el hábito de consumo de familias que lo integran a su gasto cotidiano.
En entrevista para Bistronomie de El Economista, Beatriz Rodríguez, directora general de Neverías Frody, explica por qué resistir hoy no significa vender más caro, sino sostener volumen, precio e identidad y advierte que el sector atraviesa uno de sus momentos más retadores. “El helado no tiene mucho margen para trasladar costos al consumidor. Es un producto al que la gente está dispuesta a pagar hasta cierto punto, y cruzar esa línea implica perder frecuencia de compra”, señala. A esto se suman aumentos sostenidos en materias primas, energía y un crecimiento acumulado del salario mínimo que ha impactado directamente a negocios intensivos en mano de obra.
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Frody: crecer sin encarecer
En ese entorno, Frody se ha convertido en un caso representativo de resistencia económica dentro de una industria tradicional. Con más de 50 sucursales y producción centralizada, la marca ha apostado por una estrategia contracorriente: especialización absoluta en helado, control operativo extremo y precios homogéneos, sin importar el sabor o la colonia donde se consuma.
Beatriz Rodríguez, directora general de Neverías Frody
“Nosotros subimos precios una vez al año, alrededor de 5 o 6%, tratando de ir lo más pegados posible a la inflación. Pero también absorbemos mucho internamente, porque no creemos en encarecer un producto popular”, explica Rodríguez. La decisión no es menor: sabores con materias primas costosas, como piñón o cajeta, se venden al mismo precio que opciones más económicas, una política que busca coherencia con el discurso de inclusión de la marca.
El modelo económico de Frody privilegia el volumen por encima del ticket alto. “Resistir no es vender más caro, es vender más veces”, resume la directiva. En un negocio altamente estacional —donde los meses fuertes pueden multiplicar por cuatro las ventas de la temporada baja—, la eficiencia y la claridad del concepto se vuelven tan importantes como el producto mismo.
Inflación, salario y consumo cotidiano
El aumento del salario mínimo, que Rodríguez reconoce como un avance social necesario, también ha redefinido la rentabilidad del sector. “Nuestra nómina representa cerca del 80% de la operación. Aplaudimos el aumento salarial, pero como industria no siempre podemos reflejarlo en precio”, afirma. El resultado ha sido una reducción generalizada de márgenes y una mayor disciplina operativa.
Neverías Frody
De cara a 2026, Frody no planea una expansión agresiva en número de tiendas, sino consolidar su base de clientes. En un mercado presionado, el helado se confirma como un termómetro del consumo popular: cuando la economía se aprieta, no desaparece, pero obliga a las empresas a repensar cómo crecer sin romper el vínculo con el consumidor.
La lección que deja el negocio del helado es clara: en tiempos de inflación, sobrevivir no es sofisticar el producto, sino entender su lugar en la economía cotidiana. Y en ese equilibrio entre precio, volumen e identidad, Frody ha encontrado la forma de desafiar al tiempo.
Cortesía de El Economista
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