Jesús Herrera, el músico español que toma las decisiones en la Filarmónica de Londres

La primera vez que Jesús Herrera (Linares, 38 años) supo de la existencia de Mozart y Beethoven fue a través de un disco que venía de regalo con una minicadena. “En mi casa no se escuchaba música clásica, pero de alguna manera me las ingenié para que me apuntaran al conservatorio”, cuenta el gestor cultural. “Me tomé las clases de piano tan en serio que terminé estudiando con Alicia de Larrocha y Aldo Ciccolini”. Más tarde, ya en París, empezó a organizar conciertos para sus compañeros de residencia. El dinero que recaudaba lo invertía en clases magistrales con los mejores profesores. “Entonces pensé: solistas hay muchos, pero fuera del escenario faltan ideas frescas”.

Tras una primera experiencia entre bastidores del Concurso Chaikovski, saltó a los despachos de la agencia Intermusica y después se lo montó por su cuenta. “Me enfoqué en proyectos especiales, intercambios con orquestas, asesoría de festivales…”, enumera. “Allí donde todo parecía inventado, yo trataba de proponer algo distinto”. También lideró, durante tres años, una de las etapas más fructíferas de la Sinfónica de Castilla y León. “Creamos la orquesta joven, un concurso de dirección, ensembles mixtos con las Filarmónicas de Berlín y Viena, coencargos con el Carnegie Hall…”. El éxito no pudo con él: se volvió a Londres “por amor” y también “porque la vida no es solo trabajo”.

Entonces sucedió lo inesperado: a través de un mensaje de LinkedIn, la Filarmónica de Londres, una de las orquestas más prestigiosas del mundo, lo invitó a postularse para el cargo de director artístico. “Hablamos de un proceso muy largo en el que un comité examina con lupa tu propuesta”. Como en una audición frente al más exigente de los jurados, en las rondas de entrevistas expuso su visión sobre el repertorio, el futuro de los conciertos y la misión de las orquestas en el siglo XXI. “Solo quería impresionarlos para poder colaborar en el futuro, pero supongo que acabé contagiándoles mi entusiasmo y me dieron el puesto”, se ríe al teléfono desde su casa de Paddington.

Su primera temporada al frente de la London Philharmonic Orchestra (LPO) lleva por título Harmony with Nature y explora la relación del ser humano con su entorno. “Tengo muy claro que los conciertos no empiezan con la primera nota ni acaban con el silencio final, sino que forman parte de una experiencia más amplia”. La prueba la encontramos en las conferencias con científicos y divulgadores que organiza para concienciar sobre los retos medioambientales. “En uno de los encuentros, para el Foro Económico Mundial, se proyectó un vídeo sobre el deshielo de los glaciares que reaccionaba con IA a la intensidad y velocidad de la música de Bach”, relata.

El sábado la orquesta ofrecerá en el Royal Festival Hall el estreno británico del concierto para piano y orquesta Tajogaite, una obra del compositor canario Gustavo Díaz-Jerez inspirada en la erupción volcánica de La Palma en 2021. “No me puedo atribuir el mérito, pues ya estaba programada antes de que yo llegara, pero debo decir que encaja a la perfección con el tipo de enfoque que trato de impulsar”, puntualiza. “Lo interesante no es solo la pieza en sí, que es una maravilla, sino cómo la recibe el público después de las conversaciones previas con geólogos y especialistas”.

Esa “amplificación de la escucha” que defiende Herrera tiene mucho de giro copernicano. “Antes la lógica de las orquestas se basaba en sentencias: nosotros sabemos, nosotros explicamos. Pero esa fórmula ya no funciona”, asegura. “La clave, el reto, hoy pasa por entender que también nosotros podemos aprender del público”. No se trata de rebajar el nivel, dice, ni de renunciar a la excelencia artística, sino de reforzar los vínculos con la comunidad. “Cuando no te diriges a tu audiencia desde arriba, la relación cambia y todos salimos ganando. En estos tiempos de atención fragmentada y consumo acelerado, la sociedad necesita espacios para la reflexión”.

El modelo laboral de las orquestas británicas es muy diferente al de las formaciones de España y del resto del continente. “La financiación pública apenas alcanza el 15% de nuestro presupuesto, por lo que todos nuestros músicos son autónomos: si no tocan, no cobran”, aclara. “Eso cambia mucho la manera de trabajar, pues ese afán de supervivencia hace que sean muy competitivos”. También más vulnerables a la presión: varios estudios recientes alertan sobre el impacto del estrés y la precariedad en la salud mental de los músicos freelance. “Por eso, además de motivarlos, debo tener mucho cuidado para gestionar bien la agenda sin llegar al límite de sus baterías”.

La LPO convive con otras tres orquestas autogestionadas de Londres. “En mi opinión la Philharmonia destaca por su apuesta tecnológica, la Royal Philharmonic tiene un perfil más comercial mientras que la London Symphony se mueve en un repertorio más tradicional”, sintetiza. “Nuestro proyecto tiene una ambición intelectual muy fuerte, pero sin perder la conexión humana”. Esa identidad está íntimamente ligada a la arquitectura del edificio. “Cuando el Festival Hall cerró en 2005 y la orquesta se mudó al Queen Elizabeth, tres veces más pequeño, cambió la forma de programar con planteamientos más arriesgados y menos pendientes de la taquilla”.

Para Herrera, cada concierto es una “conversación abierta” que comienza con un encuentro informal en el Beecham Bar de la quinta planta. “Invitamos a personalidades de todos los ámbitos, desde responsables de instituciones culturales hasta figuras del cine o miembros de la aristocracia”. Por allí han pasado el Duque de Kent, patrón de la orquesta, el actor Ian McKellen o Marina Mahler, nieta del compositor. “Es una forma de mantener los oídos bien abiertos”, señala Herrera, que esta misma semana se ha dejado ver con un sexteto de músicos por Downing Street. “El objetivo siempre es el mismo: fomentar el diálogo y el entendimiento en todos los frentes posibles”.

Cortesía de El País



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