En pleno corazón de la ciudad de Gante, bajo calles donde hoy circulan bicicletas y turistas, se esconde un archivo biológico inesperado: los restos de antiguas letrinas y enterramientos. En ellos, los arqueólogos han encontrado algo más que estructuras. Han recuperado rastros microscópicos de la vida cotidiana medieval, concretamente, de sus enfermedades intestinales.
Un estudio arqueoparasitológico ha analizado los restos de excrementos conservados en letrinas y tumbas de entre los siglos XIII y XVIII, comparando muestras de la población general con otras procedentes del clero de la catedral de Sint-Baafs. El hallazgo es claro: los parásitos intestinales afectaban por igual a ambos grupos sociales, sin distinción jerárquica, religiosa ni económica. Ni la fe, ni la posición social, ni los muros de una catedral bastaban para proteger de la insalubridad cotidiana.
Parásitos en piedra y ladrillo
Las muestras analizadas provienen de tres contextos distintos: dos letrinas del barrio de Oude Schaapmarkt, utilizadas por ciudadanos comunes entre los siglos XIII y XVIII, y una letrina anexa a la sacristía de la catedral de Sint-Baafs, empleada por el clero entre los siglos XVI y XVII .
Todas las muestras revelaron la presencia de helmintos intestinales como el gusano látigo (Trichuris) y la lombriz intestinal (Ascaris), junto a protozoos causantes de diarreas severas como Giardia duodenalis y Entamoeba histolytica. Según los autores, estos parásitos se transmiten principalmente por la contaminación fecal de agua y alimentos, lo que indica unas condiciones sanitarias deficientes que afectaban a toda la ciudad .
“No se encontraron diferencias notables en las especies de parásitos hallados entre el clero y la población general”, concluye el estudio. Esta frase resume uno de los hallazgos más significativos del trabajo: la desigualdad social no se reflejaba en la salud intestinal.
Entre letrinas y enterramientos
Además de los residuos conservados en pozos negros, los investigadores analizaron sedimentos pélvicos de seis enterramientos humanos hallados en el entorno de la catedral. Dos de ellos también mostraron huevos de Trichuris, reforzando la conclusión de que la infección fue real en vida, y no resultado de una contaminación del terreno.
Los restos más antiguos analizados se remontan al siglo XIII, y los más recientes al siglo XVIII. Esta amplitud temporal permitió observar una sorprendente continuidad en los tipos de parásitos, sin grandes cambios en las especies dominantes a lo largo de más de 500 años .
Los investigadores también tuvieron en cuenta la posibilidad de diferencias en la conservación de los restos. Las letrinas de Oude Schaapmarkt estaban situadas en zonas más bajas y húmedas, lo que favorece la preservación de los huevos de parásitos, mientras que la sacristía de la catedral se encontraba en una elevación más seca. Aun así, la coincidencia en las especies encontradas es contundente.

¿Qué nos dicen los excrementos medievales?
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es la clara prevalencia de parásitos transmitidos por vía fecal-oralfrente a los parásitos alimentarios, como los que se adquieren al comer pescado o carne mal cocida. Esto llama la atención especialmente en el caso del clero, que seguía normas alimentarias estrictas y consumía pescado con frecuencia.
A pesar de ello, no se hallaron parásitos asociados al consumo de pescado crudo o poco cocinado, como la tenia del pescado o la duela intestinal. Una posible explicación es que en Gante, tanto el clero como el resto de la población, cocinaban el pescado de forma que destruía estos parásitos, algo que se refleja en los recetarios medievales de la región, donde no hay referencias a pescado crudo .
Por el contrario, sí se identificaron repetidamente los protozoos Giardia y Entamoeba, ambos responsables de diarrea y disentería, enfermedades que en su momento podían ser potencialmente mortales, especialmente en niños y personas desnutridas.

La higiene medieval, entre el esfuerzo y la insuficiencia
La ciudad de Gante no era ajena a las preocupaciones por la higiene. A partir del siglo XIV, existían regulaciones municipales sobre la limpieza de calles, la venta de alimentos y la gestión de residuos. Se crearon equipos de mantenimiento urbano y se construyeron pozos públicos para el acceso al agua potable.
A pesar de estos esfuerzos, el estudio muestra que las medidas sanitarias no fueron suficientes para romper el ciclo de reinfección parasitaria. Es probable que una de las causas principales fuera el uso de excrementos como fertilizante en los cultivos, una práctica habitual que facilitaba la transmisión de parásitos a través de frutas y verduras contaminadas .
La conclusión es clara: los avances urbanos no alcanzaban para garantizar una higiene efectiva, ni siquiera dentro de las instituciones religiosas más influyentes.
Una ventana microscópica a la historia social
Los resultados de este trabajo tienen un valor que va más allá de la parasitología. En palabras del equipo investigador, estos análisis permiten “comparar la salud intestinal de grupos sociales distintos en una misma ciudad medieval”, lo que convierte las letrinas en una herramienta arqueológica para entender las condiciones de vida, las desigualdades y los fracasos de la higiene pública en el pasado.
Lejos de ser una curiosidad menor, los restos conservados en antiguas letrinas nos hablan de mortalidad infantil, malnutrición crónica y sufrimiento cotidiano. También nos recuerdan que la biología no reconoce clases sociales, y que la verdadera desigualdad en la salud solo puede cambiar cuando las condiciones materiales lo permiten.
Referencias
- Tianyi Wang, Koen Deforce, Janiek De Gryse, Shari Eggermont, Robrecht Vanoverbeke, Piers D. Mitchell. Evidence for parasites in burials and cesspits used by the clergy and general population of 13th–18th century Ghent, Belgium. Journal of Archaeological Science: Reports, Volume 53, 2024, 104394. https://doi.org/10.1016/j.jasrep.2024.104394.
Cortesía de Muy Interesante
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