Historia de los godos no es solo un libro sobre un pueblo antiguo: es una invitación a mirar de frente uno de los momentos más decisivos —y peor entendidos— de la historia europea. Durante siglos, los godos han sido presentados como los bárbaros que pusieron fin a Roma, una etiqueta cómoda, pero profundamente injusta. En su último trabajo, Santiago Castellanos desmonta ese relato simplista y propone algo mucho más incómodo y, a la vez, mucho más interesante: los godos no fueron los destructores de un mundo, sino algunos de los arquitectos del que vino después.
La lectura de Historia de los godos. De enemigos de Roma a reyes de Hispania, publicado por la editorial Pinolia, deja claro que estamos ante una historia de transformación, no de colapso. Un proceso largo, lleno de pactos frágiles, tensiones políticas, conversiones religiosas y equilibrios de poder que cambiaron para siempre el mapa de Europa. Castellanos no escribe desde la épica de la invasión, sino desde la complejidad de la convivencia: la de una minoría guerrera que aprende a gobernar un mundo heredado de Roma, y que termina moldeando las bases del Occidente medieval.
En esta entrevista, el historiador invita a recorrer ese tránsito con una mirada que huye tanto del romanticismo como del desprecio. Habla de identidades que no eran tan sólidas como nos gusta imaginar, de reyes que gobernaban en un terreno inestable y de una sociedad donde la violencia y la negociación formaban parte del mismo lenguaje político. La conversación no gira solo en torno al pasado, sino también a la manera en que seguimos contando ese pasado hoy, y a los prejuicios que todavía proyectamos sobre una época que marcó nuestro presente mucho más de lo que solemos admitir.
Porque entender a los godos no es un ejercicio arqueológico sin consecuencias. Es comprender cómo nacen las ideas de Europa, de Estado, de ley y de religión que todavía estructuran nuestra vida cotidiana. Es, en definitiva, reconocer que la historia no avanza a base de rupturas limpias, sino de transiciones largas y, a menudo, incómodas. Y pocas transiciones fueron tan decisivas como la que protagonizaron aquellos pueblos que Roma llamó “bárbaros”, pero que acabaron sentándose en su trono.

Pregunta. Desde el inicio del libro dejas claro que los godos no fueron un pueblo homogéneo. ¿Por qué crees que sigue tan arraigada la idea de un “pueblo godo” compacto y casi mítico?
Respuesta. Probablemente es por la tendencia que se suele tener a ver la historia de una manera lineal, de un modo que parece más sencillo. Pero, como suele ocurrir, las cosas son mucho más complicadas. Ni antes de cruzar el Danubio en 376 ni mucho tiempo después, nunca fueron un grupo homogéneo. Había grupos de procedencias muy diversas, y, sobre todo, después de todo el movimiento por Europa, cuando estuvieron dirigidos por Alarico.
P. Gran parte de lo que sabemos sobre los godos procede de autores romanos. ¿Hasta qué punto seguimos mirando hoy a los godos con los mismos prejuicios culturales con los que los miraba Roma?
R. Los romanos compraron a los griegos el concepto de barbarie, que suponía por definición una visión desde la superioridad. Teniendo en cuenta que la forma de ver el mundo, la lengua, las categorías intelectuales que tenemos vienen en buena medida de Roma, pues esa es la respuesta a tu pregunta.
P. En tu relato los godos aparecen tanto como aliados de Roma como enemigos. ¿Dónde situarías el punto de ruptura real entre ambos mundos?
R. Sin duda que la batalla de Adrianópolis en 378 fue un punto determinante. Allí los romanos perdieron una gran proporción del ejército que podían manejar en las provincias orientales. A partir de ahí los godos tuvieron su propia agenda. Después, con el liderazgo de Alarico, lograron articular a otros grupos que se les fueron uniendo. El saqueo de Roma en 410 fue otro punto importante sobre todo desde el punto de vista psicológico. La gran potencia se vio atacada en su corazón más preciado, las calles de Roma. Pero, sin embargo, tiempo después, godos y romanos colaboraron desde el punto de vista diplomático y militar. Por ejemplo, en Hispania, atacaron a otros pueblos bárbaros sobre la base de sus acuerdos con el imperio. Y el inicio de su reino, las Galias, que duró un siglo, con todo desde el principio con el beneplácito imperial.
P. Alarico emerge como una figura decisiva. ¿Fue realmente el primer rey godo o más bien el producto de una crisis romana que necesitaba nuevos intermediarios de poder?
R. Bueno, esto es muy complicado de decir. Las fuentes que lo llaman rey, normalmente son un poco posteriores y funcionan ya después de que la monarquía goda estuviera asentada. Yo no estoy en absoluto seguro de que tuviera esa titulación, pero lo que está claro es que su liderazgo superó a cualquier liderazgo anterior y fue la base de la monarquía goda, que se empezó a consolidar a partir de entonces.
P. La conversión del reino visigodo al catolicismo suele contarse como un episodio religioso clave. ¿No fue, en realidad, una jugada política imprescindible para sobrevivir?
R. Absolutamente. Esa conversión oficial aconteció a finales del siglo VI en Toledo. Para entonces el reino visigodo se había consolidado en Hispania, sobre todo con las conquistas territoriales y las imposiciones fiscales de Leovigildo. El episodio traumático de la guerra civil contra su hijo Hermenegildo aceleró las agendas ideológicas, que luego, su hermano Recaredo aprovechó para terminar de cerrar los pastos con los líderes locales, que eran mayoritariamente católicos. Y no hay que olvidar que los obispos eran los líderes en las ciudades. Desde el periodo tardoimperial romano.
P. A lo largo del libro aparecen de forma recurrente conjuras, violencia y usurpaciones. ¿El reino visigodo fue especialmente inestable o estamos juzgándolo con criterios políticos modernos?
R. Últimamente compruebo con preocupación cómo en redes sociales, por ejemplo, se mira al pasado con criterios actuales. Es una aberración científica. Ciertamente, el reino visigodo tuvo muchos problemas internos, pero no hay que olvidar que duró más de dos siglos en Hispania y otros siglo entero en la Galia tardorromana. También es cierto que hubo asesinatos de reyes, pero vuelvo a repetir que logró asentar unas bases que, aunque con ciertas debilidades, permitieron al sistema durar más de dos siglos en Hispania.
P. La monarquía visigoda nunca consiguió una sucesión clara y estable. ¿Ese fue su gran problema estructural o solo uno más dentro de un sistema frágil?
R. En esencia, perduró la idea de que eran las familias nobles las que manejaban el poder, incluso después de que se configurase una centralización de este en torno a la idea de un rey. Cuando Isidoro de Sevilla intentó aportar un mecanismo de sucesión real más o menos estable, apenas se sostuvo en el tiempo. Probablemente pudo ser un problema, pero, incluso con él, insisto en que el sistema duró dos siglos.

P. En Hispania convivieron una minoría goda y una mayoría de tradición romana. ¿Hasta qué punto se integraron realmente o siguieron viviendo en mundos paralelos?
R. Ahí está la clave de cómo funcionó el reino godo en Hispania. Era una minoría poblacional con respecto a una población de tradición romana y de religión católica. Los godos, desde los tiempos tardorromanos, se habían convertido al cristianismo, pero en su variante arriana. La conversión de Recaredo aceleró los procesos de integración. Hay que tener en cuenta que los godos habían asumido mucho tiempo antes costumbres romanas y legislaban en latín, por ejemplo. No había tantas diferencias.
P. El final del reino visigodo suele explicarse como una caída súbita. ¿Fue realmente un colapso inesperado o el desenlace lógico de tensiones acumuladas durante siglos?
R. Todos los procesos de contradicción interna se habían ido poniendo muy de relieve a finales del siglo VII. Aunque si partimos de la idea de que el reino fue liquidado, podemos caer en una visión, como decíamos antes, simplista y lineal. Yo creo que aquí se juntaron los dos procesos, por una parte, las contradicciones propias del sistema, y por otro, un agente externo que se mostró más fuerte en el terreno de batalla.
P. Después de escribir este libro, ¿crees que los godos han sido injustamente tratados por la historia… o simplemente han sido mal contados?
R. Ciertamente, han tenido muy mala fama. Como digo en la primera frase de mi libro, incluso los nombres pueden llegar a ser disuasorios. Pero es una etapa muy extensa de la historia de Hispania y del imperio romano tardío. Las fuentes son muy complicadas y de muy difícil estudio, y lo que he intentado con el ensayo —que es absolutamente divulgativo y para todos los públicos— es acercar esa historia tan apasionante al lector de hoy en un lenguaje accesible y entretenido. No se trata de un libro académico, sino de un texto para todos los públicos.

Cortesía de Muy Interesante
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