La Humillación de Marx

Por Horacio Rivera

Quiso echarle grilla a los grilleros y salió con la cola entre las patas. Y para que no quedara duda de la humillación, hasta mandaron a un policía para que echara de las oficinas de la SEP a Marx Arriaga, hoy ex director de de Materiales Educativos de esa secretaría. Comienzan a caer algunos personajes incómodos del morenismo. La presión de los gringos es intensa y el manotazo desde Palacio puede caer en cualquier instante

Se le ordenó que cambiara ciertos contenidos de los libros de texto gratuito y Marx, el paladín de la nueva Escuela Mexicana, se negó. ¡Cómo! Si esos libros son su más grande obra. En ellos está vertida toda la sabiduría comunista, esa sabiduría que tanto necesitan los niños mexicanos, revolucionarios y conscientes. Así que en vez de hacer lo que se le ordenaba desde la oficina del secretario de Educación Pública, Marx se dedico a echarle grilla, tanto al gobierno de Claudia Sheinbaum como a la SEP, en particular al propio secretario, Mario Delgado. Y ya entrado en gastos y, fiel a su formación contestataria, Marx tuvo la ocurrencia de proponer que se crearan comités de defensa, sí, de la Nueva Escuela Mexicana. La respuesta fue una patada en el trasero. 

Pero todas las grillas e intrigas de Marx pudieron haber sido pasadas por alto, tanto por la SEP como por la presidencia, con tal de no desatar un escándalo de confrontación, si no fuese por que a Marx se le vincula con un oscuro personaje que los gringos y, especialmente Donald Trump, aborrecen, el ex dictador Nicolás Maduro, hoy preso nada menos que en Nueva York. Se presume que Marx no sólo tenía tratos con Maduro, sino también con algunos de sus testaferros, como el empresario colombiano Alex Saab. Una auténtica joyita. Un tipo que lo mismo es señalado de participar en escándalos financieros de grandes ligas, como los Panama Papers y los Pandora Papers, que de convertirse en informante de la DEA acerca de los sobornos que él mismo le ofrecía a funcionarios venezolanos para que se mocharan con algún contrato del gobierno. 

Con una relación tan tensa entre mexicanos y gringos y, a punto de renegociarse un tratado de libre comercio entre ambos países, ¿quién en su sano juicio, incluida la presidenta Sheinbaum, querría que en este momento se le relacionara con alguien que tiene nexos tan comprometedores con el régimen venezolano? ¡Cómo! Si apenas la semana pasada los senadores, excepto Fernández Noroña por supuesto, aprobaron que México recibiera a un grupo de soldados de élite de la Marina de Estados Unidos. No, el horno no está para bollos ni para educadores subversivos. Los gringos ya están aquí con su temida “lista negra” de narcopolíticos mexicanos. Y no se van a regresar con las manos vacías.

Karma

A partir de ahora Sheinbaum y Mario Delgado tendrán que vérselas con el monstruo marxista que López Obrador les heredó. Por lo pronto, Marx ya amenazó con que él va a dar “la lucha”, sea dentro de la SEP o en las calles. Nunca imaginaron que el pato le iba a tirar a las escopetas. Cómo suponer que las mañas y tretas que la izquierda usó para golpear al oficialismo cuando era oposición, serían usadas por alguien del propio movimiento para revelarse contra ellos, ahora en el gobierno. La presidenta en su mañanera del pasado lunes dijo que ella no quiere líos, que todo se debe resolver por medio del diálogo. Y en efecto, Marx regresó a Ciudad Juárez, según él, para continuar su carrera como maestro. Eso es lo que el propio Marx ha dicho, pero no nos asombre si de pronto comienza a despepitar frente a la prensa acerca de la corrupción y los moches que se viven todos los días en la SEP. Previendo el vendaval y, con la intención de zanjar el asunto cuanto antes, el propio secretario de educación halló al remplazo de Marx en la persona de Nadia López García, a quien se le describe como “pedagoga y poeta indígena”. Sólo queda pedirle al destino que a Nadia no le salga el fervor revolucionario ni se asuma a sí misma como mártir incomprendido. 

El mensaje

Causa suspicacia la manera en la que Marx fue echado de su encargo. ¿Por qué hacer las cosas de esa manera? Con una humillación. Tal fácil que era entregarle su renuncia para que la firmara. Y ahí te ves. No, había que demostrar que hay músculo. Había que mancharse. Enviar el mensaje de que Marx y, toda esa izquierda radical de corte setentero, manejada por un puñado de viejos que toda su vida lucraron y vivieron del cuento comunista, a la que Marx pertenece, tiene que alinearse con lo que diga la presidenta. Les guste o no. Finalmente, el pasado martes llegó a las manos de Marx el documento oficial que decía que había sido cesado. Esto luego de varios días en los que Marx hizo la faramalla de que se encontraba atrincherado dentro de su oficina. Quizá esa no era la manera correcta de deshacerse de él. Pero por lo que se ve, tanto Mario Delgado como la presidenta ya estaban hartos de sus delirios de grandeza, además de que representaba una posible confrontación con los gringos. Hasta embajada le ofrecieron. Y no quiso. Bueno, al menos fue congruente con su discurso. Ya quisieran muchos morenistas mantener esa congruencia.

Los tragicomedia de Marx Arriaga lleva a recordar aquellos años en los que la educación era vista por el Estado mexicano como un medio de superación y no de adoctrinamiento. Con todos los defectos y la corrupción que había en aquellos tiempos del priismo de Echeverría y López Portillo, no se puede negar que al Estado le importaba la educación. También se daban becas para estudiar, pero a diferencia de hoy, el Estado pedía resultados. Dedicación y responsabilidad. Se premiaban el talento y la tenacidad. Se fomentaba la recompensa al esfuerzo. Era mucho más duro, pero se formaban estudiantes con carácter. Se educaba para la vida real y no para el mundo de las utopías.



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