Durante más de tres décadas, una idea fascinante ha circulado con fuerza en libros, documentales y exposiciones: que el grifo, esa criatura mítica con cuerpo de león y cabeza de águila, pudo haberse originado a partir del hallazgo de fósiles de dinosaurios en Asia Central. Concretamente, del Protoceratops, un pequeño dinosaurio con pico y sin cuernos, hallado en Mongolia y China. Esta hipótesis, tan seductora como discutible, acaba de recibir un duro revés gracias a una investigación publicada en la revista Interdisciplinary Science Reviews, firmada por los paleontólogos Mark Witton y Richard Hing, de la Universidad de Portsmouth.
El trabajo no solo desmonta pieza por pieza los pilares de esta conexión entre grifos y dinosaurios, sino que también hace una llamada de atención más amplia sobre la necesidad de separar las geomitos con base real de aquellas que nacen más de la intuición que de los datos históricos o arqueológicos. Porque, aunque hay numerosos ejemplos de fósiles que sí han influido en leyendas de distintas culturas, el caso del grifo y el Protoceratops parece no ser uno de ellos.
El mito que nació en la ruta de la seda… ¿o no?
Todo comenzó en los años 80 y 90, cuando Adrienne Mayor propuso que los fósiles de Protoceratops habrían sido descubiertos por nómadas escitas mientras buscaban oro en el desierto del Gobi. Esos restos, según su hipótesis, habrían inspirado relatos sobre criaturas cuadrúpedas con pico, que más tarde, al difundirse por las rutas comerciales hacia Occidente, habrían sido adoptadas por los griegos para dar forma al grifo.
La teoría, aunque atractiva, estaba construida sobre deducciones y comparaciones visuales, más que sobre pruebas arqueológicas o literarias contundentes. Y aun así, durante años gozó de una popularidad notable. Museos de renombre como el de Historia Natural de Nueva York la incluyeron en exposiciones, y publicaciones tanto académicas como divulgativas la trataron con simpatía. El problema, como señala el nuevo estudio, es que el atractivo de la idea nunca fue proporcional al respaldo empírico que tenía detrás.

Grifos milenarios y dinosaurios mal ubicados
Los autores del artículo han llevado a cabo un análisis detallado que combina paleontología, historia del arte, arqueología y geografía. Una de las primeras claves que desmontan la hipótesis es puramente geográfica. Las localizaciones donde aparecen fósiles de Protoceratops están a cientos de kilómetros de distancia de los yacimientos auríferos históricos en Asia Central. No existe ningún registro, ni moderno ni antiguo, de que estos restos se encuentren junto a vetas de oro, lo que hace improbable que fueran descubiertos en contextos de minería ancestral.
Además, la difusión del arte relacionado con grifos no encaja con esta supuesta ruta desde Asia hacia Europa. Los primeros ejemplos de grifos aparecen en el cuarto milenio a.C. en Egipto y Mesopotamia, y no en Asia Central. Las evidencias arqueológicas sugieren que la figura del grifo se difundió desde el Mediterráneo oriental hacia el este, y no al revés. Es decir, no fue una idea nacida en Mongolia que luego se expandió, sino más bien una figura cultural consolidada en el entorno mesopotámico que viajó hacia otras regiones con el tiempo.

Protoceratops: ¿realmente tan parecido a un grifo?
Otro de los pilares de la hipótesis era la supuesta semejanza anatómica entre el Protoceratops y el grifo. Es cierto que el dinosaurio tenía un pico prominente y una postura cuadrúpeda, pero ahí terminan las similitudes relevantes. No tenía cuernos, ni alas, ni una cola similar a la de un felino. Además, su característica gola ósea, una prolongación del cráneo hacia atrás, no se corresponde ni con las alas ni con los penachos que a menudo decoran las cabezas de los grifos en el arte antiguo.
Los investigadores también recuerdan que los fósiles de dinosaurios, lejos de estar expuestos como esqueletos completos sobre el terreno, suelen encontrarse fragmentados y parcialmente enterrados, invisibles para un observador casual. Extraerlos requiere herramientas, conocimientos técnicos y mucho tiempo. Resulta difícil imaginar a un minero escita excavando cuidadosamente un fósil durante días para luego imaginar un animal mitológico a partir de esos restos.
Más aún: en los testimonios antiguos sobre grifos, no se habla de huesos ni restos fósiles. Lo que encontramos son descripciones fantásticas, criaturas vivas que protegen tesoros en desiertos lejanos, sin ninguna mención a osamentas o descubrimientos de restos muertos. Lo cual sugiere que el grifo nunca fue una interpretación de un fósil, sino una construcción simbólica e imaginaria desde el principio.

Un mito que no necesita dinosaurios
La clave de la revisión de Witton y Hing está en recuperar una visión más realista sobre el origen de los grifos. Las representaciones antiguas muestran claramente una fusión de animales conocidos: el cuerpo, garras y melena de un león; la cabeza, pico y alas de un águila. No hay necesidad de buscar en fósiles su inspiración cuando los elementos están tan claramente tomados de la fauna del entorno mediterráneo y mesopotámico.
Además, en la iconografía más antigua, el grifo no era un simple monstruo. En muchas culturas era un guardián sagrado, símbolo de poder y protección, asociado a deidades o reyes. Era un emblema, no una criatura zoológica que precisara un modelo fósil para existir.
Todo esto no significa que los fósiles no hayan influido en mitos a lo largo de la historia. Sí lo han hecho, y hay ejemplos bien documentados, como los dientes de tiburón tomados por lenguas de serpiente o los restos de mamuts confundidos con gigantes. Pero el vínculo entre Protoceratops y el grifo parece, según esta nueva revisión, más fruto de una conexión romántica que de una hipótesis científica sólida.
La geomitología, la disciplina que estudia la relación entre mitos y fenómenos geológicos o paleontológicos, es una herramienta valiosa para comprender cómo las culturas interpretaron su entorno. Pero como toda rama del conocimiento, requiere rigor. No basta con que una idea sea atractiva o parezca posible: debe estar apoyada en evidencias, contexto histórico y análisis multidisciplinar.
Y eso es lo que ofrece este nuevo estudio: un recordatorio de que no todos los mitos necesitan una base fósil. Algunos, como el del grifo, surgen de la capacidad humana para imaginar, fusionar elementos del mundo natural y dotarlos de un significado simbólico. Una capacidad tan antigua como la civilización misma.
Referencias
- Mark P. Witton, Richard A. Hing. Did the horned dinosaur Protoceratops inspire the griffin? Interdisciplinary Science Reviews, 2024; DOI: 10.1177/03080188241255543
Cortesía de Muy Interesante
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