Terraplanismo, mapaches que hablan y fantasmas en huelga: el apasionante mundo del pensamiento raro

En Polonia hay un cazafantasmas que alerta de que los espectros se pueden poner en huelga, enfadados porque cada vez creemos menos en ellos. En Australia un ornitólogo trata de demostrar que hay una especie de ave que silba canciones populares de los años veinte. Hay científicos en Silicon Valley que especulan con la posibilidad de que vivamos dentro de una simulación informática. Hay que ver las cosas a las que se dedica la gente.

El escritor y cómico Dan Schreiber (Hong Kong, 41 años), como si fuera un antropólogo de las ideas locas, se dedica a recopilar estos casos que, de hecho, parecen perseguirle. Tiene un amigo que le pidió que le confesase que es un actor y que su vida es una ficción como El show de Truman. Ha conocido a alguien que asegura ser medio reptiliano y a otro alguien que asegura haber visto a la Virgen María a los pies de su cama. Este último alguien es su propia pareja, Fenella. Schreiber sostiene que todos estamos un poco chiflados.

“Hay muchos misterios en el mundo y hay mucha gente convencida de que ha resuelto esos misterios”, dice el cómico por videoconferencia desde Londres, “ponen su vida en defender que eso que piensan es cierto. Y eso hace que la historia del mundo sea mucho más divertida y extraña de lo que parece”. Para mostrarlo ha escrito La teoría de todo lo demás. Un viaje al mundo de las rarezas (Capitán Swing), donde hace un recorrido por la parte más extraña del pensamiento humano.

Como ejemplifica, hablamos mucho de Charles Darwin, de su viaje en el HMS Beagle, de la fantástica idea de la selección natural y de la evolución de las especies… “lo que no sabemos es que a Darwin casi no le dejan montar en el barco… ¡porque al capitán FitzRoy no le gustaba la forma de su nariz!”. (Tiene su explicación: eran los tiempos de la frenología, la pseudociencia que creía que la estructura craneal dice mucho de los individuos).

A Schreiber le gustan las historias extrañas, y la suya no es, por cierto, nada convencional. Sus padres eran unos peluqueros (él, australiano; ella, británica) que se enamoraron en Hong Kong, abrieron un salón occidental y se dedicaron a esculpir el cabello de las celebridades. “Trabajaban con los expats, los chinos no tenían demasiado interés en ser peinados por occidentales”, cuenta. Entonces la fama de Madonna explotó en Hong Kong, y todas las mujeres quisieron ese tipo de peinados, así que Schreiber y sus hermanos nacieron en aquella ciudad. Por el peinado de Madonna.

Solo a los 13 años se mudaron a Sidney, Australia, pero su infancia en Hong Kong fue una gran influencia: “Aquella ciudad era una mezcla de muchas culturas: cuando iba a cenar a casa de amigos eran familias indias, o chinas, o canadienses… Fui expuesto a un conjunto de creencias muy diversas”. Al terminar el instituto se mudó a Reino Unido, donde sigue radicado, trabajando como guionista de televisión (en el programa QI de la BBC, que significa Quite Interesting, es decir, “Bastante interesante”) o al frente de podcasts como Museum of Curiosity (en español, Museo de la curiosidad) o No Such Thing as a Fish (No hay nada como un pez).

Ha encontrado (más bien se le presentan sin querer, dice) cosas muy raras: en 1970 la discográfica Philips publicó el disco A Musical Seance, recopilado por una antigua cocinera londinense, Rosemary Brown. Contenía piezas inéditas de Listz, Chopin, Beethoven, Brahms o Debussy. Brown había tenido acceso a ellas de una curiosa forma: había contactado mentalmente con los compositores muertos y estos le habían dictado las partituras en exclusiva.

Otro de sus personajes es Kary Mullis, el bioquímico estadounidense que desarrolló las pruebas PCR y que por ello fue distinguido con el Nobel de Química (falleció en 2019, poco antes de que todos nos familiarizáramos con su invento). A pesar de tan importante contribución a la ciencia y a la salud de los humanos, Mullis era un tipo excéntrico que decía haber visto un mapache brillante en la noche (que le hablaba) y negaba la existencia del virus del VIH. Curiosamente, Luc Montagnier, que ganó el Nobel por identificar el VIH, se convirtió en un ferviente activista antivacunas, creía en la memoria del agua y recomendaba comer papaya contra el párkinson.

Schreiber los utiliza para criticar lo que llama la nobelitis, la proliferación de expertos a los que creemos en todo a pies juntillas solo porque tienen un Nobel: a Schreiber le fascina esa gente genial en alguna disciplina pero que luego está chiflada. Por ejemplo, el gran físico Wolfgang Pauli, que estaba fascinado por el número 137 y lo veía por todas partes. Otros nobeles, como Linus Pauling y William Shockley, defendieron ideas eugenésicas. Y no solo habla de premios Nobel: el campeón de tenis Novak Djokovic, famoso, además, como negacionista de las vacunas y creyente en extrañas teorías respecto a la dieta: piensa que un mal estado de ánimo puede contagiarse a los alimentos, acabando con sus propiedades nutritivas. ¡Hay que comer contento!

Hay gente que aprovecha las teorías raras para hacer negocio. Por ejemplo, en Shingo, esa isla de Japón donde aseguran que fue a morir Jesucristo, después de atravesar Alaska y Siberia, y donde han montado un lucrativo negocio en torno a su hipotética tumba. No es el único pueblo que ha conseguido mejorar su existencia con lo raro: también los alrededores del Lago Ness, en Escocia, donde se rentabiliza al famoso (y nunca visto) monstruo, en las islas del Triángulo de la Bermudas o en los pueblos boscosos donde dicen que ha sido avistado un bigfoot.

“Una de las mejores cosas que te pueden decir es: ¡tu casa está encantada!”, dice Schreiber. Habla de esa casa inglesa, en Pontefract, donde vive el fantasma del black monk (el monje negro): la gente va a pasar allí la noche, pasa muchísimo miedo y luego pone reseñas fantásticas en internet. “Una vez fue un exorcista dispuesto a echar el fantasma, pero el propietario se enfadó muchísimo: ¡aquel monje era su negocio!”, dice el autor. Quizás tuviera que poner un cartel de “prohibido exorcismos”.

Las teorías raras son muy divertidas aunque, como señala el escritor, hay que cogerlas con pinzas: avisa de que nada de eso es real; de que, como en el caso de los antivacunas, pueden ser peligrosas y de que vivimos una ofensiva contra el conocimiento científico en todo el mundo, azuzada especialmente por el gobierno de Donald Trump. “Quiero volver al tiempo en el que estaba controlado el contar una historia de fantasmas alrededor del fuego, el asombrarse con una teoría de la conspiración en torno a la muerte de Kennedy. Cuando esto era inocente y no se usaba como un arma. Cuando lo importante era la historia”, dice el escritor, en referencia a la polarización producida por la desinformación generalizada.

Ahora, dice, vivimos en una crisis de confianza provocada por un ansia de “cotilleo global”: “A la gente le gusta contarse historias sobre lo que hacen los científicos o los gobernantes como quien se cuenta historias sobre los otros padres del colegio”, dice. Y muchas personas con creencias raras buscan superar la soledad y el individualismo, pertenecer a algo más grande, a una comunidad, a base de creencias raras: se ve en el caso de los terraplanistas. “Es como quien es religioso no tanto por las creencias sino por ir a la Iglesia los domingos, socializar, tener alguien a quien pedir ayuda”, dice el humorista.

En definitiva, podría decirse que parte de los problemas del mundo consisten en que hemos perdido el sentido del humor y nos hemos tomado demasiado en serio, incluso nuestras propias creencias. “Creo que después de la música el humor es el mayor invento de la humanidad”, dice Schreiber, “con un chiste puedes hacer que alguien se siente mejor, la risa genera endorfinas. Por eso hay un humorista británico que dice que los comediantes son como camellos de una droga que te hace sentir muy bien y que te inyectan mediante el hechizo de las palabras”.

Es la razón por la que, según el autor, mucha gente se tomó mal las palabras de Trump sobre la muerte del director Rob Reiner o por la que tanta gente lloró tanto la muerte de Robin Williams: “Aportaron mucha felicidad al mundo”. Ya que hemos hablado del presidente de los Estados Unidos: ¿le parece gracioso Trump? “¡Sí! Mucha gente se niega aceptarlo porque piensa que eso implica decir que es un buen tipo. Pero parte del problema de Trump es que es gracioso… aunque no sepa reírse de sí mismo”, remata el autor.

Cortesía de El País



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