En 2018, un equipo de geólogos perforaba rocas milenarias en Australia Occidental. Buscaban rastros de vida antigua, pero lo que hallaron fue aún más desconcertante: firmas químicas que no deberían estar ahí. Las rocas, formadas hace miles de millones de años, mostraban una “huella” propia de los continentes actuales. ¿Cómo era posible? La tectónica de placas, responsable de esa química, no debería haber existido todavía. El hallazgo fue inicialmente puesto en duda. Pero siete años después, un nuevo estudio confirma que aquellos indicios no eran una anomalía, sino una pista crucial sobre el origen profundo de nuestro planeta.
Un equipo internacional liderado por el profesor Simon Turner, de la Universidad Macquarie (Australia), ha desarrollado un modelo que reescribe la historia geológica de la Tierra, algo que no deja de darnos sorpresas. Publicado el 2 de abril de 2025 en la revista Nature, el trabajo demuestra que la primera corteza terrestre, formada hace unos 4.500 millones de años, ya tenía una composición química similar a la de los continentes actuales, incluso antes de que las placas tectónicas entraran en juego. Como señala el propio Turner: “Nuestro estudio muestra que esta huella química ya existía en la primera corteza de la Tierra, la protocorteza, lo que obliga a replantear las teorías actuales”.
Una firma química que no encaja en la historia oficial
Durante décadas, los geólogos han utilizado un tipo de “firma química” para determinar si una roca se formó en un entorno de subducción, es decir, en un lugar donde una placa tectónica se desliza por debajo de otra. Una característica clave de este entorno es una baja concentración del elemento niobio, un metal que actúa como marcador geológico en los estudios de corteza continental.
La presencia o ausencia de niobio se convirtió en un indicio para detectar cuándo y dónde comenzaron los procesos de tectónica de placas. Sin embargo, estudios previos habían encontrado esta misma anomalía química en rocas extremadamente antiguas, anteriores al inicio estimado de la tectónica. Este detalle llevaba años desconcertando a los investigadores. “Me pregunté si estábamos haciendo la pregunta correcta”, admite el profesor Turner. En lugar de buscar cuándo surgió esa química, el equipo cambió el enfoque: ¿podría esa huella química haberse originado de otra manera?

Simulaciones de un planeta joven y violento
Para responder a esta incógnita, los investigadores recurrieron a modelos computacionales que simulan las condiciones de la Tierra primitiva. En ese periodo, conocido como eón Hadeico, el planeta estaba cubierto por un océano global de magma, mientras el núcleo se formaba en su interior. Estas simulaciones mostraron que, en un entorno altamente reductor como el de la Tierra temprana, el niobio se comportaba de forma diferente: se volvía siderófilo, es decir, tendía a combinarse con metales y a hundirse hacia el núcleo del planeta.
Este comportamiento explicaría por qué las rocas de la corteza original ya mostraban una baja proporción de niobio, sin necesidad de subducción. Según Turner, “la huella química distintiva de la corteza continental coincide con la firma esperada del material extraído del manto después de la formación del núcleo, pero antes del bombardeo de meteoritos”. Esto implicaría que la corteza primitiva ya presentaba rasgos continentales desde sus orígenes.
El modelo también sugiere que la protocorteza no era estática. Con el tiempo, fue siendo modificada por otros eventos geológicos: impactos de meteoritos, fragmentación y enriquecimiento en sílice. Estos procesos habrían preparado el terreno para la futura formación de los continentes tal como los conocemos hoy.

La protocorteza: mucho más que un simple cascarón
La corteza primitiva, llamada protocorteza, no era homogénea ni estable. El estudio muestra que esta primera capa sólida se formó rápidamente tras la consolidación del núcleo terrestre y que su composición no era muy diferente de la de los continentes actuales. Esto cambia por completo la visión tradicional, que asumía que la corteza continental se fue formando lentamente gracias a la actividad tectónica prolongada durante miles de millones de años.
A diferencia de esa visión gradualista, el nuevo modelo propone que la protocorteza ya contenía una firma geoquímica madura desde sus etapas iniciales. No solo eso: también se habría fragmentado y reorganizado debido al bombardeo de meteoritos y a la actividad interna del planeta. Esos fragmentos más densos habrían comenzado a acumularse, generando regiones más gruesas que eventualmente se convertirían en los primeros núcleos continentales.
En palabras de Turner, “esta primera corteza fue remodelada y enriquecida en sílice por una combinación de impactos de meteoritos, desprendimientos de fragmentos y el inicio de movimientos de placas”. Así, los continentes no surgirían únicamente por la acción tectónica, sino también como consecuencia de una evolución compleja iniciada desde los primeros millones de años de vida del planeta.

Un nuevo marco para entender la tectónica de placas
Hasta ahora, la aparición de la tectónica de placas se situaba en torno a los 3.000 millones de años atrás. Se pensaba que ese proceso era esencial para formar los rasgos químicos que distinguen a la corteza continental. Pero el estudio liderado por Turner plantea un escenario alternativo: la tectónica pudo haber comenzado más tarde, o haber funcionado de forma intermitente al principio, sin ser la única responsable de la composición actual de la corteza.
Las simulaciones sugieren que, tras la formación de la protocorteza, la actividad tectónica pudo haber sido esporádica y dependiente del impacto de grandes meteoritos. Estos eventos habrían provocado fracturas y movimientos en la superficie, imitando los efectos de la tectónica sin requerir un sistema sostenido como el que tenemos hoy. No fue hasta unos 3.800 millones de años atrás, cuando el bombardeo de meteoritos se redujo significativamente, que la tectónica se estabilizó en un patrón continuo.
Esto cambia el modo en que se interpreta la evolución temprana del planeta. También implica que el inicio de la vida pudo haber ocurrido en un contexto geológico más estable de lo que se pensaba, o incluso que ciertos elementos esenciales para la vida ya estaban disponibles antes del surgimiento formal de la tectónica.

Implicaciones para otros mundos rocosos
Más allá de la Tierra, este estudio abre nuevas perspectivas para entender la evolución de otros planetas. Si las firmas químicas continentales pueden surgir sin tectónica de placas, es posible que planetas como Marte o Venus hayan desarrollado estructuras parecidas sin necesidad de movimientos internos tan complejos como los nuestros. Esto cambiaría los criterios con los que se busca vida o habitabilidad en otros mundos.
Según Turner, “este descubrimiento también nos da una nueva forma de pensar cómo podrían formarse los continentes en otros planetas rocosos del universo”. En lugar de buscar señales de tectónica como condición indispensable, los científicos podrían enfocarse en la química de la superficie, en busca de patrones similares a los hallados en la protocorteza terrestre.
El hallazgo no solo tiene consecuencias para la geología, sino también para la astrobiología. Si estructuras continentales complejas pueden aparecer de forma temprana y sin tectónica sostenida, los ambientes estables que favorecen el desarrollo de vida podría.
Referencias
- Turner, S., Moyen, J. F., Prytulak, J., Murphy, D., Jennings, E., & Ganne, J. (2025). Formation and composition of Earth’s Hadean protocrust. Nature. DOI: 10.1038/s41586-025-00001.
Cortesía de Muy Interesante
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