Un Domingo de Furia

Por Horacio Rivera

El pasado domingo 22 de febrero los demonios se soltaron. La presidenta Sheinbaum, presionada y apoyada por los gringos, dio el manotazo que se esperaba desde hace tiempo. Lanzó toda la fuerza del Estado para atorar a uno de los malandros más buscados del mundo: Nemesio Oseguera Cervantes, alias el Mencho. Ni Felipe Calderón y, mucho menos López Obrador, se atrevieron a hacer algo parecido. El golpe de Sheinbaum la pone en el mejor momento de su mandato. Pero, ¿está lista para el día después?

Ya se sospechaba que algo inusual, por decir lo menos, ocurriría luego de que dos semanas atrás los senadores aprobaron el ingreso a territorio mexicano de 19 militares estadounidenses de élite. La orden estaba dada desde Washington y los gringos no iban a volver con las manos vacías. El resultado de la intervención en la sierra de Jalisco: decenas de soldados y sicarios muertos, y otros tantos heridos. Bloqueos carreteros en una buena parte del país y la zozobra de miles de mexicanos atrincherados para protegerse de las balas rasantes. Sorprende que, a diferencia de otros levantones, en el levantón del Mencho haya sido el Ejército quien se adjudicó el operativo. Y para que no hubiese dudas, de inmediato se emitió un boletín de prensa explicando los detalles, sin omitir mencionar que fue el propio Ejército Mexicano, en colaboración con los gringos, el que hizo todo el gasto. Por primera vez en mucho tiempo, las medallas no se las puso el secretario de Seguridad Ciudadana, Omar García Harfuch, sino el general Ricardo Trevilla, el secretario de la Defensa, cuya voz se quebró cuando dio el pésame a las familias de los soldados caídos. El hecho de haberse apropiado de los reflectores hace pensar que tal vez la coordinación entre fuerzas militares y civiles no es tan estrecha como nos lo presumen. O tal vez mi general ya se hartó de aparecer siempre en segundo plano. Después de todo fueron sus soldados -pertenecientes todos ellos a la Guardia Nacional- quienes dieron la cara. Y la vida.

El momento soñado

Con lo ocurrido el domingo, la presidenta atraviesa por el mejor momento de su mandato. Un momento envidiable para cualquier presidente. Y es que más allá de lo que se pueda decir acerca de la lealtad incondicional de Sheinbaum hacia López Obrador o de las presiones recibidas por parte de Trump, lo cierto es que queda la percepción de que por fin el gobierno está haciendo algo para arrebatarle a la maña un pedazo del poder que ha acumulado a lo largo de años de corrupción e impunidad. Al pueblo le da lo mismo que todo se haya hecho con la colaboración de los gringos o sin ella. A la gente lo que le importa es sentirse segura, protegida. No es aventurado decir que si la presidenta logra pacificar el país antes de su sexenio termine, no tendrá que preocuparse por los resultados de la elección del 2030. Quien sea que contienda de parte de Morena por la Presidencia de la República, tendrá enormes posibilidades de ganar. Y si además, el candidato morenista resulta ser Omar García Harfuch, se podría decir que el triunfo está casi garantizado.

Un golpe feroz

Para algunos la captura y muerte del Mencho es percibida como una victoria de poco valor. Una victoria que, aunque espectacular, dista mucho de ser la solución del gran problema. Ahí queda el caso de Sinaloa, donde luego del secuestro del Mayo Zambada, estalló una guerra que hasta hoy nadie ha podido sofocar. Pero con el Mencho las cosas se ven distintas. Estamos hablando de uno de los hombres más buscados del mundo por la justicia del país más poderoso del mundo. Un hombre cuyo imperio continúa abarcando decenas de países. Alguien que en vida poseía ejércitos perfectamente equipados y adiestrados; alguien que podía comprar a políticos y militares del más alto rango en cualquier parte del planeta. El jefe de jefes. No, no es menor su captura y eliminación. Es por mucho uno de los golpes más feroces que un gobierno mexicano le haya asestado a un cártel del crimen organizado. Por supuesto, al igual que lo ocurrido en Sinaloa, no parece que la violencia se vaya a extinguir de un día para otro. Se prevén reacomodos, disputas y venganzas por el poder entre los mañosos. La diferencia es que ahora todos saben que no importa dónde se oculten o cuánto poder de fuego puedan reunir, el gobierno mexicano y los gringos los van a topar. Y cuando eso ocurra no habrá manera de salvarles el pellejo. En efecto, los gringos ya están aquí. No necesitan invadir pueblos mexicanos o lanzar misiles desde una base secreta, para hacer sentir su presencia. El problema para la presidenta es que cuando ya no haya más capos mexicanos (de peso) que enviarle a los gringos, el gobierno, en su afán de sacudirse en algo la presión asfixiante de Trump, no tendrá más remedio que sacrificar las cabezas de varios políticos pertenecientes a Morena. ¿Comienza a cerrarse el círculo?

El domingo pasado la presidenta comprobó que en el México bronco la maña posee un poder enorme. Y la única forma de arrebatárselo es a sangre y fuego. Aquello de los abrazos y no balazos es sólo propaganda de un régimen previo al suyo, que le heredó un campo minado. La pregunta que quizá nunca encuentre una respuesta es si en realidad el Mencho murió en medio de las balas o fue muerto después. Ello como una maniobra del propio Ejército Mexicano para evitar que los gringos se lo llevaran a un corte federal, tipo la de Brooklyn, en Nueva York, donde sería obligado a decir todo lo que sabía acerca de políticos, empresarios y militares que jalaban con él en negocios como la droga o el huachicol fiscal. Si bien es cierto que ninguno de ellos fundó el Cártel Jalisco Nueva Generación, sí que lo ayudaron a convertirse en un monstruo. ¿Se atreverá la presidenta a lanzar de nuevo toda su furia contra los otros monstruos?



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