
Venezuela es la zona cero de un cambio telúrico que no empezó ahí ni el 3 de enero. Para seguir con la analogía sísmica: tras la abducción de Nicolás Maduro cualquiera sabe que, hasta nuevo aviso, puede temblar igual en otro país; y México, está, para más INRI, justo en la falla tectónica con origen político en Estados Unidos.
Tras la caída de Nicolás el criminal y su cómplice esposa, en México no ha habido sino proclamas de uno y otro lado, en un ambiente donde privan por igual la apátrida esperanza de los que ansían que Trump les haga el milagrito, que el catastrofismo y la resignación de que será lo que el señor quiera; sin faltar las quinielas, unas más sofisticadas y otras puro “melatismo” sobre si las botas de los chicos de Donald Trump harán retemblar nuestra tierra. Y poco más.
Pero si algo ha quedado claro luego de estos diez días que han sacudido al mundo, es que los halcones de Washington prefieren que la banda criminal que provocó ocho millones de migrantes y mantiene a 800 presos políticos permanezca en el poder en Caracas, a hacerse cargo directamente de un país en ruinas.
Es decir, hay algo aún racional en las tarascadas injerencistas que Marco Rubio y Stephen Miller diseñan. Si esa estrategia de encargar la contención a los criminales maduristas no resulta, si incluso puede traer más migración o caos, y poco petróleo, ésa será otra cosa.
Por lo pronto, qué puede hacer México frente a las amenazas de trumpistas que dicen que solo la ley del más fuerte impera hoy. Y es que se va a necesitar mucho más que marchitas morenistas o la instrucción presidencial de que el canciller busque a Rubio.
Antes, la relación entre México y Washington implicaba presiones desde el Norte al vecino del Sur sin sobrepasarse con el gobierno azteca. Éste ofrecía garantizar estabilidad; a cambio requería margen de maniobra a fin de que el discurso patriótico fuera creíble en casa.
El primer año de Claudia Sheinbaum operó bajo el mismo paradigma. La Presidenta entregó presos, acotó a China, atacó al fentanilo y mejoró el muro fronterizo que opera desde AMLO con Trump I. El problema es que Trump II quiere más, y con más espectacularidad.
México tiene que trazar una ruta que por un lado salvaguarde la soberanía para ejercer su voz, tanto en alternativas a la visión de Trump, como en su inalienable derecho a tener relaciones y hacer negocios con quien quiera, e incluso a apoyar a países como Cuba.
Y, por otro lado, debe calcular los costos de atravesarse en los deseos de Washington, como con la cuestión cubana, isla con la que Trump ha ido subiendo el tono de las amenazas luego de que el presidente colombiano Gustavo Petro decidiera ir a someterse a la Casa Blanca.
La respuesta a la amenaza no se ve por ningún lado. Es cierto que día con día desde el 3 de enero la situación ha ido de sorpresa a sorpresa, pero frente a ello, ¿habrá cambios en la diplomacia mexicana? ¿En los cuadros y en las prioridades? ¿Se invertirá más en presencia y cabildeo en Estados Unidos, se pondrá a un embajador que no sea “el que ya estaba”? ¿Se trabajará a la prensa de ese país? ¿A la IP? ¿Revivirá el Congreso de la Unión para intentar interparlamentarias?
A Venezuela le reclaman daños a empresas e intereses de Estados Unidos. Qué tan blindadas jurídicamente hablando están decisiones como la expropiación de AMLO de Calica a la empresa Vulcan; cuán lejos se va a ir en las pesquisas de tráfico ilegal de energéticos provenientes del norte; y, desde luego, cuándo caen los políticos cómplices de los narcos a los que el Tío Sam acusa de envenenar a sus hijos.
Los resultados en seguridad alineados con Trump, la oferta para que la inversión de Estados Unidos venga, la apertura a renegociar el T-MEC incluso -y en sentido contrario, apechugar y no protestar demasiado por los abusos de ICE contra paisanos- no alcanzan hoy.
Este lunes, diez días después del golpe en Venezuela, no puede ser el inicio de una semana más ni en el gobierno, ni en la oposición o la sociedad civil. Porque de que desde la Casa Blanca o Mar-a-Lago van a seguir desatando tempestades y temblores, que ni qué.
Cortesía de El Informador
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