Avatar: Fuego y Cenizas llegó a salas de cine para poner de facto que se mantiene como una franquicia rentable. Sus más de mil millones de dólares en la taquilla mundial respaldan que, por tercera vez, estamos frente a un evento cinematográfico digno de ver en la pantalla más grande posible. Pero su estreno vino acompañado de un debate que trasciende aquella experiencia en la butaca: si tiene o no un impacto cultural.
A muchos se les complicó concebir la idea de que esta tercera entrega fuera un hit entre las masas dado que, como muestran las críticas que recibió, no tiene nada nuevo que ofrecer, así como una duración excesiva. Se le juzga de no tener un fondo que compense un despliegue técnico sin precedentes. Pese a ello, Avatar, como saga, demuestra una vez más su gran virtud. Algo que ninguna otra saga actual comparte.
¿Tiene o no un impacto cultural? Esta es la pregunta que desencadena la conversación alrededor de las cintas. Muchos juzgan que son películas de lo más olvidables a tal punto en que una vez que sales de la función no recuerdas ni los nombres de los personajes. En otras palabras, un evento que los espectadores consumen y a las dos semanas se olvidan de ella. No obstante, existe un punto que muchos olvidan.
Efectos para las masas. Antes de ir de lleno, debemos reconocer que si bien no son filmes de los cuales puedas recabar alguna frase para enmarcar, su impacto se puede ver reflejado en cómo millones de personas asisten al cine solo para apreciar un apantallante CGI, en el cual también radica su impacto. Esto puesto que es el nuevo punto de comparación para la industria y que nadie ha logrado igualar.
El espectáculo fuera del cine. Si dejamos de lado esos dos puntos, el gran factor diferenciador que le otorga un valor agregado a esta franquicia es la facultad de mantenerse por sí sola. En una era donde las propiedades intelectuales inundan el mercado, es difícil encontrar un producto que no sea adaptación de un libro, secuela, remake o que se encuentre basado en material originado en algún otro medio de entretenimiento.
Ni spin-offs ni series. En nuestros días es habitual que cada éxito de cine tenga un circuito transmedia hacia otros formatos. Para ejemplo tenemos las series derivadas de IT, Dune o The Batman. Es en este escenario que Avatar se distingue por mantenerse fiel así misma bajo el estandarte de ser una experiencia cinematográfica que se descubre por igual para todos los espectadores: no existe un universo compartido.
Batir récords… y hasta ahí. Así, el imaginario del director James Cameron no tiene que depender de nuevos proyectos para ampliar su propia mitología. Es decir, no hay tarea pendiente para las audiencias al tener que actualizarse con series, especiales o spin-offs cinematográficos y con ello entender la trama principal. Solo cada cierto tiempo se estrena una nueva parte, acapara la taquilla y toca esperar a la que sigue.

En contra de la lógica. El capitalismo salvaje actual de Hollywood nos indica que, por lógica, si un estreno se vuelve un fenómeno debe explotarse por todos los ángulos: series, cómics, animes y hasta merchandising. Cuestión de la que Avatar se deslinda al solo tener como respaldo un par de videojuegos. Todo para centrarse en ese apartado técnico que pone la vara más alta en cuanto a calidad visual.
Un sello distintivo. Podemos suponer que esta vía es gracias a su propio creador. Por amor a su propia franquicia, posiblemente Cameron no ha dado la mano a torcer (tanto) para sacar productos relativos a Pandora hasta para aventar. Cosa que contrasta con otros títulos de Disney como Star Wars o Marvel que año con año nos retacan con una nueva historia al punto de estar sobresaturados del mismo contenido.
Bajo esta lupa, podemos decir que Avatar se mantiene como un mega evento que se justifica por sí solo. Todo para tenernos al pendiente de disfrutar cada entrega al máximo, como si fuese la última. Y claro, sin importar si la ves en 4K, IMAX o sala tradicional.
Cortesía de Xataka
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