Durante décadas, los arqueólogos han reconstruido pacientemente la evolución del pensamiento humano a través de las herramientas. Piedras talladas, huesos afilados, lanzas primitivas… Pero un reciente hallazgo en Sudáfrica ha abierto una nueva ventana, sorprendente e inquietante, al pasado: hace unos 60.000 años, los cazadores de la Edad de Piedra ya utilizaban veneno en sus armas.
No se trata de una suposición ni de una interpretación especulativa. Es evidencia directa, tangible, de una de las formas más sofisticadas de caza de la Prehistoria: la aplicación intencionada de toxinas vegetales en puntas de flecha de piedra, una estrategia que requería no solo conocimiento botánico, sino también habilidades cognitivas avanzadas, planificación y comprensión de la causalidad.
El descubrimiento proviene del refugio rocoso de Umhlatuzana, en la provincia de KwaZulu-Natal, Sudáfrica. En este yacimiento arqueológico se han reanalizado unas diminutas piezas de cuarzo excavadas en los años 80, conocidas como microlitos. A simple vista, parecían simples herramientas. Pero gracias a técnicas modernas de análisis químico, se ha descubierto en cinco de estas piezas la presencia de alcaloides tóxicos propios de una planta local: Boophone disticha, también conocida como “bulbo venenoso”.
Un arma mortal en manos prehistóricas
Este hallazgo no solo bate récords cronológicos —es la evidencia más antigua hasta la fecha del uso de venenos en la caza—, sino que cambia por completo la forma en la que entendemos la mente de nuestros ancestros. Hasta hace poco, la prueba más antigua de veneno en armas databa de hace unos 7.000 años. Este nuevo estudio retrocede esa línea unos 53.000 años más.
La planta implicada, Boophone disticha, es endémica de Sudáfrica y conocida por sus efectos letales. Su savia lechosa puede causar alucinaciones, paro respiratorio, náuseas severas y muerte. Los pueblos indígenas la han utilizado durante siglos como veneno para cazar. Que ya fuera conocida por los cazadores del Pleistoceno implica una cadena de saberes complejos: identificar la planta, procesarla, aplicar su savia de manera eficaz sin intoxicarse, y utilizarla de forma estratégica durante la caza.
Las pruebas de laboratorio no dejan lugar a dudas. Las sustancias encontradas —buphanidrina y epibuphanisina— son alcaloides únicos de esta especie vegetal. Además, se hallaron en un patrón que sugiere que formaban parte de un adhesivo con el que se pegaban las puntas a los astiles de las flechas. La distribución del residuo indica que las flechas eran probablemente utilizadas de forma transversal, tal como se ha documentado también en armas tradicionales africanas del último milenio.

Cazadores pacientes, pensadores complejos
Lo más sorprendente del descubrimiento no es solo el veneno, sino lo que implica a nivel cognitivo. Para que el veneno funcione, el cazador no puede esperar una muerte instantánea. La flecha envenenada no derriba al animal en el acto. Provoca un declive lento. El animal herido escapa. El cazador lo sigue. Debe tener paciencia, debe rastrear, debe entender que el efecto llegará con el tiempo.
Este comportamiento implica planificación a largo plazo, inhibición de la respuesta inmediata, memoria de trabajo y razonamiento abstracto. En otras palabras: pensamiento complejo. Estamos hablando de individuos que no solo fabricaban herramientas, sino que pensaban en el efecto diferido de una sustancia, que conocían el comportamiento animal y sabían cómo convertir un compuesto tóxico en una ventaja táctica.
Esa complejidad mental, según muchos investigadores, es un hito clave en la evolución humana. Y hallazgos como este sitúan el desarrollo de esa capacidad mucho antes de lo que se creía. Se creía que este tipo de razonamiento solo había surgido en los últimos 10.000 o 15.000 años, con el inicio de las culturas neolíticas. Pero estos pequeños microlitos con rastros de veneno en su superficie cuentan una historia diferente.
Una herencia que perdura
La práctica de envenenar flechas no es solo un asunto del pasado remoto. Las poblaciones san y khoe del sur de África han utilizado esta técnica hasta tiempos recientes. De hecho, uno de los aspectos más fascinantes del estudio fue la comparación entre los residuos hallados en las piezas de Umhlatuzana y las sustancias encontradas en flechas etnográficas recogidas en el siglo XVIII por exploradores europeos. Los resultados fueron casi idénticos.
Esto sugiere una continuidad cultural impresionante: una tecnología eficaz y letal que ha sobrevivido durante decenas de milenios. Cambiaron las lenguas, los climas, los paisajes, pero la técnica perduró.
Algunos expertos creen que esta conexión directa entre prácticas antiguas y contemporáneas demuestra que ciertos conocimientos, como los de la farmacología natural, son tan vitales para la supervivencia que han pasado de generación en generación sin interrupción. En este caso, literalmente, de la Prehistoria al presente.

Un nuevo rostro para la Edad de Piedra
El descubrimiento en Umhlatuzana no solo proporciona un dato aislado, sino que plantea preguntas más profundas sobre cómo era realmente la vida en la Edad de Piedra en África. Hasta hace unas décadas, se representaba a los cazadores del Pleistoceno como seres primitivos, apenas organizados. Pero descubrimientos como este obligan a revisar esos estereotipos.
Estos cazadores eran mucho más que supervivientes rudos. Eran observadores del entorno, sabían interpretar los efectos de las plantas, fabricar adhesivos, construir armas compuestas y ejecutar estrategias de caza complejas.
Además, dominaban el arte de trabajar la piedra con gran precisión, creando puntas pequeñas, aerodinámicas y funcionales, conocidas como microlitos. La combinación de tecnología de miniaturización con química vegetal es una de las más sofisticadas que se conocen en la prehistoria.
Y no hay que olvidar que todo esto ocurrió hace 60.000 años, mucho antes de las primeras ciudades, de la agricultura o incluso de las pinturas rupestres más famosas. En un mundo aún salvaje, en un paisaje africano de sabanas y grandes mamíferos, unos grupos humanos ya habían encontrado el modo de transformar plantas en armas letales.
Este tipo de avances, invisibles a simple vista, nos obligan a reescribir la historia de nuestros orígenes. No porque los datos anteriores fueran falsos, sino porque aún seguimos descubriendo piezas esenciales del rompecabezas humano.
Cortesía de Muy Interesante
Dejanos un comentario: