El hallazgo de un pequeño fragmento de resina masticada en la isla de Lolland, al sur de Dinamarca, ha abierto una ventana insólita al pasado. Se trata de una pieza de brea de abedul, de unos 5700 años de antigüedad, que aún conserva las marcas de dientes de la persona que la masticó. Este “chicle” prehistórico ha permitido extraer un material genético excepcionalmente bien conservado. Gracias a él, un equipo internacional de científicos ha logrado reconstruir el genoma completo de la persona que lo masticó (una mujer del Neolítico temprano escandinavo), junto con su microbioma oral y restos de su dieta. El estudio, publicado en Nature Communications, demuestra que estas piezas de resina masticada son una fuente de información incomparable para la arqueología y la paleogenómica.
La resina de abedul y sus usos en la prehistoria
La resina de abedul, también conocida como brea de abedul, es una sustancia negra y viscosa que se obtiene al calentar la corteza de este árbol. En Europa, se utilizaba desde tiempos muy antiguos como adhesivo, especialmente en la fabricación de herramientas compuestas.
Los restos arqueológicos muestran que los grupos mesolíticos y neolíticos la masticaban, quizás para ablandarla con el objetivo de utilizarla en las labores de enmangue. No obstante, los investigadores también sugieren posibles usos medicinales, ya que uno de sus principales componentes, el betulinol, posee propiedades antisépticas.
El ejemplar utilizado en este caso procede del yacimiento de Syltholm, un área donde los restos orgánicos se preservaron de forma excepcional. De hecho, el fragmento de resina hallada aún conserva las huellas dentales humanas perfectamente visibles.

La datación y la confirmación del material
Para establecer la antigüedad del hallazgo, se realizó una datación por radiocarbono. El resultado situó el “chicle” en 5858–5661 años calibrados antes del presente (aprox. 5700 años), esto es, en plena transición entre el Mesolítico final y el Neolítico inicial en Dinamarca. Esta cronología coincide con un periodo de reemplazo cultural, cuando la cultura Ertebølle, basada en la caza y la recolección, dio paso a la cultura de los vasos de embudo.
Los análisis químicos mediante espectroscopía infrarroja (FTIR) y cromatografía de gases con espectrometría de masas (GC-MS) confirmaron que se trataba de brea de abedul. El hallazgo resulta aún más significativo por otro dato: en el yacimiento no se han encontrado restos humanos. La resina masticada, por tanto, constituye la única fuente directa de ADN humano de ese lugar.

La reconstrucción del genoma a partir de la brea de abedul
El equipo de investigación extrajo ADN de la muestra con resultados excepcionales. De los 390 millones de lecturas generadas, alrededor de un tercio pudieron alinearse con el genoma humano de referencia. La calidad del material fue tan elevada que incluso se logró reconstruir un genoma humano completo con una cobertura promedio de 2,3×.
El análisis determinó que la persona que había masticado la resina era una mujer. Su ADN mitocondrial se adscribió al haplogrupo K1e, mientras que el examen fenotípico mediante el sistema HIrisPlex-S reveló que, probablemente, tenía la piel oscura, el cabello castaño oscuro y los ojos azules. Esta combinación de rasgos también se ha observado en otros cazadores-recolectores europeos, como el famoso individuo de La Braña en España. El estudio parece confirmar, por tanto, que la pigmentación clara de la piel en Europa responde a una adaptación difundida con posterioridad.
Asimismo, los investigadores comprobaron que la mujer no poseía las mutaciones asociadas a la persistencia de la lactasa. Esto significa que era intolerante a la lactosa, un rasgo habitual antes de que se generalizase el pastoreo y el consumo de lácteos.

Afinidades genéticas y contexto poblacional
Los análisis comparativos sitúan a la mujer de Syltholm dentro del grupo de los cazadores-recolectores occidentales (WHG, Western Hunter-Gatherers), que estñan genéticamente emparentados con las poblaciones del continente europeo más que con los cazadores escandinavos orientales. De hecho, su perfil carece de aportes genéticos de los agricultores neolíticos de Anatolia o de los cazadores orientales.
Este dato es relevante porque confirma que, hacia el 3700 a.C., los habitantes de Dinamarca meridional mantenían aún un acervo genético cazador-recolector, pese a encontrarse en plena transición cultural hacia el Neolítico. En otras palabras, la adopción de prácticas agrícolas en la región no estuvo acompañada, necesariamente, de un reemplazo inmediato de la población.

El microbioma oral y el estado de salud
Además del genoma humano, el análisis reveló ADN de bacterias y virus presentes en la boca de la joven. Los investigadores identificaron las especies habituales del microbioma oral, como Neisseria subflava o Rothia mucilaginosa, así como miembros del llamado complejo rojo de bacterias relacionadas con las enfermedades periodontales, entre ellas Porphyromonas gingivalis y Treponema denticola.
Un hallazgo particularmente llamativo fue la detección de secuencias de Streptococcus pneumoniae, un patógeno capaz de causar neumonía, y del virus Epstein-Barr, asociado a la mononucleosis y a ciertas enfermedades linfoproliferativas. Aunque no puede afirmarse que la mujer padeciera estas dolencias, la presencia de estos microorganismos ofrece información valiosa sobre la evolución de los patógenos humanos y su convivencia con nuestros ancestros.

Restos de dieta: avellanas y ánades reales
El material analizado, además, contenía también trazas de ADN de especies vegetales y animales. Entre ellas, destacan el avellano (Corylus avellana) y el ánade real (Anas platyrhynchos), dos recursos alimenticios muy comunes en el Mesolítico y Neolítico escandinavos. Su presencia sugiere que la mujer pudo haberlos consumido poco antes de mascar la resina. Estos restos apoyan la evidencia arqueológica de que los grupos de la región seguían explotando intensamente los recursos silvestres, incluso después de la introducción de la agricultura.
Implicaciones para la arqueología y la paleogenómica
Este descubrimiento demuestra que los fragmentos de resina masticada funcionan como depósitos excepcionales de ADN antiguo. Su capacidad de preservar tanto el genoma humano como el microbioma los convierte en cápsulas biológicas capaces de ofrecer una instantánea de la vida cotidiana en la Prehistoria. Hasta ahora, la obtención de ADN humano dependía casi exclusivamente de los restos óseos o dentales. La resina masticada amplía así el rango de fuentes disponibles y abre nuevas posibilidades de estudio en yacimientos donde los restos humanos escasean o han desaparecido.
Referencias
- Jensen, T.Z.T., Niemann, J., Iversen, K.H. et al. 2019. “A 5700 year-old human genome and oral microbiome from chewed birch pitch”. Nature Communications, 10, 5520. DOI: https://doi.org/10.1038/s41467-019-13549-9
Cortesía de Muy Interesante
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