Los osos polares del sureste de Groenlandia viven en un entorno muy distinto al que solemos asociar con el Ártico, con montañas, fiordos profundos y un clima más variable. Este rincón del planeta funciona como una ventana al futuro del oso polar. Mientras el noreste permanece más frío y estable, el sureste ya experimenta temperaturas que podrían generalizarse en las próximas décadas.
Los científicos compararon estas dos poblaciones porque el contraste es claro y natural. No se trata de un experimento artificial, sino de observar qué ocurre cuando el clima cambia de verdad. En el sureste, el hielo marino aparece y desaparece de forma impredecible, lo que complica la caza y la supervivencia diaria.
Además, los osos del sureste llevan siglos relativamente aislados del resto de Groenlandia por las corrientes oceánicas. Ese aislamiento convierte a la población en un caso especialmente interesante para estudiar cambios genéticos. No son osos “nuevos”, sino animales que han tenido que arreglárselas durante generaciones en condiciones más duras.
Para entender el contexto climático, el equipo utilizó datos históricos de temperatura recopilados por el Danish Meteorological Institute. Los registros confirman que el sureste es más cálido y mucho más variable que el noreste. No es una impresión: los números lo respaldan. Ese entorno más inestable es clave para interpretar los resultados. El clima no es un detalle secundario, es el escenario central de esta historia. Y en ese escenario, los osos del sureste parecen estar dando señales biológicas distintas.

Qué miraron los científicos y por qué importa
El estudio no analizó el ADN “fijo” heredado de padres a hijos, sino la actividad genética en sangre. Se fijaron en qué genes están encendidos o apagados en cada oso. Esa actividad muestra cómo el cuerpo responde al entorno aquí y ahora.
Dentro de ese análisis, los investigadores pusieron especial atención en los llamados elementos transponibles. Son fragmentos de ADN capaces de activarse y afectar a otros genes. A veces se les conoce como “genes saltarines”, porque pueden influir en distintas partes del genoma.
Estos elementos no son raros ni marginales. En los osos polares, ocupan más de un tercio del genoma. Normalmente están muy controlados por la célula, pero el estrés ambiental puede alterar ese equilibrio. Los científicos analizaron muestras de sangre de 17 osos adultos de ambas regiones. Es un número pequeño, pero suficiente para detectar patrones claros. La comparación permitió ver diferencias consistentes entre poblaciones frías y más cálidas.
El enfoque es importante porque ofrece una fotografía del presente. No dice cómo serán los osos dentro de cien años, pero sí cómo están reaccionando hoy. Esa diferencia es clave para no sobredimensionar las conclusiones.
Más actividad genética en los osos del sur
Cuando incorporaron la temperatura al análisis, los resultados fueron llamativos. Los osos del sureste mostraron una mayor actividad de elementos transponibles. En total, alrededor de 1.500 de estos fragmentos se comportaban de forma distinta respecto a los osos del noreste.
La mayoría pertenecían a una familia llamada LINE, muy común en mamíferos. Estos elementos fueron los más activos y abundantes en los osos del clima más cálido. No es un detalle técnico: indica una respuesta amplia del genoma. Además, el patrón sugiere que muchos de estos elementos son relativamente “jóvenes”. Eso apunta a una actividad más reciente, no a restos genéticos antiguos sin función. Es una señal de movimiento en el genoma.
Los investigadores también observaron zonas concretas del genoma donde esta actividad se concentraba. No parece un fenómeno al azar, sino organizado en regiones específicas. Eso refuerza la idea de una respuesta estructurada al entorno.
Todo esto aparece con más claridad cuando la temperatura entra en la ecuación. El calor no es un simple telón de fondo, sino un factor que acompaña estos cambios. La genética parece estar escuchando al clima.

Los cambios no se limitaron a los elementos transponibles. También se detectaron variaciones en genes relacionados con el estrés celular. Entre ellos, destacan los llamados genes de choque térmico, que ayudan a las células a funcionar bajo presión.
Otros genes vinculados al metabolismo y al envejecimiento mostraron niveles distintos de actividad. Esto encaja con la idea de cuerpos sometidos a un entorno más exigente. No implica mejora, sino adaptación fisiológica al momento.
Algunos genes relacionados con la respuesta inmunitaria también cambiaron. Esto sugiere que el estrés ambiental puede influir en cómo el organismo se defiende. Es una pista relevante, aunque todavía incompleta.
En ciertos casos, los genes que cambiaban coincidían físicamente con zonas donde los elementos transponibles estaban activos. Esa superposición apunta a posibles efectos reguladores. Es decir, unos podrían estar influyendo en los otros. Los autores son cautos con estas conexiones. Hablan de asociaciones, no de causas demostradas. Aun así, el patrón general es coherente: más calor, más estrés biológico detectable.

Lo que este estudio no dice, y por qué importa igual
Este trabajo no demuestra que los osos polares estén evolucionando para sobrevivir al calentamiento global. Mide respuestas actuales del cuerpo, no cambios heredables. Es una diferencia fundamental.
Las muestras proceden de sangre, un tejido somático. Para hablar de adaptación evolutiva harían falta datos del ADN germinal. Los propios autores lo dejan claro. El tamaño de la muestra también limita las conclusiones. Diecisiete osos no representan a toda la especie. Sin embargo, los patrones observados son consistentes y difíciles de ignorar.
Aun con esas limitaciones, el estudio aporta algo valioso. Ofrece posibles marcadores biológicos de estrés climático. Eso podría ayudar a vigilar la salud de poblaciones de osos en un Ártico cada vez más cálido. La genética muestra señales de alerta, pero el hielo sigue siendo insustituible. Sin plataformas para cazar, ningún ajuste biológico será suficiente.
Referencias
- Godden, A.M., Rix, B.T. & Immler, S. Diverging transposon activity among polar bear sub-populations inhabiting different climate zones. Mobile DNA 16, 47 (2025). doi: 10.1186/s13100-025-00387-4
Cortesía de Muy Interesante
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