
Ha llegado la hora de la resistencia antifascista.
Resistencia, porque ya no es el tiempo de la autonomía estratégica, de la reducción de los riesgos de dependencia, ni siquiera de la independencia. Es el tiempo de diseñar estrategias europeas de defensa y combate político y militar.
Antifascista, porque el asalto que sufre Europa desde Oriente y Occidente tiene de manera cada vez más evidente los rasgos de esa nebulosa ideológica que cuajó en Italia hace un siglo. Ninguna duda cabe desde hace lustros acerca de la naturaleza fascista del régimen putinista, autoritario, violento, machista, tradicionalista. Cada vez menos dudas caben, desgraciadamente, sobre los instintos fascistoides del movimiento instalado en el poder en el que fue el gran aliado de Europa en las últimas ocho décadas, EE UU. Si el ataque al Capitolio no fue suficiente, tienen ustedes a su disposición una asombrosa colección de pruebas recientes, desde la acción de las brigadas ICE —cada vez más parecidas a escuadrones de camisas negras— hasta las bochornosas ofensivas judiciales contra quienes no se pliegan a los deseos del rey —como Jerome Powell— o la operación indisimuladamente imperialista en Venezuela, donde al margen de fijarse en la ilegal captura del dictador local hay que fijarse en lo que se dijo después, en esa voluntad expresada de controlar, gestionar un país soberano. Por último, ninguna duda cabe de que lo que estas dos potencias llevan a cabo es, con distintos medios, un asalto contra Europa.
Ante todo esto, hay que diseñar planes no solo para ser independientes: hay que ser temidos. Así de triste es este mundo. Hay que pensar en cómo ser lo suficientemente fuertes para disuadir, en cómo perfilar las herramientas necesarias para que nos dejen en paz. En una reciente reunión, un alto cargo político que dejó hace poco funciones de liderazgo en un importante país europeo lamentó que no se dedicara suficiente tiempo en el pasado en pensar en dotarse de pistolas metafóricas de las cuales disponer en este nuevo mundo salvaje. China lo hizo, con su control de los recursos estratégicos o de la manufactura. Europa, no. Ahora hay que mirar bien qué tenemos a nuestra disposición, y qué podemos conseguir rápidamente.
Si durante un tiempo pudo entenderse que algunos trataran de contemporizar, evitar un conflicto abierto con Trump para ganar tiempo, conseguir que EE UU no abandonara por completo su respaldo de seguridad a Europa mientras se desarrollaban capacidades autóctonas, ahora las propias acciones de Washington cuestionan cada vez más esa actitud. La Casa Blanca nos está triturando y humillando, usando nuestra dependencia en seguridad para buscar ventaja en todo el espectro, sea obteniendo concesiones en comercio, en regulaciones tecnológicas, o en Groenlandia. El apaciguamiento es una lenta muerte por asfixia.
Últimamente, la UE está dando pasos significativos. La firma del acuerdo con Mercosur es una excelente noticia, y es probable que pronto se cierre otro con la India, actor con el cual conviene profundizar relaciones porque, como nosotros, no quiere y no puede estar alineado con Trump, Putin o Xi. La aprobación de la emisión de deuda común para apoyar a Ucrania fue una decisión no óptima pero notable. Y el envío de tropas a Groenlandia es un reflejo acertado. Deberían enviarse más, no porque vayan a poder detener nada en el plano militar, sino por el mensaje político que encarnan. España debería sumarse, así como debería estar en todas las reuniones de líderes europeos de la coalición de voluntarios que apoya a Kiev. Si no está, debería explicar por qué, si es por decisión propia o ajena.
Pero además de eso hay que empezar a pensar bien en todos los elementos de resistencia —de disuasión y represalia dura— ante las agresiones, los abusos, los chantajes. Pensarlo bien y, sin provocar, hacerlo ver bien. No es fácil. Podemos infligir represalias dolorosas para EE UU pero todas acarrean peligrosas consecuencias —golpeo a los gigantes tech, expulsión de tropas estadounidenses en Europa, fin de la compra de armamento estadounidense—. Es hora de trabajar en ese pensamiento, afinarlo, cristalizarlo, usarlo como elemento disuasorio. Nosotros tenemos graves dependencias, pero para EE UU perder sus alianzas por completo es un suicidio, y una acción concertada y verdaderamente decidida sobre un plan bien elaborado puede conseguir mucho. No somos tan débiles si actuamos juntos con tino y decisión.
La ruptura del lazo transatlántico no conviene a los europeos, es algo traumático, es el sueño de Putin, y el de Xi. No obstante, vamos camino de su irrelevancia de todas formas, así que es imprescindible perfilar instrumentos y rasgos de la resistencia en vez de contemporizar. Contemporizar con el matonismo rara vez es una buena idea. Siempre crece alimentándose de los titubeos.
Y esto apunta a lo más importante. Pensar en planes y herramientas es fundamental. Pero más esencial todavía es cambiar nuestro marco mental. Los europeos debemos superar nuestros miedos. Tenemos muchos. Hemos vivido durante décadas en un paréntesis de la historia sin amenazas vitales que nos ha desacostumbrado a afrontar el peligro. Ahora el matonismo vuelve a ser una amenaza existencial. Resistir la embestida requiere la disposición a luchar. Combat se llamaba, no por un casual, el periódico de la resistencia francesa en el cual firmaban Camus, Sartre o Aron.
Es interesante notar que se trataba de figuras con distintas inclinaciones políticas. Porque la resistencia, como apunta también la historia italiana, requiere, además de no tener miedo, unión. Miedo y desunión son sinónimos de derrota. No cuesta imaginar la perspectiva de una Europa que se divide ante un Trump que se hace con Groenlandia por las malas, por ejemplo, con la lógica esperanza de que podrían mantenerse con vida garantías estadounidenses en el Este de Europa. Hay que evitarlo.
Todos quienes no nos reconocemos en el modelo del asaltante estamos convocados a esa resistencia, aparcando diferencias de partidismo menudo ante el desafío existencial y, en la medida de los posible, superando temores. Podemos construir nuevas relaciones con otros países o bloques, pero en el momento de la verdad, los europeos demócratas no podremos contar con nadie más que nosotros mismos frente al trumpismo y al putinismo, que por cierto actúan con gran coordinación.
Todo esto no es para nada belicismo, sino disposición a defender un modelo compartido en sus valores esenciales por distintas corrientes políticas y que se halla bajo un ataque indisimulado. Ha llegado la hora de la resistencia antifascista.
Cortesía de El País
Dejanos un comentario: