Por Horacio Rivera
Algunos se preguntan qué le ocurre a un avión del narco, luego de que ha sido incautado por la Ley.
Aunque la suerte de ese avión depende de muchas circunstancias, no es raro que, a la vuelta del
tiempo, termine por regresar a las manos de aquel a quien le fue decomisado. Esta es la historia de un
avión que le tenía querencia a su piloto
Es tan extraña la sensación con la que te quedas luego de que alguien ha intentado matarte. Más que
una extraña sensación, es como un pensamiento denso y oscuro que te ronda la cabeza todo el día.
Incluso cuando te acuestas y tratas de dormir. Es como si un viento helado te erizara la piel y el miedo
te recorre todo el cuerpo. A mí me quisieron matar en Manzanillo. Mis muchachos y yo estábamos
comisionados en la aduana. Nos dedicábamos a revisar los enormes contenedores que venían en los
barcos cargueros desde lugares tan lejanos como Taiwan. Llegaba de todo. Coches, aparatos,
toneladas de ropa, juguetes, comida, alcohol, maderas… Y sobre todo, droga. Mucha droga. Y
precursores químicos para producir más droga. No me mataron en Manzanillo de puro milagro. Mi
ángel de la guardia me sacó de ahí antes de fueran a levantarme.
Acabé comisionado en el aeropuerto de Toluca. Al menos, mientras se enfriaba la bronca. No hacía
nada en todo el día. Me la pasaba leyendo el periódico en una oficinita del tamaño de un baño. Y que
no se diga que soy güevón, porque antes de leer el periódico, distribuía a mis agentes por todo el
aeropuerto y los ponía a chambear. Creo que tampoco hacían mucho. Pero bueno, al menos los tenía
controlados. Una mañana lluviosa de agosto el director de Intercepción me llamó. Me pidió que le
entregara un avión a un tipo que recién lo había comprado en una subasta de la “Procuraduría”. Por
menos de doscientos mil dólares se había llevado un Cessna 206 en perfectas condiciones. No se
ocupaba hacer mucho, sólo había darle las facilidades al fulano para que revisara el avión junto con
sus mecánicos y su piloto. Si todo estaba bien, se subirían en él y se lo llevarían. No me dieron más
información. Un policía no necesita saber mucho. Cuanto menos sepa, mejor.
Durante un tiempo mis muchachos y yo nos dedicamos a decomisar aviones de la maña. Traían mota y
perico. A veces los bajábamos en el aire y, otras, los atorábamos cuando aterrizaban en las brechas de
la sierra en Chihuahua o Sinaloa. Hay mañosos que nomás aterrizan, sacan la merca y le prenden
fuego al avión. En Guatemala vi varios. Estaban a menos de doscientos metros de la frontera con
México. Puro fierro retorcido y chamuscado. No les importa lo que haya costado el mentado avión, lo
rocían con gasolina y le avientan el cerillo. Y como es tan fácil comprar esos aviones en el Gabacho, no
hay problema. Mandan traer otro. A veces ni siquiera tienen la necesidad de quemarlos para quitarse
la bronca de encima. Antes de poner el avión a “jalar”, levantan un acta por robo del avión ante el
Ministerio Público. Así, si los tuercen y les decomisan en avión, sólo presentan el acta y le echan el
muerto a los que, presuntamente, se lo robaron. Son mañosos.
El hangar donde guardaban el Cessna que había que entregar era célebre. En algún tiempo fue de
Amado Carrillo, El Señor de los Cielos. Luego lo usó la DEA para sus aviones. Puras finas personas.
Cuando vi el Cessna ahí estacionado sentí como si me hubieran arañado la barriga. Un sudor frío se
me resbaló por el espinazo. El Cessna era muy parecido a uno que habíamos decomisado en Sonora
hacía años. El reproductor de CD en el tablero, la estampita de San Juditas colgada de un espejito y la
maraña de botones y perillas hechizos, no dejaban lugar a dudas. Era el mismo avión. Aquella vez lo
bajamos con trescientos kilos de perico y torcimos al piloto; un güero chaparrillo y flaco con un tatuaje
en el cuello. Creo que se llamaba Apolinar.
En eso aparecieron en el hangar dos batos trajeados, tenían todo el tipo de abogados del diablo, de
esos que defienden a los malandros. Me saludaron muy comedidos y me dijeron que su patrón y los
mecánicos estaban por llegar. Fue cuando comencé a preguntarme quién podría ser el dueño de ese
avión. Y para qué lo necesitaba. No sería para repartir comida rápida. El aliento se me cortó cuando
los mecánicos entraron por el portón del hangar y, detrás de ellos, apareció Apolinar. Qué distinto se
veía de aquel día que lo atoramos; aquella vez estaba muy acuitado el bato, me hizo todo su teatrito,
hasta soltó una lagrimita. De todos modos lo presentamos ante el MP.
Y cómo dan vueltas el destino y el dinero. A leguas se veía que no le había ido tan mal a Apolinar.
Gafas Ray-Ban, Rólex de oro, huaraches y una gorra de beisbolista sobre la cabeza. Igual que aquel día
que lo topamos. Cuando Apolinar vio el Cessna, su semblante se iluminó. Fue como si se hubiera
topado con un compa. Alguien a quien se le echa mucho de menos. Se arrimó a la hélice y la acarició
haciéndola girar con delicadeza. Era su avión. Ese mismo avión que mis muchachos y yo le levantamos.
¿Y yo? ¿Qué se supone que debía decirle al bato? ¿Hola, cómo estás, qué tal la cárcel? ¿Sigues
volando para los mismos mañosos? De repente nuestras miradas se cruzaron. ¿Se acordaría de mí?
Era muy probable que no.
-Buenas. –me dijo apartándose las gafas de la cara.
-Buenas tardes. –respondí yo muy institucional, como si nunca lo hubiera visto antes.
Sus ojos se quedaron fijos en el Cessna.
-¿Sabe de qué entendí en la cárcel, comandante? –dijo Apolinar sonriendo-, que ser piloto de la maña
es como la vida. Se necesitan güevos para despegar, terquedad para mantenerse en vuelo y suerte
para no ponerse un chingadazo. ¿Y usted sigue decomisando aviones, comandante?
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