Los Amigos Desconfiados

Por Horacio Rivera

Agencias como la CIA y la DEA tienen toda la vida trabajando en México. A lo largo de los años, eso de la “cooperación sin subordinación” es algo que se ha dado de muy distintas maneras entre mexicanos y gringos, con variados personajes y situaciones. Pero, ¿cómo se crean las relaciones entre un policía gringo y un policía mexicano? ¿Se podría decir siquiera que uno confía en el otro?

Conocí a Richard Bosques en el FLETC (Federal Law Enforcement Training Centers) en Glynco, Georgia. Yo había sido enviado, junto con otros cinco agentes aduanales, a tomar un curso para convertirnos en “agentes especiales de aduanas”. En tanto Richard estaba tomando un curso para certificarse como agente de la Border Patrol. Tremenda chinga eso de andar de policía aduanal. Lo mismo te mandaban a que te congelaras de madrugada en un retén de mala muerte, en el tramo que va de Matehuala a Ciudad Victoria, que te comisionaban en Ciudad Hidalgo, en la aduana del río Suchiate. Sin otra cosa mejor que hacer, que contemplar las balsas repletas de “pollos” y fayuca china, yendo y viniendo debajo del feroz sol.

Una mañana, en un desayuno ofrecido a los recién llegados a Glynco, Richard y yo comenzamos a hablar. Me cayó bien el bato, me pareció amable. Era gringo pero tenía pinta de paisano. Y su español era impecable. No sólo no tenía ese acento champurrado que tienen los gabachos al hablar español, sino que además echaba maldiciones y mentadas de madre con la misma enjundia que un mexicano. Eso me parecía raro; tampoco me cuadraba el hecho de que Richard era demasiado viejo como para estar tomando un curso de agente de la Border Patrol. El bato tendría sus cuarenta años, mientras que todos los demás éramos unos mocosos de menos de veinticinco. Luego de que me gradué del curso no supe más de Richard. Hasta que a la vuelta de unos meses me llamó. Andaba jalando como agente de la Border en el duty station de Laredo, Texas. En un viaje que hice a Laredo fui a verlo. Me trató de lujo, hasta me prestó su troca para que me fuera de shopping. Luego, en otra ocasión me ayudó a sacar la visa gringa sin tener que hacer cita como cualquier hijo de vecino. Era curado ese Richard.

Eso sí, cada vez que nos veíamos me preguntaba cosas. Cosas delicadas. Me preguntaba de la gente de la aduana, de los mañosos, nombres, fechas, lugares. Tenía mucho cuidado de no demostrar demasiado interés en el tema, pero a veces se le veían las costuras, por decirlo de alguna manera. Era como si cada favor, cada muestra de amabilidad de su parte, tuviera un precio que yo debía pagar proporcionándole información. Richard no lo decía abiertamente, pero lo que él y la CIA estaban buscando era que yo me convirtiera en uno de sus informantes en México. Así es como la CIA y la DEA reclutan a sus informantes. Te endulzan el oído, son atentos, generosos. Pero todo es un espejismo, un montaje. Son especialistas en armar montajes. Son pacientes en el proceso. Pueden tardar años y pueden invertir mucho dinero en cultivar un contacto, si piensan que tarde o temprano ese contacto les puede soltar información de calidad. Saben de sobra que para que les sueltes la sopa, primero tienes que confiar en ellos. Y entonces se convierten en tus amigos. Te seducen con regalos. A veces es dinero, a veces son sólo favores, paros; dependiendo del sapo es la pedrada. El colmo fue cuando, frente a mis ojos, a Richard se la cayó de la bolsa de la camisa una tarjeta de presentación con el logotipo de la CIA. Estoy seguro de que el muy mañoso dejó caer la tarjeta a propósito para que yo la viera. Como preguntándome: ¿te gustaría jugar en las grandes ligas, mi niño? Sólo dilo. Pero no. Nunca me pareció derecho andar de chivato, balconeándole nuestros pecados y miserias a los gringos. Yo nací y vivo en México. Y nunca he mordido la mano que me da de comer. No culpo a Richard, él sólo hacía su chamba. ¿Pero por qué de todos los agentes que fuimos a Glynco a recibir el curso, los gringos me escogieron precisamente a mí? Esa es una pregunta que me he hecho siempre. Supongo que me investigaron y descubrieron que no andaba de culero con mi placa de la Policía Fiscal, extorsionando a los “pollos” que entraban por el río Suchiate. Y eso para los gringos cuenta mucho. Los gringos siempre han desconfiado de los policías mexicanos. Y cuando se topan con uno que no anda de mañoso, les da cierta tranquilidad.

A pesar de la desconfianza, mexicanos y gringos pueden trabajar juntos y llevar la fiesta en paz. Los gringos aportan la información y los recursos, desde el papel para las copias, hasta el hospedaje y las comidas de los policías mexicanos, pasando por los cartuchos, los radios y el software para intervenir llamadas, y los mexicanos salen a atorar a los malandros. Vaya cuento eso de que México acepta la cooperación de los gringos sin ceder su soberanía. Nunca ha sido así. ¿No es ceder la soberanía permitir que agentes de un país extranjero espíen a ciudadanos mexicanos que poseen información privilegiada, como podrían ser los políticos o los empresarios? ¿No es ceder soberanía permitir que los malandros que están en las cárceles mexicanas, sean sacados y echados de México a Estados Unidos para ser juzgados allá? ¿No es ceder soberanía permitir que un gobierno extranjero establezca, por sus pistolas, cuáles son las prioridades en la estrategia de seguridad que debe atender el gobierno mexicano? Está de pensarse. Por años no supe de Richard. Y un buen día apareció. Para ese entonces yo ya era piloto de intercepción de la PGR. Me dio un abrazo y se quedó pensativo. Luego se me acercó y bajando la voz me susurró al oído: “Fíjate que la DEA anda reclutando pilotos. ¿Conoces a algún pinche loco que le quiera entrar al jale?”



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