El pasado lo confirma: la desigualdad no es inevitable y la Historia lo demuestra con el análisis de 50.000 casas antiguas

Durante siglos, la narrativa dominante ha sostenido que a medida que las sociedades se vuelven más grandes y complejas, la desigualdad se dispara de forma automática. Agricultura, ciudades, líderes… y, por tanto, ricos y pobres. Sin embargo, un nuevo estudio basado en una investigación arqueológica a escala planetaria está reescribiendo esa historia. Lo que parecía una ley inmutable del desarrollo humano resulta no ser más que una generalización errónea. La desigualdad no es inevitable. Y ahora hay pruebas materiales para demostrarlo.

El trabajo, publicado en la revista científica PNAS por un equipo internacional de arqueólogos y antropólogos liderado por Gary Feinman, ha analizado una base de datos sin precedentes: más de 50.000 viviendas documentadas en 1.176 asentamientos arqueológicos de seis continentes, abarcando los últimos 10.000 años de historia. El resultado es una nueva forma de entender cómo, cuándo y por qué surgieron las diferencias de riqueza entre hogares en el pasado. Y, sobre todo, cómo muchas sociedades evitaron caer en las trampas que hoy parecen inevitables.

Lo que revelan las casas del pasado

Las viviendas son una de las evidencias más directas y duraderas del estatus económico de una familia. A mayor tamaño, mejores materiales, más decoración o ubicación preferente, mayor era, casi siempre, la riqueza del grupo que la habitaba. Por eso, el análisis comparativo del tamaño de las casas se ha convertido en un indicador fiable para medir la desigualdad material en distintas épocas y culturas.

El estudio utiliza el coeficiente de Gini —una herramienta estadística que mide la desigualdad en una escala de 0 (igualdad total) a 1 (desigualdad extrema)— para evaluar la distribución del tamaño de las viviendas dentro de cada sitio arqueológico. Lo sorprendente no es que haya desigualdad en muchas sociedades antiguas. Lo sorprendente es que no siempre la hay. Y, cuando existe, no siempre se debe a los factores que tradicionalmente se han considerado determinantes: crecimiento poblacional, desarrollo tecnológico o complejidad política.

En otras palabras, que haya más gente, más recursos o una jerarquía de poder más sofisticada no implica necesariamente que unos pocos acumulen mucho y muchos se queden sin nada. A lo largo del tiempo, hubo sociedades grandes y avanzadas que lograron mantener niveles bajos de desigualdad. Y otras mucho más pequeñas que permitieron que las diferencias se dispararan.

Identifican cinco claves del pasado para frenar la desigualdad que hoy el mundo ha olvidado
Identifican cinco claves del pasado para frenar la desigualdad que hoy el mundo ha olvidado. Foto: Istock

Gobernar no es lo mismo que acumular

Uno de los descubrimientos más importantes del estudio es el papel fundamental que juegan las formas de gobernanza. No todas las sociedades complejas estaban regidas por líderes autoritarios o dinastías acaparadoras. En muchos lugares y épocas, los sistemas políticos colectivos, con poder más distribuido y mecanismos de control social, lograron frenar el aumento de la desigualdad, incluso cuando existían condiciones estructurales para que esta se disparara.

El estudio muestra que la concentración de poder en manos de pocos —especialmente en sociedades con varias capas jerárquicas— tiende a generar niveles mucho más altos de desigualdad residencial. Pero también revela que esa tendencia puede ser contenida. Las ciudades premodernas gobernadas de forma más participativa o comunal, como Atenas, Teotihuacan o Cahokia, muestran índices de desigualdad más bajos, incluso cuando su tamaño y organización podrían haber favorecido la acumulación desmedida de riqueza.

En cambio, en sociedades autocráticas con estructuras jerárquicas complejas, como las del antiguo Oriente Próximo o algunas regiones andinas, la desigualdad tendía a alcanzar niveles máximos, sobre todo cuando el poder se apoyaba en el control de recursos externos como el comercio, los metales o los animales de carga.

Tres viviendas excavadas del periodo Clásico (aprox. 550–750 d.C.) en El Palmillo, en el valle de Oaxaca (México)
Tres viviendas excavadas del periodo Clásico (aprox. 550–750 d.C.) en El Palmillo, en el valle de Oaxaca (México). Fuente: Linda Nicholas/Gary Feinman

Más allá de la agricultura y las ciudades

Otra de las conclusiones que sacude los cimientos de la historia tradicional es que ni la invención de la agricultura ni el surgimiento de las ciudades provocaron automáticamente un aumento de la desigualdad. Aunque ambos factores ampliaron el potencial para acumular riqueza —al permitir producir excedentes o controlar tierras y rutas—, los datos demuestran que esa posibilidad no siempre se materializó.

En regiones como el suroeste asiático, Mesoamérica o el este de Norteamérica, los mayores niveles de desigualdad residencial no coincidieron con el nacimiento de la agricultura ni con las primeras urbanizaciones, sino que surgieron mucho más tarde, en contextos muy específicos. Y no todas las ciudades fueron centros de desigualdad. Algunas conservaron un patrón de distribución más equitativo, gracias a instituciones que limitaban el poder económico de las élites.

Descubren los 5 factores que frenaban la desigualdad hace 3.000 años (y hoy ignoramos)
Descubren los 5 factores que frenaban la desigualdad hace 3.000 años (y hoy ignoramos). Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Un espejo para el presente

Este viaje arqueológico a través del tiempo no solo desmonta mitos sobre el pasado. También plantea preguntas urgentes sobre nuestro presente. Si la desigualdad no es un resultado inevitable de la evolución humana, ¿por qué hoy se percibe como algo natural? Si sociedades del pasado lograron limitarla, incluso con menos herramientas y conocimientos que los que tenemos ahora, ¿por qué nosotros no?

La lección más poderosa del estudio es que las decisiones humanas importan. Las estructuras políticas, las normas sociales, las formas de cooperación y los mecanismos de control colectivo fueron, y siguen siendo, elementos clave en la configuración de la desigualdad. La historia no es una pendiente descendente hacia el abismo de la concentración de riqueza. Es un campo de batalla en el que cada generación ha tenido, y tiene, la capacidad de elegir.

Lejos de ser una condena inevitable, la desigualdad es una posibilidad que puede o no materializarse. Está en nuestras manos —como lo estuvo en las de nuestros antepasados— decidir hasta qué punto permitimos que unos pocos acumulen demasiado, y cuán importante es preservar la equidad como principio fundamental de una sociedad sana.

En un mundo marcado por crecientes brechas económicas, este estudio arqueológico actúa como una advertencia y una esperanza: no siempre fue así, no tiene por qué seguir siéndolo.

Referencias

  • Kohler, Timothy A., Economic inequality is fueled by population scale, land-limited production, and settlement hierarchies across the archaeological record, Proceedings of the National Academy of Sciences (2025). DOI: 10.1073/pnas.2400691122

Cortesía de Muy Interesante



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