Por Horacio Rivera
Con esas palabras y una actitud de perdona vidas, Nicolás Maduro, hoy preso en Estados Unidos, retó a Donald Trump antes de ser secuestrado por el ejército gringo -hay que tener cuidado con lo que se desea-. Hoy la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, ha quedado al mando del gobierno venezolano con la consigna de obedecer los mandatos de Washington y, la orden expresa, de mantener a raya a aquellos que, junto con ella, pertenecían al círculo más cercano del dictador
Otro más que es subido a una avión contra su voluntad, y sin boleto de regreso. Le pasó al Chapo Guzmán, le pasó al Mayo Zambada y ahora le ocurrió al ex dictador venezolano, Nicolás Maduro. Los tres tenían algo en común. Andaban jalando con el narco. Claro, el caso de Maduro es aun más grave, pues se trata del presidente de un país. Durante más de cuatro meses los servicios de espionaje e inteligencia gringos tendieron un cerco alrededor de Maduro. Lo estuvieron siguiendo; sabían sus horarios, sus rutinas, incluso conocían los nombres de sus mascotas. Desde el gobierno chavista alguien les informaba la vida y obra del dictador. Las advertencias y las señales de parte de los gringos no fueron pocas. Antes de ir por él, ya habían hundido varias embarcaciones venezolanas presuntamente cargadas de cocaína.
Y le ocurrió a Maduro lo que suele ocurrirle a la mayoría de los dictadores. La soberbia, que distorsiona la realidad y obnubila la razón, terminó por pasarle la factura. La receta fue la misma que hemos visto en las películas de Hollywood y en la series de Netflix. Una incursión relámpago en medio de la madrugada caraqueña, seguido de un bombardeo aéreo y la posterior extracción del “objetivo” con rumbo desconocido. Todo ello arropado bajo el discurso, también de las historias hollywoodenses, de que no importan los daños colaterales, como tampoco importa el derecho internacional, ni la soberanía. Cualquier medio usado por los gringos es absolutamente legítimo, siempre que se busque la justicia y la libertad de los pueblos. De entrada, se cargaron a más de ochenta militares cubanos, quienes, se supone, custodiaban a Maduro y a su esposa. Por su parte, los gringos acusan a Maduro de narcoterrorista, un eslabón en la larga cadena del narcotráfico latinoamericano, de la que los cárteles mexicanos son parte fundamental. Y claro, también está el ánimo de venganza personal de Trump por las burlas y las bufonadas que Maduro le lanzó en televisión nacional antes de ser capturado. “Don’t worry be happy”, cantaba Maduro frente a sus aplaudidores, con ademán sobreactuado y fingida sonrisa.
El mensaje
El show mediático del levantón de Maduro le dio la vuelta el mundo en minutos. Explosiones iluminando la noche caraqueña, helicópteros cruzando el cielo, gritos de gente al borde de un ataque de pánico. Las imágenes son dignas del tráiler de una película de Oliver Stone. El cuadro perfecto para recordarle al planeta entero y, al propio pueblo estadounidense, que el continente americano es de los gringos. Y que en esa América el socialismo apesta. Igual que apestan países como Rusia, China o Irán, los cuales representan una amenaza para los gringos. El mundo ha vuelto a respetar a Estados Unidos, afirmó Trump con satisfacción. Como si con esa frase se reconciliara con su propio electorado. Como si con esa promesa esperase que el Congreso, de mayoría republicana, lo apoye en su temeraria ocurrencia de apoderarse de Groenlandia, con la esperanza de que esos mismos republicanos ganen las elecciones intermedias, que ocurrirán en noviembre.
Como podría esperarse, la izquierda mexicana se desgarró las vestiduras por la invasión venezolana. Bueno, hasta López Obrador, mandó su cartita para quejarse del agandalle de los gringos. Digamos que puso las barbas a remojar. Si ya se llevaron a Maduro, el día menos pensado se lo llevan a él. O a un gobernador. O a un senador, o al que necesiten. Cuestión de tiempo. En tanto, fuera de Venezuela, millones de venezolanos en el exilio celebraron que Maduro haya sido llevado a Estados Unidos. Pero en Caracas la cosa arde. Ha comenzado la disputa por el poder dentro del que fuera el círculo más cercano al dictador. De las pocas marionetas que los gringos tenían para escoger, decidieron que Delcy Rodríguez, la vicepresidenta, asumiera el control del gobierno. Claro, con la condición de que Rodríguez haga todo lo que se le ordene desde la Casa Blanca. Como negociar o someter, si es necesario, a personajes que, al igual que la propia Delcy Rodríguez, compartían las mieles del poder con Maduro. Gente como el general Vladimir Padrino, ministro de Defensa, y Diosdado Cabello, ex mano derecha de Maduro y ministro de Relaciones Interiores. Eso además de mantener a raya al pueblo que aún apoya al depuesto dictador, como los llamados “colectivos”, escuadrones paramilitares, creados por Maduro para reprimir e intimidar a la población civil.
Se busca presidente
Preocupan también las declaraciones de Trump, en las que dejó muy claro que los gringos estarán “a cargo” de Venezuela hasta el momento en que se pueda realizar una transición segura, adecuada y juiciosa. ¿Eso significa que Venezuela se ha convertido en un protectorado de Estados Unidos, tipo Puerto Rico? ¿Y quién decidirá cuál será el momento de la tan anhelada transición? ¿El secretario de Estado, Marco Rubio? ¿El presidente Trump? ¿El Congreso gringo? Es previsible que mientras los gringos estén en Venezuela, las cosas le irán mucho mejor al pueblo, que cuando Maduro gobernaba. Los gringos pondrán millones de dólares, tanto para explotar las enormes reservas de petróleo que posee Venezuela, como para la exploración de las llamadas tierras raras. Por supuesto, ellos se llevarán la tajada más grande del pastel y las migajas serán para el pueblo venezolano. Al menos habrá trabajo y una economía de mercado. Pero, ¿están preparados los venezolanos para cambiar un régimen que duró un cuarto de siglo? Tal vez sólo se fue el dictador, pero se quedó la dictadura.
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