Invasión


“A la memoria del mexicano que disparó, certero, contra el soldado norteamericano que izaba la bandera de la barra y las estrellas en el asta del Palacio Nacional de México, el 13 de septiembre de 1847”. Esta dedicatoria fue escrita por Gastón García Cantú en su libro “Las invasiones norteamericanas en México”, editado por primera vez hace 55 años, en 1971, por Editorial Era y reeditado en 1986 por la SEP en la colección Lecturas Mexicanas.

A lo largo de los años, el libro de García Cantú ha sido tanto un texto de reivindicación nacionalista, como una memoria fiel de los despojos, agresiones, e invasiones que Estados Unidos ha cometido en agravio del pueblo mexicano. Pero el libro de García Cantú era más un libro de historia, que una advertencia presente de posibles riesgos venidos desde la potencia del norte. Hasta que llegó Donald Trump y desempolvó y actualizó la Doctrina Monroe, identificándolo con su corolario por lo que está conociéndose como Doctrina Donroe.

La invasión a Venezuela el pasado 3 de enero y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores para llevarlos detenidos a Nueva York dota de otro sentido a las amenazas y bravatas del inquilino de la Casa Blanca. Ahora las amenazas cobran mayor riesgo que durante los pasados 40 años, desde que Estados Unidos invadió Panamá en 1989.

Apenas se hacía el recuento de los muertos y desaparecidos que dejó la incursión armada de Estados Unidos en Venezuela (más de 100 personas), Donald Trump volvió a la carga amenazando a Colombia (en particular a su presidente, Gustavo Petro), a Cuba, a Groenlandia en Europa y a México. “Algo tenemos qué hacer en México”, dijo Trump a los reporteros que cubren sus actividades arriba del avión presidencial Air Force One.

Si bien desde que llegó hace un año a su segunda presidencia Donald Trump ha insistido en que algo se tiene qué hacer en contra de los cárteles que se dedican al narcotráfico en México, tras la invasión a Venezuela, la amenaza adquiere otro sentido. Y por eso saltaron las alarmas en Palacio Nacional.

La Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo instruyó al secretario de Relaciones Exteriores, Juan Ramón de la Fuente, a tener reuniones de alto contacto con el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio. E incluso llevó a la Presidenta a pedirle al embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, a gestionar una llamada directa con Donald Trump. Esta llamada se llevó a cabo la mañana del lunes 12 de diciembre y tras ella la mandataria mexicana informó que quedó en claro que México no necesita la operación de fuerzas estadounidenses en nuestro territorio. Sheinbaum dijo que Trump aceptó que “intervenir en México no es necesario”.

Pero nada es seguro tratándose del inquilino de la Casa Blanca que actúa tan impredecible como caprichoso. Y si algún país conoce de invasiones e intervenciones en su territorio, es México.

En su libro de 1971, “Las invasiones norteamericanas en México”, García Cantú llegó a contabilizar hasta 285 casos de “tentativas de despojo, agravios e invasiones de los Gobiernos y el pueblo norteamericano” a México. Entre ellas se incluyen al menos tres invasiones como la Guerra México-Estados Unidos entre 1848-1846 que conllevó la toma de la Ciudad de México y el ataque al castillo de Chapultepec, donde ocurrió el episodio de los Niños Héroes y la toma de la Ciudad de México que da pie a la dedicatoria del libro de García Cantú. Luego de esa guerra, Estados Unidos tomó el puerto de Veracruz en 1914, e ingresó fuerzas armadas para tratar de detener a Francisco Villa en 1916, luego de que este atacara la población de Columbus.

Han pasado 110 años desde que soldados estadounidenses ingresaron al país y creía que las invasiones de Estados Unidos eran cosa del pasado. De hecho la palabra invasión no formaba parte de la discusión pública hace un año, y en contraste, ahora “invasión” o “intervención” son los titulares de diarios y noticiarios. Nada bueno podría dejar una intervención de Estados Unidos, por más que miserablemente algunos políticos se muestren complacientes con ello. No se trata de envolvernos en la bandera tricolor, sino de estar en contra de los designios de un personaje que se cree emperador del mundo y un imperio que quiere durar mil años.

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Cortesía de El Informador



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