Gonzalo Celorio: La literatura para exorcizar la vida misma


La voz quebrada de Gonzalo Celorio —la misma que él atribuye “a la edad, al deterioro y a un cáncer en las cuerdas vocales que me ha dejado hablando como la otra”— alumbró en el salón, no obstante, con la intensidad de un faro. El recién anunciado Premio Cervantes 2025 tomó el micrófono durante la FIL Guadalajara para hablar de su nuevo libro, “Ese montón de espejos rotos”, una obra que, según confiesa, no se propuso ser autobiográfica, pero terminó siéndolo “pedazos”, como la propia memoria.

Antes de entrar en materia, Celorio mira hacia atrás. “He estado en todas las ediciones de esta feria”, recuerda, casi con asombro. “Cuando vine por primera vez, la feria era poco menos que un tianguis de libros. Los vendían a cinco o diez pesos, como si fueran kilos de jitomates”. La comparación produce risas, pero también una imagen contundente: el pasado entonces incierto de una feria que hoy es una de las más grandes del mundo. Para él, la FIL tiene un rasgo único: la mezcla entre lo profesional y lo festivo. “No hay ninguna feria como esta”, afirma. “En España, la LIBER de Barcelona es solo profesional. La Feria del Retiro es solo fiesta. Aquí conviven las dos. Y ese es un verdadero regocijo”.

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La sala está llena. Frente a él, lectores, alumnos, periodistas, curiosos. Detrás, décadas de docencia, de obra literaria, de labor editorial, de instituciones culturales. El doctor recibirá, el próximo martes, el Homenaje al Bibliófilo José Luis Martínez, uno de los reconocimientos más entrañables que otorga la FIL. Y el lunes 1 de diciembre presentará su libro, este mosaico autobiográfico escrito durante años como fragmentos dispersos, “como si la vida fuera más fácil de contar en pedazos”.

“La literatura es un mecanismo de exorcismo”

Celorio explica que el proceso de escribir memorias, justo en un momento en que su vida personal atraviesa por temas de salud y por un reconocimiento internacional, representa conjurar lo vivido. “Uno escribe en buena medida para olvidar. La vida no ha terminado; todavía hay esperanzas para el olvido”. Cita entonces a Onetti, “un maestro del desasosiego”, y explica que la literatura, para él, opera como una expulsión de demonios internos: “Las novelas nacen de un conflicto. No lo resuelven, pero lo exorcizan. El escritor deja de cargarlo. Se lo pasa al lector. Y el lector es un masoquista: busca conflictos ajenos para reconocerse en ellos”. Ese traspaso, dice, es lo que hace de la literatura un acto profundamente humano.

El doctor recibirá, el próximo martes, el Homenaje al Bibliófilo José Luis Martínez, uno de los reconocimientos más entrañables que otorga la FIL. EL INFORMADOR/A. Navarro 
El doctor recibirá, el próximo martes, el Homenaje al Bibliófilo José Luis Martínez, uno de los reconocimientos más entrañables que otorga la FIL. EL INFORMADOR/A. Navarro 

Un libro hecho de fragmentos, como la vida

No hay en “Ese montón de espejos rotos” una cronología, ni un orden lógico, ni un afán sistemático. Hay episodios. Trozos. Retazos. Un conjunto de textos sueltos que un día, sin planearlo, se volvieron libro. “Yo no quería escribir una autobiografía”, aclara el doctor. “Escribí textos independientes. Pero luego vi que ya tenía muchos y los junté. Por eso es un libro fragmentario, como su nombre lo indica”.

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En esos fragmentos conviven la vida pública—la academia, la gestión cultural, la edición, la membresía en la Academia Mexicana de la Lengua—y la vida privada. Y sobre esta última, Celorio recuerda que la literatura mexicana ha sido tradicionalmente pudorosa: “Tenemos una poesía lírica muy contenida, que guarda secretos. Incluso López Velarde dice que cantará con épica sordina. Es una tradición del silenciamiento”.

Ese pudor—dice con humor—también lo sufrieron sus antecesores. Menciona a Vasconcelos, “el gran autobiografista mexicano”, quien en la segunda edición de Ulises criollo suprimió pasajes íntimos: “Se sintió demasiado desnudo”.

“Yo me visto con mi desnudez”, dice Celorio. “Es mi manera de salir en pelotas a la calle”. Ahí está, quizá, el corazón de su libro: una decisión de mostrarse como es, sin solemnidad, sin impostación, con el humor y la crudeza que atraviesan su obra. El escritor recordó su infancia, los precipicios de la vida, las treguas del crecer. Habló de su niñez, de su madre que proclamaba que “todos mis hijos son iguales”, y del día en que fue inscrito a los Boy Scouts. Necesitaba una fotografía para su credencial, pero su madre no encontró ninguna suya, así que le entregó una foto de su hermano Eduardo con la instrucción de pegarla ahí. “Eso me llevó a 22 años de psicoanálisis”, dice entre carcajadas del público. “Imagínense: un documento que dice que uno es uno, pero el de la foto no era yo”.

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Pero aquella crisis infantil encontró refugio en otra escena: su hermano mayor, Miguel, arquitecto y hombre culto, lo invitaba a su biblioteca. Ahí aprendió palabras que no entendía, pero que repetía como sortilegios para impresionar a las novias de su hermano: “Te quiero hasta el último confín del universo, hasta la última estrella de la Vía Láctea. Yo no sabía qué era la Vía Láctea. Pero me granjeaba admiración. Y eso, esa búsqueda de identidad a través de la palabra, eso he hecho toda mi vida”.

El maestro que chupa la sangre de sus alumnos

Hablar de Gonzalo Celorio es hablar del maestro. Casi medio siglo de clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Cientos de alumnos. Generaciones enteras que lo consideran un faro. “La mejor manera de aprender es enseñar”, afirma. Cuenta que durante 20 años tuvo una cátedra extraordinaria, la de los Maestros del Exilio Español, donde podía enseñar “lo que se me pegara la gana”. Cada semestre construía el temario según qué quería aprender él.

No hay en
No hay en “Ese montón de espejos rotos” una cronología, ni un orden lógico, ni un afán sistemático. Hay episodios. Trozos. Retazos. EL INFORMADOR/A. Navarro 

Y sobre los jóvenes, dice una frase luminosa: “Yo practicaba con ellos un vampirismo. Les chupaba la sangre. Eso me mantenía vigoroso”. “Hoy, asegura, ha tenido que dejar las aulas porque la voz ya no le da, “y porque no soporto ver esos cuadritos apagados de Zoom”. Pero la docencia—dice—lo mantuvo vivo durante décadas.

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El Cervantes, la FIL y un homenaje doble

La charla termina y Celorio vuelve a sonreír cuando le preguntan si imaginó alguna vez una vida rodeada de libros, cultura y reconocimientos. “Uno no vislumbra milagros”, dice. “Simplemente vive. Y escribe. Y trata de compartir la palabra”. Pero el público en Guadalajara sabe que no es así de simple. Sabe que detrás de esa modestia hay una obra literaria sólida, una labor cultural profunda y una vida entregada a la palabra. Por eso este año la FIL lo celebra no con uno, sino con dos homenajes: la presentación de “Ese montón de espejos rotos”, el lunes 1 de diciembre, y el Homenaje al Bibliófilo José Luis Martínez, el martes. Y el eco del Premio Cervantes 2025, que lo coloca entre los grandes nombres de la literatura hispánica contemporánea.

Celorio, un hombre que fue niño con palabras prestadas, joven con ambiciones literarias y adulto con una vocación total por la docencia. Un escritor que se viste con su desnudez para caminar por la calle con la única vestimenta que nunca le falla: la palabra.

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MB

Cortesía de El Informador



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