Por Horacio Rivera
Durante los años setenta y ochenta, en el apogeo de la Guerra Fría entre gringos y soviéticos, el socialismo fue adoptado por distintos países latinoamericanos como forma de gobierno. Una copia del modelo soviético, pero con todos los fantasmas y vicios de la idiosincrasia latina, heredados de la Conquista española. Surgirían caudillos y falsos libertadores. Vendrían revoluciones y golpes de estado. Y al final, Latinoamérica no cambiaría mucho, excepto por que hoy es gobernada por el narcotráfico y el crimen organizado
No existían los teléfonos inteligentes, mucho menos las redes sociales, pero de boca en boca se especulaba con toda clase de teorías. Corrían los años setenta. En México se decía, con incredulidad e indignación, que en la Unión Soviética el gobierno socialista obligaba a las familias, pobres y numerosas, a vivir dentro de una misma casa. Se decía que el pueblo tenía prohibido comer cualquier alimento que no fuera el que el Estado les entregaba en raciones semanales, y que aquellos que desobedecían al régimen o que se quejaban, eran enviados a las prisiones de la helada Siberia. Se decía que, por ejemplo, los rusos, desde el instante de nacer pasaban a ser propiedad del Estado, el cual se encargaba de educarlos y mantenerlos. Y por lo tanto era el mismo Estado quien decidía a qué se habría de dedicar el ciudadano por el resto de su aburrida y desafortunada existencia.
Y mientras tanto, al otro lado del mundo la izquierda latinoamericana, liderada por Cuba, llegaba al poder en varios países. Chile, Perú, Nicaragua… En todos hubo una transición hacia el socialismo. En México, aunque el priismo se ufanaba de ser abiertamente capitalista, sus gobiernos simpatizaban con el régimen soviético y apoyaban con dinero y petróleo al dictador cubano Fidel Castro. Por supuesto, bajo el escrutinio de Washington. Eran tiempos en los que la palabra “populismo” aún no nacía. Tiempos en los que México practicaba su propia versión del socialismo; un socialismo mucho más light que el soviético, pero que en su modelo económico se parecía mucho. La economía estaba cerrada a la inversión extranjera y Papá-Estado era dueño absoluto de los bienes de la nación, los cuales administraba sin rendirle cuentas a nadie. Cincuenta años más tarde López Obrador convertiría ese comunismo light en el “populismo mexicano del bienestar”, mezcla de dádivas y programas
clientelares, muchos de ellos apoyados por el narcotráfico, para granjearse la fidelidad del pueblo, sobre todo de los pobres. Pero antes de que eso ocurriera, aparecería un priista, un presidente, venerado y aborrecido por igual por los mexicanos; alguien que impondría el neoliberalismo como modelo económico y que abriría el mercado mexicano a los dólares provenientes de Estados Unidos. Sí. Carlos Salinas de Gortari.
Narcosocialismo latinoamericano
El hecho de que México nunca hubiera llegado a tener un régimen socialista como el cubano o el soviético, se debe en mucho a su vecindad con Estados Unidos, cuna del capitalismo moderno y templo de la propiedad privada. Durante décadas el gobierno gringo aplastó los intentos de México por convertirse al socialismo. Hasta que un día el narcotráfico empezó a “invertir” en el proyecto de la izquierda. No sólo en México, sino en toda Latinoamérica. La maña compró e impuso candidatos, financió campañas, maiceó al pueblo; entendió que de la mano de los pobres se haría más poderosa. El costo social fue enorme debido a la violencia desencadenada. Si el mundo pudiera verse como un vecindario, en donde cada país fuese una casa, comparados con los chinos o los japoneses, los latinoamericanos seríamos algo así como los vecinos mañosos, los violentos, los que viven al día.
En descargo, también se podría argumentar que los latinoamericanos somos producto de una cruel Conquista española, tanto en el plano material como en el plano ideológico. No es lo mismo ser el conquistador que el conquistado, como no es lo mismo someter, que ser sometido. Esa expresión tan mexicana de “no me vengan con que la ley es la ley”, para retar y poner en duda el papel de la autoridad, no la inventó López Obrador. Viene de los años de la Conquista española; época de corrupción y chapuzas, época de leyes tramposas y fraudes. En donde había una ley para peninsulares y criollos y otra muy distinta para la indiada pobre e inculta. Y fue en este mar de abusos e inconformidades, que la izquierda latinoamericana un día tuvo su momento en la infinita historia. Cuarenta o cincuenta años en los que el socialismo luchó por consolidarse, pero terminó por desmoronarse ante la soberbia, la ambición y la ineptitud de sus propios caudillos. Si de algo adolecen los gobiernos socialistas latinoamericanos, es que actúan como si eternamente estuvieran en campaña electoral. Pocos son capaces de asumir su papel de gobernantes y logran desligarse de la “lucha política” y la grilla. Y es que una vez que esa lucha se ha ganado, una vez que se tiene el poder, ¿qué queda? El adoctrinamiento.
Hacerse a la derecha
Latinoamérica está volteando a ver a la derecha. ¿Y quién quiere ver a la izquierda, cuando gobiernos como el de Venezuela o Cuba están a punto de derrumbarse? Es como si la derecha latinoamericana viera a Trump y su pandilla como la única fuerza capaz de enfrentar a la izquierda. Por lo pronto en Ecuador, en Chile, en Honduras y Bolivia la derecha ha regresado a gobernar. La promesa fue la misma en todos los lados, terminar con la violencia y con el narco. Sí, cómo no. Tal vez el único régimen de corte socialista que logró ser exitoso a lo largo del tiempo ha sido el chino. Y gran parte de ese éxito se debe a que los chinos, a diferencia de países como México, en su momento decidieron castigar sin
piedad, tanto a los políticos corruptos como al crimen organizado. Tardaron décadas, pero se convirtieron en una potencia. Con el paso de los años la Guerra Fría se extinguiría, igual que se extinguió la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sólo quedó el legado de la utopía socialista, que en Latinoamérica se convirtió en un lastre.
Para todos aquellos que leen esta humilde columna, cinco deseos para este 2026 que recién comienza: salud, amor, paz, libertad y prosperidad.
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