Marilyn cantando, Dalí protestando y un estanque al lado de la mesa: The Four Seasons, el añorado restaurante que hoy sería imposible

Igual que por mucho que se pueda visitar Alejandría ya nadie volverá a ver la legendaria ciudad de los Ptolomeos, para cenar en el edificio Seagrams de Nueva York basta con reservar una mesa, pero su mítico restaurante hace ya casi una década que existe solo en el pasado. Cerró en 2016 y, aunque una parte permanece en el establecimiento que lo sustituyó después (ahí sigue su famoso estanque de mármol), ni siquiera el más minucioso trabajo de arqueología podría devolverlo. Aquel mismo año, una subasta dispersó la preciosa vajilla y los muebles. También la antigua clientela que por tanto tiempo los utilizó ha ido desapareciendo. Esta es la historia de un restaurante que ya no existe.

1959: cuatro árboles bajo un techo

Antes de partir a sus vacaciones de verano en Europa y los Hamptons, los neoyorquinos más distinguidos se citan en restaurantes para despedir la temporada. En todos se sirve cocina francesa. En el Upper East Side, por ejemplo, hace años que Le Veau d’Or es el preferido de estrellas de cine como Grace Kelly, y no lejos de allí, en La Côte Basque, Truman Capote escucha los secretos de las amigas a las que traicionará con su Plegarias atendidas. Pero para la rentrée de septiembre todo será distinto. El hostelero Joe Baum ha visionado un nuevo tipo de restaurante y lleva meses maquinando lo que en Manhattan se llamará la new American cuisine, un innovador concepto de lo que es salir a comer en Estados Unidos que ya no necesitará de pronombres en francés para ser tomado en serio. Por eso, y porque usará ingredientes locales y de temporada en lugar de conservas como hacen los chefs de esos bistrós, llama al restaurante The Four Seasons (no tiene relación con la célebre cadena hotelera).

Su ubicación tampoco puede ser más apropiada. Terminado de construir solo un año antes, el edificio Seagrams se alza en el nº 375 de Park Avenue como el más bello y definitivo ejemplo de la arquitectura de Mies van der Rohe, uno de los padres del movimiento moderno. Uno de los colaboradores de este maestro, Philip Johnson, es el encargado de trasladar la tersa elegancia de esta torre de vidrio, cobre y acero al interior del restaurante.

Situado en su primera planta, The Four Seasons se extiende en dos espacios diferentes. Por un lado, está The Grill, una sala forrada con paneles de nogal de seis metros de altura, y, al otro extremo del corredor revestido de travertino que los comunica, The Pool, llamada así por el estanque de mármol blanco de Carrara que rodean cuatro árboles (para marcar el paso de esas cuatro estaciones) en el centro. Por sugerencia de Johnson, la cristalería y la cubertería de plata las ha creado el matrimonio formado por el diseñador industrial Garth Huxtable y la crítica de arquitectura Ada Louise Huxtable. Las luces pidió que se le confiaran a Richard Kelly, pionero de la iluminación arquitectónica, y la diseñadora textil Marie Nichols es quien dio con las cortinas de cadenas de aluminio que cuelgan de los ventanales.

Mies van der Rohe no quiso diseñar el espacio, pero firma algunas de las sillas. Las del tocador son las Tulip de Eero Saarinen. Hasta la carta del menú es un elemento importante en esta obra total del diseño: la ha creado Emil Antonucci y está impresa en un precioso papel de arroz importado de Japón.

En Nueva York las expectativas son altas, pero hasta que el 20 de julio The Four Seasons no abrió sus puertas no se sabía si este restaurante que no se parecía a ningún otro iba a gustar o no. Baum lanzó una moneda al aire, una de de más 4 millones de dólares: jamás nadie antes en la ciudad había invertido tanto en un restaurante.

1962: cumpleaños feliz

La tarta es tan grande que se necesitan dos camareros y una mesilla con ruedas para llevarla. Pero ahí marcha el postre del menú de cumpleaños que le han preparado en el The Four Seasons a John F. Kennedy: cangrejo al horno, consomé de pollo y trigo tierno, medallones de ternera al vino de Madeira, y la tarta. Mientras, en el Madison Garden, Marilyn Monroe prepara su actuación sorpresa para el presidente. La sensual versión del Cumpleaños feliz que le va a cantar esa noche pasará a la historia, y de refilón pondrá a The Four Seasons el sello de lacre que terminará de certificarlo como el lugar del momento. Solo unas semanas después, es allí donde se celebra el homenaje a Sofia Loren por el Oscar a la mejor actriz que acaba de ganar por Dos mujeres. Bajo la dirección del nuevo manager (Stuart Levin), The Four Seasons también acoge la cena de despedida de la princesa Margarita en el marco de su gira de 1965, y cuatro años después, Capote lo elige para una de sus famosas fiestas. Para Jackie Kennedy siempre será como estar en casa. Es ella quien un día lo describe como “La Catedral”.

1975: ¿Quién puede comer sin angelotes?

“Pintaré algo que le quite el apetito a todo hijo de puta que coma en este sitio”, se juró Rothko en una visita a The Four Seasons tras aceptar el encargo de unos murales para el restaurante. Pero luego acabó echándose atrás (detestaba la idea de ver reducido su arte a un entremés para los poderosos) y un año antes de matarse decidió donárselos a la Tate de Londres. Así que al final Philip Johnson tiene que ceder sus pinturas de Ronnie Landfield para que algo cuelgue de las paredes de The Pool hasta que James Rosenquist termine el mural que le han encargado en sustitución de los Rothkos. No es que el arquitecto no pueda disfrutar de sus cuadros. Johnson tiene asignada a perpetuidad la mesa nº 32 y allí se le puede ver día tras día, durante años, en compañía de colegas como Frank Gehry, Zaha Hadid o Robert A. M. Stern.

“Siempre intentaba que pidiera postre para poder probarlo él también”, recordó Stern muchos años después. Por el restaurante pasan también Oscar Tusquets y Dalí, a quien el sitio le gustó bastante menos que a su joven amigo. “No entiendo cómo puedes comer bien sin angelotes pintados en el techo”, le soltó Dalí a Tusquets. Pero al pintor debió de traerle recuerdos ver el colosal telón que Picasso creó para un ballet del París de primeros de siglo y que Phyllis Lambert, hija del dueño del Seagram y una de las responsables de que el proyecto del edificio recayera en Mies y Johnson, compró para que colgara en el pasillo de travertino que comunica The Pool y The Grill. Pese a los escrúpulos de Rothko, no es mal sitio para el arte. Roy Lichtenstein y Henry Moore son otros de los artistas que expusieron obras en The Four Seasons.

1996: hay un mapache muerto en mi mesa

Hay un mapache muerto sobre la mesa de Anna Wintour. Y no es que a la entonces directora de Vogue le haya dado por la gastronomía extrema. Se lo ha arrojado una activista por la carta de la directora del número de septiembre en la que la periodista reconocía vestirse con pieles. El incidente se publica en los periódicos y, por si a estas alturas hay alguien que no lo sepa, constata que para conseguir una cita informal con la élite de los medios solo hay que acudir a The Four Seasons a eso de las 12:30. Power lunch es como llaman desde hace muchos años revistas como la de Wintour a esas comidas del poder en The Four Seasons. Tom Margittai y Paul Kovi, dueños del restaurante desde 1973, tuvieron la idea de convertir The Grill en el lugar preferido para salir a comer de los equipos de Vogue, Life o Esquire y desde entonces todo aquel que quiere pertenecer al cogollo del mundillo editorial o la moda trata de conseguir una mesa.

Bajo su dirección, la decoración apenas ha variado pero el ego de la clientela ha ido adquiriendo unas dimensiones cada vez más difíciles de encajar en el libro de reservas de esa sala en particular. Que a uno le den una mesa en The Pool en vez de en The Grill es como si lo desterraran a Siberia, dijo en una ocasión el entonces director de Vanity Fair, Graydon Carter, y en esa segunda sala la adjudicación de las mejores mesas a los distintos personajes del poderío neoyorquino se seguirá cada día como los movimientos de una partida de ajedrez.

2016: De repente, el último verano

Se descalza, se recoge el bajo del pantalón, y se quita los calcetines: el crítico Jason Farango llevaba años esperando una excusa como esta para darse un baño en el estanque de The Pool. El restaurante cerrará en solo unos días y tanto el mobiliario, la vajilla, la bodega como los ceniceros están a punto de ser vendidos en una subasta que batirá todas las previsiones: en julio, logran un total de 4.105.623 dólares, más de cuatro veces la estimación inicial de la casa Wright (solo por el letrero de bronce de la entrada se pagan 120.000).

Según explica a propósito de la subasta el crítico de arquitectura Paul Goldberger, la retirada del telón de Pablo Picasso dos años antes por decisión del propietario del Seagram desencadenó una serie de desencuentros que llevó a que la dirección de The Four Seasons acabara decidiendo abandonar el edificio y trasladar el restaurante unas calles más abajo. Protegido como monumento histórico de Nueva York, el interior del restaurante no corre peligro y sobrevive a la apertura de los dos nuevos negocios que heredan las dos salas que han quedado vacantes. Se llaman, claro, The Grill y The Pool, pero sin el resto de las piezas el diseño total de Johnson lleva casi 10 años incompleto.

Cortesía de El País



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