Magnífico Togarashi reflexiona sobre la crueldad contra los animales

Mientras Magnífico Togarashi atusaba su abundante bigote —un “pornstache” del que está orgulloso pues da a su nariz de guajolote una dignidad espeluznante—, una idea se aposentó de pronto en su mente. ¿Cómo se va a aposentar y acomodarse una idea súbita? A Togarashi le pasa con frecuencia. De pronto vienen a él pensamientos complejos, sonetos isabelinos, fórmulas matemáticas y de química orgánica, así como jugarretas lógicas con las que se divierte con su joven sobrino, Pacífico Togarashi. La idea llega y sin mayor trámite es resuelta por la poderosa mente de Magnífico.

Dicen que la más evidente señal de inteligencia es la capacidad de mantener dos pensamientos en mente al mismo tiempo. Togarashi pensaba en que le hacían falta garrafones de agua y también esta idea sinuosa que ahora le ocupaba. Magnífico Togarashi es famoso por sus partidas de ajedrez en dos tableros simultáneos mientras come una torta de queso de puerco. No cabe duda que Togarashi es brillante, y muchos lo consideran de una crueldad calculada e inteligente. ¿Acaso un psicópata? No seamos dramáticos, pero tampoco eliminemos la posibilidad.

Todo hay que decirlo: Togarashi es la maldad devenida en intelectual. Se refocila en el terror que causa en círculos de la culturiux como polemista invencible. O no tan invencible pero sí de armas tomar, como dicen las abuelas.

La idea que atravesó de botepronto a Togarashi: la idiotez sentimental de considerarse hermano del lobo, del liquen, de los rododendros. ¿Qué sí compartimos, como dicen los científicos bombásticos, el 98% de ADN con los micos y el musgo? ¿Eso los hace ciudadanos de pro? ¿Habría que darles derechos plenipotenciario a los pomerania: “Oh la lá, disculpe, monsieur Mollete, es hora de sus Nupec con fibra para la digestión?”.

Que haya gente qué se desvive por el derecho animal sorprende y causa risa a Togarashi. Tan fácil sería matar a todos los perros callejeros del mundo, esa fauna nociva.

Magnífico tomaba nota para su columna en el próximo número de NexusPlexusSexus, revista de porno inteligente —precisamente de la variedad sapiosexual, aunque la editora no le saca a ningún dengue carnal con tal de vender números— en la que tenía una muy leída participación mensual. A Togarashi no podría interesarle menos el contenido erótico de la revista en la que escribe. Lo que es más: ni siquiera la compra. Allá aquellos onanistas que la “consumen”, él por su lado.

Decía Ralph Waldo Emerson, piensa con desprecio Togarashi mientras arregla su tupido bigote, que todas y cada una de las partículas del universo confluyen en la naturaleza del hombre y del Absoluto. “Ponemos la vida en cada acto”, escribió Emerson, “y el valor del Universo se vuelca en cada pequeña partícula del todo. El Universo está, entonces, vivo”. Qué idea tan hermosamente estúpida. El Universo está tan lleno de vida como el cerebro inservible de ese tal José Azeite, a quien Magnífico odia. La noción de que somos parte de un Universo inteligente que pone a las bestias a la altura de los seres humanos asquea a Togarashi.

La parte, piensa Togarashi ante el espejo, no ha de confundirse con el todo. Si hay un Universo con intención entonces la voluntad humana no le pertenece al individuo. No hay libertad posible. Y Magnífico Togarashi se precia de ser un libertario de tomo y lomo.

En una de sus columnas, Togarashi mostró aprecio por cada uno de los renglones de la obra literaria y filosófica de Ayn Rand, sobre todo de la idea de mantener a los débiles así para que no entorpezcan la misión luminosa de los seres superiores: los empresarios y los genios que sepan producir riqueza. Los pobres y los estúpidos, así como la gente normal, no merecen ni una consideración: a someterse todos ellos. A Togarashi le encanta la idea de ser un ser superior destinado a dirigir el mundo.

A esa provocación contestó José Azeite en su columna en Luchas Libres: el libertarismo es sólo dar carta blanca para que los bullys sigan pegándole a niño flaquito en el patio escolar. Por lo tanto, gente como Ayn Rand, y Togarashi por extensión, son unos bravucones esencialmente infantiles que se quedaron atorados en la pulsión anal. Llévales la contraria y llorarán en pleno berrinche, poco más o menos escribió Azeite.

Togarashi pensó aún con mayor intensidad. Azeite, ese inmundo humanista que escribe sobre los derechos de los animales y usaría el lenguaje inclusivo para referirse a un gato transexual, no le iba a ganar la partida. “Contra los animales” titularía Togarashi su próximo texto. Contra todos esos proponentes de la empatía, esa palabra inventada por la izquierda estadounidense como bien señaló Charlie Kirk, ese muchacho con tanto futuro, pensó Togarashi.

En eso estaba cuando entró al cuarto Pacífico Togarashi, conocido como Perico. Un adolescente frágil y sensible pero con tanto instinto asesino (ojito: eso no significa necesariamente maldad) como su tío, Perico se precia de tener en su palmarés diez primeros lugares del concurso de debate nacional para adolescentes frágiles y sensibles pero con instinto asesino. Se va contra la presa con argumentos que le salen naturales como quien reza la tabla del uno. Para Perico nada es tan alucinante como dejar tendido en el suelo, humillados y tristes, a sus oponentes.

Perico encuentra a su tío riendo frente al espejo. Magnífico ya se deleitaba con su próximo texto cuando su sobrino entra y le dice:

—Doctor Togarashi, pues así exige Magnífico que se refieran a él hasta en la intimidad de su casa, ¿has visto las manifestaciones a favor de los perritos del Refugio Franciscano? El asunto ocupa mi mente, lo confieso.

Magnífico volteó alarmado. ¿Sabía Pacífico por un rayo adánico, una especie de telepatía sólo accesible a los Togarashi, lo que pensaba el escritor frente al espejo?

Se dio cuenta Magnífico que si el caso andaba en las noticias, por un chiflón colado de l’air du temps también había llegado a su mente. Se dio de patadas, odiaba ser actual. Qué vulgar es saber las noticias.

—Periquito, contestó con el cariño de las sierpes, ¿no crees que el caso es una pérdida de tiempo? Los animales no tienen más derecho que un diente de león crecido en un bache. Así como aplastamos sin mayor pensamiento a esa hierba mala deberíamos pensar de perros y gatos. No merecen una copia de los derechos humanos nada más porque son fauna carismática.

—Querido doctor Togarashi, dijo Perico, ¿pero no piensas que son seres tan sintientes como nosotros?

—Sintientes mis polainas, Perico. Si acaso sienten dolor o frío o un remedo de gratitud, como pueden tenerlos las plantas y los cuerpos de los apenas vivientes. Prefiero a mi aloe vera a un perro babeante.

Tomó aire Perico: “Y, entonces, doctor: ¿qué me dices de los intelectuales que tienen una relación meramente conceptual con su cuerpo? ¿Ese cuerpo abstracto que apenas respira perdió por tanto su derecho a la existencia?”.

Considera Magnífico la pregunta. “Bueno, no le falta mérito”, pensó. Y se dio cuenta de que la única relación que sostiene con su cuerpo es su bigote.

—Caes en una falacia, sobrinito. Pero te lo dejo pasar. Te digo que considero que mi bigote tiene más derechos que un can. Los animales existen sólo en relación con los humanos. Nosotros somos los seres superiores. Sólo nosotros tenemos ética y derechos.

Perico dijo como quien zanja el asunto: “Pues entonces estamos de acuerdo: los humanos estamos obligados a considerarlos en relación a nosotros y por lo tanto es obligación humana cuidarlos. ¿No dice Aristóteles en su Ética que todo lo que está en relación con los humanos es precioso? Deberíamos pensar, doctor, que los animales son, aunque sea por extensión, parte de la existencia humana y por lo tanto pervive en nosotros una necesidad ética de protegerlos. Aunque sea por eso, doctor Togarashi, su vida es valiosa”.

Pum, touché, jaque mate. Quiso Magnífico abrir la boca pero no tenía más palabras. Refunfuñando algo sobre una lectura convenenciera de Aristóteles y otras cosas que es mejor no reproducir, el intelectual continuó atusando su bigote frente al espejo. Y Perico sonrió con el placer de la batalla ganada.

Cortesía de El Economista



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