La diplomacia y la Carta de las Naciones Unidas

La Carta de las Naciones Unidas se firmó el 26 de junio de 1945 en San Francisco cuando concluyó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional, y entró en vigor el 24 de octubre del mismo año. 

En esos momentos el mundo comenzaba a reflexionar sobre las causas que originaron uno de los momentos más oscuros del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial.

Ya en nuestro siglo XXI, pensemos el impacto que ha tenido, por ejemplo, la invasión rusa a Ucrania: miles de muertos y con escasas posibilidades de diálogo directo entre ambos países.

Entre las áreas de influencia de la mencionada guerra destaca la Unión Europea y la OTAN. Un masivo número de países tienen intereses para que no se salga de control el conflicto de la invasión rusa. Lo que empezó quizá, como algo puntual, la invasión a Crimea en 2014, se expandió a la invasión y control de por lo menos el 20% del territorio de Ucrania.

La Carta de las Naciones Unidas ha logrado evitar la tercera guerra mundial, pese a que varios países han incumplido su mandato.

El florecimiento del odio y la polarización de opiniones no han colaborado con la fracción 2 del artículo 2 que dice:

“Los Miembros de la Organización, a fin de asegurarse los derechos y beneficios inherentes a su condición de tales, cumplirán de buena fe las obligaciones contraídas por ellos de conformidad con esta Carta”.

“La buena fe” es también una condición fundamental en la diplomacia. La buena fe es necesaria para evitar conflictos que podrían salirse de control, y más en aquellos países que tienen el arma atómica, lo mismo Rusia como Estados Unidos, entre otros.

En el mismo artículo, pero fracción 4, la Carta indica:

“Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”.

Al incumplir con lo prometido a través de un tratado internacional, como lo es la Carta de las Naciones Unidas, se juega con fuego porque, se alienta a que más países incumplan sus respectivos compromisos y, el problema que antes era entre dos países, se pueda expandir de manera peligrosa a una docena de naciones.

Es el derecho internacional la frontera real entre la paz y la guerra. Es relativamente fácil cruzar la frontera hacia la guerra. Y en ocasiones es muy difícil retornar el estado de la paz.

Es claro que la caída de un dictador siempre será una buena noticia. Lo que siempre es recomendable es que su salida del poder siempre ocurra tras esfuerzos diplomáticos de las naciones.

La diplomacia no se articula ni se produce frente a la opinión pública. La diplomacia exitosa siempre se realiza sin reflectores, pero con intensos esfuerzos de profesionales en la materia.

Lo que vimos la madrugada del sábado 3 de enero, la caída de Nicolás Maduro, representa un fracaso de la diplomacia. Se dejaron acumular agravios en contra de los derechos humanos del pueblo venezolano. La comunidad latinoamericana tuvo que haber aplicado un plan diplomático para aliviar el conflicto interno.

Cortesía de El Economista



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