Hallan abejas prehistóricas solitarias que vivieron dentro de huesos en una cueva del Caribe

Un hueso antiguo, olvidado en lo profundo de una cueva del Caribe, acaba de revelar uno de los comportamientos más inusuales registrados en abejas prehistóricas: usar las cavidades dentales de mamíferos extintos como lugar de anidación. No es una escena sacada de una novela fantástica, sino un hallazgo científico documentado en un estudio reciente publicado en Royal Society Open Science.

Los investigadores han descrito por primera vez un tipo de nido fósil producido por una abeja extinta, Osnidum almontei, que habitó una cueva de La Española hace miles de años. Lo sorprendente no es solo que estas abejas eligieran una cueva como hogar, algo ya de por sí inusual para este tipo de insectos, sino que decidieran construir sus nidos en el interior de mandíbulas y huesos vertebrales de otros animales, aprovechando los huecos que quedaban tras la pérdida de los dientes.

Un comportamiento nunca antes visto en abejas fósiles

La evidencia descubierta en la Cueva de Mono, al sur de la República Dominicana, muestra que estas abejas solitarias aprovecharon las cavidades óseas de roedores y perezosos extintos como espacio de anidación. Según los autores del estudio, “las células de Osnidum almontei aparecen altamente oportunistas, llenando todas las cámaras óseas disponibles en el depósito sedimentario”.

El análisis por microtomografía computarizada permitió observar múltiples generaciones de nidos superpuestos en una misma cavidad, lo que sugiere una notable fidelidad al sitio. Es decir, estas abejas regresaban al mismo lugar generación tras generación para anidar, una estrategia poco común en insectos solitarios. Tal como indica el artículo científico, se trata de “un uso repetido y cierto grado de fidelidad al nido”.

Este comportamiento no tiene precedentes en el registro fósil de abejas. Aunque se conocen nidos conservados en suelos antiguos, esta es la primera vez que se hallan estructuras de anidación de abejas dentro de huesos de vertebrados. Para los investigadores, el descubrimiento abre nuevas preguntas sobre la adaptabilidad y evolución de estos insectos.

Tomografía de una mandíbula fósil que revela células de nido de abeja prehistórica dentro de las cavidades dentales. Fuente: Royal Society Open Science

La cueva, el suelo y los huesos: un contexto poco habitual

La Cueva de Mono está ubicada en una región kárstica de la provincia Pedernales, un paisaje rocoso donde la tierra fértil escasea y abunda el terreno calizo expuesto. En ese contexto, no es difícil imaginar que los huecos presentes en huesos fosilizados ofrecieran un entorno más estable y protegido que el suelo superficial para la anidación.

El sedimento donde se hallaron los fósiles es una arcilla roja fina mezclada con fragmentos de caliza y una alta concentración de restos de vertebrados. Lo curioso es que muchos de estos huesos muestran señales de haber pasado por el tracto digestivo de aves rapaces. Según el estudio, la acumulación ósea probablemente fue producto de la actividad de la lechuza extinta Tyto ostologa, que regurgitaba sus presas en forma de egagrópilas.

Esto sugiere un proceso de reciclaje biológico singular: las lechuzas cazaban pequeños mamíferos, cuyas mandíbulas quedaban abandonadas en la cueva, y las abejas las reutilizaban como nido, miles de años antes de que esos huesos fueran descubiertos por la ciencia.

Un nuevo tipo de nido fósil: Osnidum almontei

Los investigadores describieron estas estructuras como un nuevo género y especie de icnofósil: Osnidum almontei. El nombre proviene del latín ossis (hueso) y nidum (nido), haciendo referencia directa a su localización. En el paper se explica que estos nidos “son células aisladas y simétricas, con paredes internas lisas y en capas múltiples, ubicadas en cavidades óseas rellenas de sedimento”.

Las células tienen forma ovalada, fondo redondeado y una abertura más estrecha, sin estructuras como túneles o cámaras previas. En algunos casos, los investigadores identificaron hasta seis generaciones de nidos superpuestos dentro de una misma cavidad dental, algo muy inusual para abejas solitarias.

A diferencia de los fósiles conservados en ámbar, que ofrecen información anatómica pero poco sobre el comportamiento, los icnofósiles —es decir, las huellas de actividad como túneles o nidos— permiten inferir directamente cómo vivían estos insectos, aunque sus cuerpos ya no estén presentes.

Recreación de la abeja Osnidum almontei anidando en una cueva con huesos de animales extintos. Fuente: Royal Society Open Science

¿Qué tipo de abeja fue la responsable?

A partir de las dimensiones y características del nido, los científicos consideran que el responsable fue una abeja de tamaño medio, posiblemente de la familia Halictidae, conocida por su diversidad y comportamientos de anidación en suelos.

Aunque no se ha podido identificar con certeza la especie exacta, el trabajo propone que Osnidum almontei pudo haber sido una abeja ya extinta o incluso una especie aún no descubierta de las regiones áridas del sur de La Española. El hecho de que estas estructuras se repitan en distintas capas de sedimento apunta a una comunidad estable que se mantuvo durante largos periodos.

Hoy en día, las abejas nativas de la isla incluyen unas 78 especies conocidas, muchas de ellas endémicas. Sin embargo, ninguna muestra un comportamiento tan radical como anidar en cavidades óseas dentro de cuevas oscuras. Este hallazgo añade una nueva dimensión al conocimiento de la biodiversidad extinta del Caribe y a la plasticidad ecológica de las abejas.

Condiciones de conservación excepcionales

Uno de los aspectos más fascinantes del estudio es la calidad de preservación de los nidos. Los análisis con microscopía electrónica revelaron estructuras internas densas y bien selladas, con capas de arcilla fina y restos de compuestos orgánicos. Algunas células mostraban fluorescencia bajo luz ultravioleta, lo que sugiere la presencia de revestimientos impermeables aplicados por las propias abejas, similares a los que utilizan hoy para proteger a sus larvas.

También se hallaron restos de hongos y bacterias fosilizadas, formando redes complejas que probablemente participaron en la mineralización de las células. Este microambiente protegido favoreció la conservación del nido y dejó huellas de una interacción entre abejas, microorganismos y el ambiente fósil que aún está por entenderse completamente.

Una rareza evolutiva que cambia lo que sabíamos

El descubrimiento de Osnidum almontei no solo aporta un nuevo dato sobre una especie extinta. También desafía algunas suposiciones sobre cómo y dónde pueden anidar las abejas. Hasta ahora, se creía que las cuevas no ofrecían condiciones adecuadas para este tipo de insectos. Sin embargo, en la Cueva de Mono, el suelo arcilloso, protegido de lluvias y cambios bruscos de temperatura, pudo ofrecer una alternativa viable cuando el exterior era demasiado hostil.

Además, el uso de huesos como “macetas naturales” para sus crías muestra un grado de flexibilidad ecológica extremo, comparable solo con ciertos comportamientos documentados en algunas especies modernas que anidan en conchas de caracol o madera podrida.

Como señala el artículo, “la fidelidad en el comportamiento de anidación de las abejas está relacionada con la consistencia o especificidad con la que una especie o individuo selecciona y utiliza sitios o materiales particulares”. En este caso, esa fidelidad quedó registrada en piedra.

Referencias

  • Viñola-López LW, Riegler M, Olson SV, Orihuela J, Genaro JA, Sánchez-Rosario A. 2025. Trace fossils within mammal remains reveal novel bee nesting behaviour. Royal Society Open Science 12:251748. https://doi.org/10.1098/rsos.251748.

Cortesía de Muy Interesante



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