Qué quiso decir el psicólogo Dieniel Kahneman al afirmar que “lo que importa para una buena historia es la consistencia”

Las personas no vivimos rodeadas de datos sueltos, sino de historias. Cuando recordamos un hecho, evaluamos a alguien o tratamos de comprender una situación compleja, lo hacemos casi siempre en forma de relato. Ordenamos lo ocurrido, rellenamos huecos y buscamos un sentido que nos permita decir, aunque sea de manera provisional, “ya lo he entendido”.

Daniel Kahneman, psicólogo y premio Nobel de Economía (consulta el del año 2025), dedicó buena parte de su obra a explicar por qué ese impulso narrativo es tan poderoso. La frase “lo que importa para una buena historia es la consistencia” no es una cita literal suya, pero resume con notable precisión una de sus tesis centrales: la mente humana valora más la coherencia interna de una explicación que su fidelidad a la realidad.

Una frase que no es literal, pero sí profundamente kahnemaniana

Kahneman nunca escribió exactamente que lo importante para una buena historia sea la consistencia. Sin embargo, quien haya leído Pensar rápido, pensar despacio reconoce de inmediato la idea. A lo largo del libro, el autor insiste en que nuestro pensamiento intuitivo necesita relatos claros, simples y sin contradicciones, incluso cuando esa claridad se consigue a costa de ignorar información relevante.

En ese sentido, la frase funciona como una síntesis divulgativa, no como una cita textual. Resume una observación fundamental: para el cerebro, una historia “buena” no es la más completa ni la más precisa, sino la que encaja bien consigo misma. La consistencia genera una sensación subjetiva de comprensión, y esa sensación suele bastarnos.

Este matiz es importante. No se trata de una licencia descuidada, sino de una condensación conceptual. Kahneman mismo advierte en numerosas ocasiones de que confundimos coherencia con verdad, y que esa confusión está en la base de muchos errores de juicio.

Daniel Kahneman, en 2009. Fuente: Wikipedia

WYSIATI: cuando lo que vemos es todo lo que hay

Uno de los conceptos clave para entender esta idea es el principio que Kahneman denomina WYSIATI, acrónimo de what you see is all there is. Traducido libremente: lo que ves es todo lo que hay. El sistema intuitivo de pensamiento trabaja con la información disponible, no con la información que falta.

Cuando construimos una historia a partir de unos pocos datos, el cerebro no se detiene a preguntarse qué elementos están ausentes. Se limita a organizar lo que tiene delante de la forma más coherente posible. Si el resultado es fluido y consistente, la historia nos parece convincente, aunque esté basada en una muestra mínima o sesgada.

Lo que ves es todo lo que hay

Daniel Kahneman

Aquí encaja perfectamente la frase que nos ocupa. Una historia consistente es psicológicamente satisfactoria, aunque sea incompleta. El cerebro prefiere una narración cerrada a una explicación abierta llena de incertidumbres.

El sistema 1 y su amor por las historias bien construidas

Kahneman distingue entre dos modos de pensamiento. El sistema 1 es rápido, automático e intuitivo. El sistema 2 es lento, deliberativo y exigente. La mayoría de las historias que aceptamos como “buenas” son productos del sistema 1.

Este sistema necesita rapidez y economía cognitiva. No puede permitirse analizar todas las variables posibles ni comprobar la solidez de cada inferencia. Por eso, la consistencia interna actúa como un atajo mental. Si todo encaja, si no hay fricciones evidentes, el sistema 1 da la historia por válida.

El problema es que este criterio no tiene nada que ver con la verdad. Una historia falsa puede ser perfectamente consistente. De hecho, muchas explicaciones erróneas triunfan precisamente porque eliminan ambigüedades y ofrecen un relato simple, cerrado y tranquilizador.

Por qué preferimos relatos coherentes a explicaciones verdaderas

Aceptar que una historia no está completa resulta incómodo. La inconsistencia nos obliga a pensar más, a mantener abiertas varias posibilidades, a reconocer que no sabemos algo del todo. El cerebro tiende a evitar esa incomodidad.

Kahneman muestra que la sensación de comprensión es más importante para nosotros que la comprensión real. Cuando una historia es consistente, sentimos que dominamos la situación, aunque ese dominio sea ilusorio. Esta ilusión de entendimiento refuerza nuestra confianza y nos permite seguir adelante sin detenernos a analizar.

Por eso la consistencia se convierte en un criterio decisivo. No porque garantice acierto, sino porque reduce el esfuerzo mental. En términos cognitivos, una buena historia es aquella que permite cerrar el caso rápidamente.

En nuestra mente, la piezas a veces no encajan, pero hacemos lo posible para que sí lo hagan. Fuente: ChatGPT

Historias, juicios y errores cotidianos

Esta preferencia por la consistencia no se limita a grandes teorías o relatos históricos. Opera a diario en juicios sobre personas, decisiones económicas o acontecimientos políticos. A partir de unos pocos rasgos, construimos una historia coherente sobre alguien y la damos por válida.

Kahneman muestra cómo, una vez establecida esa narración inicial, tendemos a protegerla. Ignoramos datos que la contradicen y exageramos los que la refuerzan. La consistencia no solo crea la historia, también la blinda.

De este modo, una impresión inicial se transforma en una explicación completa, aunque se apoye en muy poca información. El cerebro no busca activamente corregirla, porque hacerlo implicaría romper la coherencia lograda.

El peligro de confundir comprensión con consistencia

Uno de los avisos más insistentes de Kahneman es precisamente este: sentirse seguro no equivale a tener razón. La fluidez narrativa genera confianza, pero esa confianza puede ser engañosa. Una historia bien construida puede ocultar lagunas enormes.

Cuando atribuimos éxitos o fracasos a causas claras y bien encadenadas, solemos pasar por alto el papel del azar, de la información ausente o de factores invisibles. La consistencia del relato nos tranquiliza, pero también nos simplifica en exceso la realidad.

Desde este punto de vista, la frase atribuida a Kahneman funciona casi como una advertencia. Si lo que más valoramos en una historia es su consistencia, debemos desconfiar precisamente de las historias que mejor suenan.

Pensar rápido, pensar despacio: el libro detrás de la idea

Pensar rápido, pensar despacio es un libro extraño dentro de la divulgación científica porque no ofrece herramientas para pensar mejor, sino un inventario minucioso de las razones por las que pensamos mal. Kahneman no escribe para empoderar al lector, sino para despojarlo de seguridad intelectual. A lo largo del texto, el lector descubre que muchos de sus juicios más firmes descansan sobre procesos automáticos que operan fuera de su control consciente.

El libro está construido como una sucesión de experimentos, ejemplos y paradojas que obligan a desconfiar de la intuición. Kahneman no busca persuadir con una gran teoría unificadora, sino erosionar poco a poco la confianza en la mente como instrumento transparente. En ese sentido, la obra no se lee como un ensayo clásico, sino como una experiencia acumulativa: cada capítulo añade una pequeña fisura a la idea de que entendemos bien lo que hacemos cuando juzgamos, elegimos o explicamos.

Uno de los rasgos más llamativos del libro es su tono. Kahneman no adopta una posición moral ni prescribe conductas. Describe, mide y deja que los resultados hablen. Esa frialdad metodológica es parte del mensaje: los errores cognitivos no son fallos puntuales, sino rasgos estructurales del pensamiento humano. No se corrigen con buena voluntad ni con atención ocasional.

Por eso Pensar rápido, pensar despacio no concluye con una promesa de mejora personal. Su aportación principal es más incómoda: aceptar que incluso cuando creemos razonar con cuidado, seguimos dependiendo de atajos mentales que simplifican la realidad. El libro no enseña a contar mejores historias, sino a sospechar de ellas, empezando por las que nos contamos a nosotros mismos.

Cortesía de Muy Interesante



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