El pueblo de Granada que estuvo 172 años en guerra con Dinamarca

Mientras la disputa entre Donald Trump, Dinamarca y Groenlandia vuelve a poner el foco en las relaciones internacionales con el país nórdico, una historia olvidada demuestra que algunos conflictos con Dinamarca pueden durar siglos… incluso sin disparar una sola bala. En 1809, en plena Europa napoleónica, el ayuntamiento de Huéscar tomó una decisión que parecía lógica en su contexto y absolutamente irrelevante para el resto del mundo: declarar la guerra a Dinamarca. Aquella resolución municipal, aprobada con solemnidad y lenguaje inflamado, no tuvo consecuencias prácticas inmediatas. No hubo soldados movilizados ni barcos rumbo al Báltico. Y, sin embargo, esa guerra existió durante 172 años.

Lo extraordinario no es solo la duración del conflicto, sino su naturaleza. Durante casi dos siglos, Huéscar estuvo en guerra sin saberlo, y Dinamarca sin enterarse. La historia no habla aquí de ejércitos ni de victorias, sino de algo mucho más silencioso y poderoso: la capacidad de la burocracia para congelar el tiempo.

Una guerra nacida del caos europeo

Para entender por qué un pequeño pueblo granadino acabó enfrentado al reino de Dinamarca hay que situarse en uno de los momentos más confusos de la historia contemporánea europea. A comienzos del siglo XIX, España se encontraba atrapada en la telaraña diplomática de Napoleón Bonaparte, alternando alianzas, traiciones y ocupaciones.

Dinamarca era entonces aliada de Francia. España, tras el levantamiento contra la ocupación napoleónica en 1808, pasó a considerar enemigos a todos los países que apoyaban al emperador francés. En ese clima de patriotismo exaltado y decisiones precipitadas, muchos ayuntamientos españoles actuaron por iniciativa propia, aprobando declaraciones, juramentos y resoluciones que buscaban demostrar lealtad a la causa nacional.

Huéscar fue uno de ellos. El 11 de noviembre de 1809, su cabildo municipal aprobó un acuerdo formal declarando la guerra al reino de Dinamarca. El documento no era simbólico ni retórico: era una declaración de guerra en toda regla, redactada con el lenguaje jurídico y político propio de la época.

Fuente: ChatGPT

Cuando la guerra se olvida, pero no desaparece

El problema no fue declarar la guerra. El problema fue olvidarse de firmar la paz.

Cuando en 1814 terminó la guerra de la Independencia y España normalizó sus relaciones internacionales, los tratados de paz se firmaron entre estados. Pero nadie se acordó de comunicar oficialmente a Huéscar que el conflicto con Dinamarca había concluido. No hubo carta, notificación ni decreto que anulara aquel acuerdo municipal de 1809.

Desde un punto de vista práctico, la guerra había terminado. Desde un punto de vista jurídico, no.

Durante los siguientes 172 años, la guerra permaneció viva en un solo lugar: los archivos municipales. Mientras Europa atravesaba revoluciones, guerras mundiales, dictaduras y democracias, el documento seguía allí, intacto, sin que nadie lo revisara ni lo cuestionara.

Huéscar no vivía en estado de alerta. Dinamarca no temía una invasión andaluza. Pero sobre el papel, el conflicto seguía existiendo.

Fuente: ChatGPT

El poder silencioso de un archivo municipal

La historia habría permanecido enterrada para siempre de no ser por el trabajo rutinario de un archivero municipal. En 1981, revisando documentación histórica del ayuntamiento, salió a la luz el acuerdo de 1809. No era una anécdota simpática, sino un problema administrativo real: existía una declaración de guerra sin un tratado de paz que la invalidara.

Aquello obligó a actuar. Porque en el mundo diplomático, incluso los errores antiguos exigen soluciones formales. El Ministerio de Asuntos Exteriores español y la embajada danesa tuvieron que intervenir para cerrar un conflicto que, técnicamente, seguía abierto.

El episodio demuestra algo fundamental: los archivos no guardan solo memoria, también guardan consecuencias. Un papel olvidado puede no afectar a la vida diaria, pero sigue definiendo una realidad legal.

Firmar la paz cuando ya no hay guerra

El 11 de noviembre de 1981, exactamente 172 años después de la declaración de guerra, Huéscar y Dinamarca firmaron oficialmente la paz. No fue un acto improvisado ni una simple recreación histórica. Se siguieron los protocolos diplomáticos exigidos por el Estado español y por el gobierno danés.

La ceremonia tuvo un carácter festivo, casi irónico. Hubo celebraciones, actos simbólicos y hasta vecinos disfrazados de vikingos. Pero bajo el humor se escondía una idea muy seria: una guerra no termina hasta que alguien la da por terminada.

Aquella firma no cambiaba nada en la práctica, pero lo cambiaba todo en el plano simbólico. Cerraba una anomalía histórica y recordaba que los conflictos, incluso los más absurdos, necesitan un final explícito.

Una historia pequeña con una lección enorme

La guerra entre Huéscar y Dinamarca no es importante por su impacto militar, sino por lo que revela sobre cómo funciona la historia. No todas las guerras se ganan o se pierden en el campo de batalla. Algunas se perpetúan simplemente porque nadie revisa los papeles.

Este episodio demuestra que la historia no avanza siempre de forma limpia y ordenada. A veces se arrastra, se acumula y se atasca en los márgenes de la administración. El pasado no desaparece solo porque dejemos de mirarlo.

Huéscar no estuvo 172 años esperando la paz. Estuvo 172 años viviendo su vida mientras una guerra dormía en un archivo. Y quizá esa sea la lección más inquietante: cuántas otras historias siguen ahí, esperando a que alguien abra una carpeta y recuerde que el tiempo, por sí solo, no lo arregla todo.

Cortesía de Muy Interesante



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