Por Horacio Rivera
Ahí estaban todos, incluido Andy, quien cuando la presentadora dijo su nombre se levantó de su silla para saludar a la perrada con arrogante sonrisa. Era el VII Consejo Nacional de Morena. Las reglas internas del partido fueron fijadas para la elección del 2027. Se acabó el nepotismo, se acabaron las maromas, se acabó la corrupción. Y mientras el morenato se daba baños de pureza y prometía lo que nunca será, el diputado morenista, Sergio Mayer, fue echado de la Casa de los Famosos
“Hay suplentes, ¿no?”, respondió la presidenta Sheinbaum aquella vez que una reportera le recordó que Mayer estaba a punto de entrar a ese templo de la frivolidad y la estulticia, mejor conocido como la Casa de los Famosos. Luego Sheinbaum se encogió de hombros y se sacudió el golpe diciendo: “Pues es un asunto de Morena, en todo caso”. La razón le asiste a la presidenta. Ella no debe ser la niñera de su partido. Esa no es su chamba. Le corresponde a Luisa María Alcalde, la presidenta Nacional, imponer disciplina entre la tropa. Pero no vemos claro. Alcalde lleva lo que va del sexenio solapando los escándalos y los excesos de sus compañeros de partido. Ha sido tan dura la crítica hacia ella por no fijar una postura frente a las ocurrencias de Mayer, que para taparle el ojo al macho, la comisión de Honestidad y Justicia de Morena suspendió los derechos partidistas del diputado. Sí. Sólo que la suspensión no fue definitiva sino solamente temporal. ¿Otra tomada de pelo?
Alcalde me recuerda tanto a la tía Chelo, quien siempre que las lacras de mis primos hacían alguna maldad, como chocar el coche de la tía, se les quedaba mirando, según ella muy seria, y les decía con tono chiqueado: “Ya pórtense bien, nenos. Si se siguen portando feo, les voy a dar una pupa (nalgada) en la pompa”. Como cabría esperar, ante esos regaños mis primos jamás enmendaron el camino. En su caso, Alcalde vive en una especie de realidad paralela, en la que todo es maravilloso, una especie de mundo Barbie, pero de izquierda. Un mundo en el que la corrupción es cosa del pasado, un vago recuerdo de los oscuros tiempos del neoliberalismo. Un mundo Barbie donde el nepotismo no existe, aunque ella y algunos de sus familiares ocupen puestos de relevancia dentro de la estructura de la 4T. Un mundo donde no se condena a la clase política por darse la gran vida en Europa o Japón, sino por su falta de discreción; por no cuidar las formas y permitir que el pueblo se entere de sus excesos. En ese mundo de la solidaridad y la camaradería partidista nadie sale regañado, mucho menos en público. Nada hay de malo en mentir, traicionar y robar. Lo que es un crimen es que te agarren en la maroma.
Regreso triunfal
La presidenta de Morena, en nombre de su partido, pudo usar su peso e influencia para que se le negara a Mayer la licencia para ausentarse de su cargo. Pero no lo hizo. Si Mayer hubiese ido a recibir un curso para perfeccionar sus funciones como servidor público, o hubiese sido invitado a dar una conferencia en algún foro internacional, nadie debería oponerse. Pero tratándose de un show de televisión basura en el que se fomenta la haraganería y se gana el rating mostrando las miserias morales de los participantes, la presencia de Mayer fue políticamente inapropiada e innecesaria; cualquiera diría que fue una provocación. Y no sólo para sus adversarios, sino para los propios morenistas. Sobre todo para los más rancios. Con sus desplantes y caprichos pareciera que nadie le ha explicado a Mayer el compromiso y la enorme responsabilidad que tiene como legislador. Y al final de poco le valió haber dejado botada la chamba, pues su aventura televisiva duró poco. En efecto, tras un desfile de intrigas, traiciones y desencuentros con los miembros de la “casa”, Mayer fue echado de la misma el pasado 9 de marzo. Ni ahí lo soportaron. Si la idea de dejar botada la chamba es en sí misma lamentable, todavía es más lamentable y costoso que Mayer hiciera su triunfal regreso al mundo de la farándula, precisamente cuando la presidenta ha propuesto una reforma electoral, que busca darle un giro a la manera, poco transparente, en la que los diputados y senadores plurinominales son elegidos por sus respectivos partidos. Precisamente, Mayer llegó al poder por la vía plurinominal. Y ahora amenaza con regresar al cargo político que ninguneó. ¿Se lo permitirán?
Filtros
Antes de emboletarse en su nuevo show, Mayer subió a las redes un video testimonial en el que nos aclara por qué tomó la tan difícil decisión de sacrificar su cargo parlamentario a cambio del chacoteo de la Casa de los Famosos. Resulta que todo era parte de una estrategia para sensibilizar al gobierno gringo de la gran importancia que han cobrado los latinos, los mexicanos incluidos, en Estados Unidos. Es más, Mayer se comparó con el cantante Bad Bunny, quien como ya vimos, organizó una especie de extravaganza latina en el intermedio del pasado Superbowl. Cómo andarán las cosas que hasta el vocero de Morena, Arturo Ávila, el famoso “cero votos”, dijo en una de esas entrevistas a las que lo invita la periodista Azucena Uresti para hacerlo rabiar, que en adelante Morena haría bien en poner filtros a la hora de seleccionar a sus candidatos. No exagera el “cero votos” al pedir que exista una revisión exhaustiva de los perfiles y las trayectorias de quienes pretenden ocupar un cargo público dentro de su partido. Ahora, que si de verdad existiera el compromiso de escoger sólo a gente de probada integridad, la comisión de Honestidad y Justicia de Morena (y de cualquier otro partido) haría bien en practicar a sus aspirantes a políticos un examen de confianza, similar al que son sometidos los militares y los policías. ¿Y el diputado Mayer, aprobaría un examen de confianza si se sometiera a uno?
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