Comprender algo verdaderamente nuevo es una de las tareas más difíciles del conocimiento humano. No porque falten datos, ni siquiera porque falte inteligencia, sino porque la mente tiende de manera natural a apoyarse en lo ya conocido. Francis Bacon formuló esta dificultad con una claridad desarmante al advertir que jamás comprendemos lo nuevo si no es por analogía con lo viejo. No se trata de una reflexión literaria ni de un comentario marginal, sino de una observación profunda sobre cómo funciona el entendimiento cuando se enfrenta a ideas que rompen con lo establecido.
La frase aparece en un momento clave de su obra, cuando Bacon intenta preparar al lector para aceptar un método de investigación radicalmente distinto al heredado. Sabe que su propuesta será juzgada desde categorías antiguas y que, precisamente por eso, corre el riesgo de ser mal entendida. Antes incluso de explicar su método, Bacon señala el obstáculo principal: la dificultad de pensar sin traducir inmediatamente lo nuevo a moldes viejos.
El problema no es la ignorancia, sino la comparación automática
Bacon no acusa al lector de ignorancia, sino de algo más sutil y más universal: la tendencia a comparar antes de comprender. Cuando nos enfrentamos a una idea nueva, buscamos de forma casi instintiva algo que se le parezca. Esa comparación nos tranquiliza, nos da la sensación de haber entendido, pero al mismo tiempo puede falsear el objeto que tenemos delante. Lo nuevo queda reducido a una variación de lo conocido, aunque en realidad suponga una ruptura profunda.
Este mecanismo explica por qué tantas revoluciones científicas fueron rechazadas o malinterpretadas en su momento. No porque faltaran pruebas, sino porque se intentaron entender con analogías inadecuadas. Bacon es consciente de que el problema no se resuelve con más ingenio retórico, sino con un cambio en la forma de investigar y de juzgar.

Un aviso previo antes de proponer un método nuevo
La advertencia de Bacon tiene también una función estratégica. Antes de presentar su propuesta de una inducción basada en la experiencia ordenada, necesita desactivar la reacción automática del lector. Si el lector evalúa el nuevo método usando los criterios del viejo, el rechazo está garantizado. Por eso insiste en que no puede juzgarse lo nuevo apelando a las prenociones heredadas, del mismo modo que no se puede medir una magnitud desconocida con una escala inadecuada.
En este sentido, la frase no es una excusa ni una defensa preventiva, sino una condición de posibilidad del descubrimiento científico. Reconocer que comprendemos por analogía es el primer paso para vigilar ese impulso y evitar que se convierta en un obstáculo permanente.
Novum organum: un libro escrito contra la comprensión cómoda
La frase de Bacon no aparece aislada ni como un apunte retórico, sino en uno de los momentos más reveladores del Novum Organum, el libro con el que intentó replantear desde la raíz la forma en que los seres humanos producen conocimiento. Publicado en 1620, el texto no propone una nueva teoría concreta sobre la naturaleza, sino algo más ambicioso y más incómodo: un método para descubrir, frente a un saber que, según Bacon, se había vuelto repetitivo, autosatisfecho y estéril.
Es en el libro primero, aforismo 34, donde Bacon reconoce abiertamente la dificultad de su empresa. Antes de explicar cómo debería funcionar la nueva inducción científica, advierte de un obstáculo previo, casi psicológico. “Explicar y hacer comprender lo que pretendemos, no es cosa fácil, pues jamás se comprende lo que es nuevo, sino por analogía, con lo que es viejo”. Con esta observación, Bacon no se excusa, sino que señala un problema estructural del entendimiento humano: la tendencia a traducir cualquier novedad a esquemas ya conocidos.
Explicar y hacer comprender lo que pretendemos, no es cosa fácil, pues jamás se comprende lo que es nuevo, sino por analogía, con lo que es viejo
Francis Bacon
El Novum Organum nace precisamente para combatir esa inercia. Bacon es consciente de que el conocimiento heredado no solo transmite errores, sino hábitos mentales que impiden ver lo que no encaja. Por eso insiste en que el mayor enemigo del descubrimiento no es la falta de datos, sino la falsa sensación de comprensión que producen las analogías apresuradas. El libro no busca destruir el saber anterior, pero sí impedir que lo antiguo funcione como una jaula conceptual que limite lo que puede llegar a pensarse.
Este aforismo actúa así como una advertencia al lector: si el Novum Organum resulta extraño, no es porque sea oscuro, sino porque obliga a pensar sin el apoyo inmediato de lo familiar. Bacon sabe que esa incomodidad es el precio inevitable del descubrimiento científico y que solo aceptándola puede abrirse un camino verdaderamente nuevo.

De Bacon a la física cuántica: cuando la analogía se rompe
Pocas áreas ilustran mejor esta idea que la física cuántica. Desde sus inicios, los propios físicos recurrieron a analogías clásicas para explicar fenómenos que no encajaban en ellas. Se habló de partículas como pequeñas bolas, de ondas como vibraciones en un medio, de saltos de energía como escalones. Estas analogías fueron útiles para empezar a pensar, pero pronto mostraron sus límites.
El problema apareció cuando la analogía se tomó por explicación. Intentar comprender el mundo cuántico como una versión extraña del mundo clásico llevó a paradojas, malentendidos y debates interminables. Solo cuando se aceptó que lo nuevo no tenía por qué comportarse como lo viejo, y que las analogías eran solo herramientas provisionales, pudo avanzar la comprensión teórica. Bacon no conocía la cuántica, pero entendió perfectamente el mecanismo mental que acabaría dificultando su aceptación siglos después.
El riesgo de confundir comprensión con familiaridad
La advertencia baconiana sigue siendo actual porque apunta a una confusión muy extendida: creer que entendemos algo porque nos resulta familiar. La analogía produce familiaridad, pero no garantiza comprensión. De hecho, puede bloquearla. Cuando lo nuevo se parece demasiado a lo viejo, deja de interpelarnos y pierde su capacidad transformadora.
Bacon propone una actitud más exigente: aceptar la incomodidad inicial de no comprender del todo, resistir la tentación de cerrar demasiado rápido el significado y dejar que la experiencia y el método hagan su trabajo. Comprender, en este sentido, no es domesticar lo nuevo, sino permitir que nos obligue a pensar de otra manera.
Pensar sin destruir lo anterior
La frase no implica desprecio por el conocimiento previo. Bacon no propone borrar lo antiguo, sino evitar que se convierta en un filtro deformante. Lo viejo es necesario para empezar a pensar, pero no debe dictar el resultado final. El descubrimiento científico exige una tensión constante entre continuidad y ruptura, entre apoyo en lo conocido y apertura a lo que no encaja.
Por eso su observación sigue funcionando como una advertencia útil, tanto para la ciencia como para la cultura en general. Cada vez que creemos haber entendido algo nuevo demasiado rápido, quizá convenga recordar a Bacon y preguntarnos si lo hemos comprendido de verdad o si solo lo hemos hecho parecer viejo.
Cortesía de Muy Interesante
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