Nuevas pruebas revelan que niños de 2 años participaron en el arte rupestre hace 14.000 años: eran considerados seres liminales entre este mundo y el más allá

Durante mucho tiempo, la figura del niño en la Prehistoria ha sido retratada desde una óptica limitada: como aprendiz, acompañante o simple espectador del mundo adulto. Sin embargo, una nueva lectura arqueológica de las huellas dejadas en las entrañas de las cuevas del Paleolítico reescribe esa historia. No solo participaron activamente en los rituales más profundos y sagrados de sus comunidades, sino que es posible que jugaran un papel central como intermediarios entre los vivos y los mundos invisibles.

Este cambio de mirada ha sido propuesto por un grupo de investigadores de la Universidad de Tel Aviv. Sus conclusiones, basadas en datos arqueológicos y análisis antropológicos, apuntan a que los niños de entre 2 y 12 años no fueron meros testigos de los rituales rupestres, sino agentes activos en una cosmovisión donde las cuevas representaban portales hacia lo sobrenatural.

Rutas hacia lo invisible: niños en el corazón de la oscuridad

Las pruebas no son escasas. Existen huellas, pisadas diminutas, manos pintadas y trazos en paredes de cuevas tan profundas que incluso hoy, con tecnología moderna, acceder a ellas requiere esfuerzo. En cuevas como Rouffignac, Gargas o Pech Merle, en Francia, o Basura en Italia, se han hallado impresiones que solo podrían haber sido realizadas por niños muy pequeños, algunos de apenas dos años. En algunos casos, sus manos fueron colocadas con ayuda de adultos a alturas imposibles de alcanzar por sí solos, lo que sugiere una participación intencionada y colaborativa en los rituales.

Pero lo más revelador no es tanto la presencia física de estos pequeños, sino la interpretación simbólica de su rol. En lugar de verlos simplemente como aprendices en formación, los investigadores consideran que su presencia respondía a una lógica espiritual: los niños eran considerados seres liminales, es decir, ocupaban un espacio intermedio entre el mundo material y lo sobrenatural.

Trazos realizados con los dedos por niños en la cueva de Rouffignac, datados entre hace 14.000 y 20.000 años
Trazos realizados con los dedos por niños en la cueva de Rouffignac, datados entre hace 14.000 y 20.000 años. Fuente: Dr. Van Gelder.

La infancia como vínculo con el más allá

La hipótesis es tan sugerente como radical. Se basa en estudios comparativos con comunidades indígenas contemporáneas, donde los niños son frecuentemente considerados como recién llegados del “otro mundo”, aún no del todo anclados en la realidad terrenal. En muchas culturas tradicionales, esta visión les atribuye una sensibilidad especial para interactuar con espíritus, fuerzas de la naturaleza o ancestros.

Este razonamiento se aplica aquí para explicar por qué se expuso a menores a viajes tan complejos y peligrosos: rampas, túneles, pozos, pasadizos oscuros y húmedos, en los que no era raro sufrir caídas, desorientación o hipoxia. Lejos de ser un acto imprudente, estas travesías formarían parte de un ritual cuidadosamente orquestado, en el que la voz o la mano del niño tenía un poder especial para “hablar” con lo invisible.

Uno de los aspectos más intrigantes del estudio reside en las condiciones físicas de estas cuevas. En muchas de ellas, como Rouffignac o Fontanet, los niveles de oxígeno en las cámaras más profundas podrían descender peligrosamente tras varios minutos de exposición al fuego de antorchas. Esta falta de oxígeno, sumada a la oscuridad absoluta y al eco sordo de los pasadizos, favorecía estados alterados de conciencia.

Este detalle no es menor. Se ha documentado en neurociencia que entornos sensorialmente privados, especialmente aquellos con hipoxia moderada, inducen visiones, distorsiones perceptivas y estados de trance. En ese contexto, los trazos infantiles en paredes de arcilla o piedra no serían simples juegos o garabatos, sino actos significativos realizados durante experiencias místicas compartidas.

Pinturas realizadas con los dedos por niños en la cueva de Rouffignac, entre hace 14.000 y 20.000 años
Pinturas realizadas con los dedos por niños en la cueva de Rouffignac, entre hace 14.000 y 20.000 años. Fuente: Dr. Van Gelder

Una iconografía más compleja de lo que pensábamos

Las cuevas del Paleolítico superior, decoradas entre hace 40.000 y 14.000 años, muestran sobre todo figuras animales —bisontes, caballos, ciervos— y signos geométricos abstractos. Son escasas las representaciones humanas. Sin embargo, las manos infantiles, los flujos de dedos (flutings) y las pisadas revelan otra dimensión del ritual: la corporalidad del niño se inscribía como mensaje. A veces en lo alto de un techo, a veces en las grietas más profundas, los niños “dibujaban” con sus dedos en sincronía con adultos, como lo sugieren paneles de Rouffignac o Las Chimeneas, donde varias generaciones dejaron marcas superpuestas.

Esta interacción intergeneracional implica un conocimiento compartido del espacio sagrado, donde el gesto del niño era tan válido como el del adulto. En algunos casos, se han identificado escenas que podrían haber sido realizadas por grupos coreografiados, incluyendo a menores que fueron guiados —o incluso cargados— para participar activamente en la creación simbólica del entorno.

Una interpretación alternativa —no incompatible con la espiritual— es la idea de que estas prácticas buscaban también integrar a los niños en el tejido social de sus comunidades. En sociedades cazadoras-recolectoras, la pertenencia se construía desde la infancia mediante la participación activa en rituales, caza, recolección y narrativas colectivas.

Pero lo que diferencia a esta propuesta es que no se trata solo de “incluir” a los niños, sino de reconocerles un estatus especial. La arqueología de la infancia ha comenzado a reivindicar el papel activo de los más pequeños en la construcción de identidad, memoria y cosmología en el pasado. Y en este caso, su inclusión en ceremonias de conexión con el mundo invisible les confería no solo un rol funcional, sino espiritual.

Huellas infantiles de hace 14.000 años encontradas en la cueva de Basura
Huellas infantiles de hace 14.000 años encontradas en la cueva de Basura. Fuente: Prof. Marco Romano; Romano et al., 2019.

Lo que nos enseñan las marcas más pequeñas

Más allá de lo puramente arqueológico, este enfoque nos obliga a reconsiderar qué entendemos por infancia en las sociedades prehistóricas. Mientras en las culturas modernas tendemos a ver la niñez como una etapa de dependencia y formación, en estas comunidades paleolíticas los niños podían ser portadores de capacidades únicas, no por lo que serían en el futuro, sino por lo que eran en ese momento: seres con una sensibilidad distinta, portadores de misterio.

Es tentador pensar en las huellas de un niño de tres años, grabadas hace más de 14.000 años en la arcilla húmeda de una cueva del sur de Francia, no como un juego o un accidente, sino como un acto cargado de sentido. Tal vez fue un saludo a los espíritus. Tal vez un mensaje dirigido a los ancestros. O tal vez, simplemente, la afirmación de que los más pequeños también podían dejar huella en los rituales que dieron forma al alma humana.

Referencias

  • Ella Assaf et al, Child in Time: Children as Liminal Agents in Upper Paleolithic Decorated Caves, Arts (2025). DOI: 10.3390/arts14020027

Cortesía de Muy Interesante



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