No Todos son Narcos

Por Horacio Rivera

Hasta hoy los mexicanos hemos comprado la versión del gobierno y de los medios de que el narco es el monstruo que tiene al país sumido en la violencia. Lo que nunca se nos dice es que el narco no es el gran problema, comparado con los grupos paramilitares que se dedican a cometer otros delitos como la extorsión, el secuestro y el huachicoleo

En México el fenómeno del crimen organizado ha sido reducido, tanto por la narrativa oficial como por la narrativa de los medios de comunicación, a una especie de industria nacional del crimen, comandada por un puñado de cárteles que, se supone, son los grandes generadores de la violencia que sufre el país. Para mucha gente los monstruos más temibles, los grandes culpables de nuestros desasosiegos, son dos: el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación. Por supuesto hay más, pero son percibidos como menos influyentes y menos poderosos. Lo primero que la mayoría de la gente asocia con los “dos grandes” es que se dedican a la producción y distribución de drogas. Sobre todo fentanilo. Y en parte eso es verdad. Lo que nunca se dice es que el narcotráfico por sí mismo es un delito que hoy dista mucho de ser el principal generador de violencia. Hay otros, como la extorsión, el secuestro y el desplazamiento forzado, que son perpetrados por grupos paramilitares; algunos al servicio de los grandes cárteles y, otros, bajo las órdenes del propio gobierno y también de algunos empresarios.

Franquicia criminal

En este punto el fenómeno de la violencia en México se complica aun más. Puesto así, el narcotráfico es el menor de los males. En las series de televisión los cárteles del narco son vistos como empresas multimillonarias, comandadas por directores generales, quienes son al mismo tiempo una especie de dictadorzuelos todopoderosos. Alguien que lo mismo puede ser tremendamente despiadado con sus enemigos, que un hombre justo y compasivo con aquellos que le son leales. Bajo las órdenes del egregio director general de la empresa hay una serie de ejecutivos y sicarios que chambean día y noche para que el changarro nunca deje de facturar. Ficción. En el México bronco el crimen organizado está en manos de muchas redes o células, que operan como una especie de franquicias criminales. A veces tienen tratos con los cárteles más poderosos, para recibir protección o información de inteligencia, pero cada quien actúa casi por cuenta propia. La realidad es mucho más compleja de lo que nos muestran en las narcoseries. En ese México bronco los cárteles de la droga tienen que disputarse al “cliente” con otras tantas organizaciones criminales con perfiles y objetivos distintos. No es lo mismo andar moviendo perico o fentanilo para vendérselo a los gringos, que comandar a un grupo paramilitar, cuyo objetivo es echar a la gente de un pueblo o ranchería para apoderarse de sus tierras. Tierras donde, por lo general, se localizan minas de oro y plata. Hoy la delincuencia organizada se ha apoderado de muchos de los recursos naturales del país. Ha desplazado a la población civil y ha negociado con las grandes trasnacionales el acceso a esos recursos. Por eso no sorprende que en estados como Guerrero existan grandes extensiones de territorio con minas de oro y plata, las cuales son explotadas por mineras canadienses con la anuencia y la “protección” de la maña. ¿Quién no sueña con una mina de oro para poder explotarla a su antojo? ¿O con un ducto de PEMEX para ordeñarlo y luego vender la gasolina tanto en México como en Estados Unidos? No, no es la misma cosa andar vendiendo droga en la calle, que ir de changarro en changarro cobrando derecho de piso a los comerciantes o robando casas habitación. Aquellos que piensan que La guerra que el gobierno gringo le ha declarado al narcoterrorismo mexicano logrará que la violencia desparezca en México, pecan de ingenuos. Probablemente la violencia disminuya o emigre hacia nuevos territorios. Pero no se va a ir. A menos que algún día el Estado mexicano retome el frágil control que alguna vez tuvo sobre la delincuencia en su conjunto. A estas alturas del partido, pegarle al narco es como cortarle una mano al monstruo. El monstruo quedará manco, pero la cabeza y lo que resta del cuerpo continuarán intactos. 

Mina de oro

El 23 de enero de 2026 en Concordia, Sinaloa, diez trabajadores de la minera canadiense Vizsla Silver fueron secuestrados cerca de la mina donde andaban jalando. Semanas más tarde, varios de los secuestrados fueron encontrados muertos en un predio de una localidad conocida como El Verde. Entre los caídos fue identificado un ingeniero y varios mineros. La explicación oficial fue tan simple como breve. Según el gobierno una célula de Los Chapitos confundió a los mineros con gente de Los Mayos. Y les dieron el levantón. Pero hay otra versión más oscura, la cual asegura que un grupo de la maña exigió a Vizsla Silver un pago mensual por derecho de piso. No conformes con lo pedido, los mañosos decidieron ir aun más lejos. De manera que pidieron la mitad de todas las ganancias producidas por la mina. Los administradores de la mina rechazaron entrarle a la extorsión. Y el resto es historia. Una desafortunada historia. ¿Quiénes fueron los extorsionadores? ¿Los narcos o algún grupo paramilitar dedicado al cobro de piso en zonas mineras? Quien quiera que haya sido, para el gobierno morenista lo más conveniente fue culpar al narco. En efecto, el narco se ha convertido en un personaje de enorme utilidad para echarle todos los muertos, tanto por parte del gobierno mexicano como del gobierno gringo y los medios de comunicación. Cuando lo que se ve es que el narco sólo es una parte del engranaje de la delincuencia “hecha en México”, la cual tiene otras caras que nadie se atreve a ver a los ojos. Los cuerpos que aparecieron hace unos días colgados en un puente vial en Zacatecas, como si fueran insectos, son el espantoso retrato del poder paramilitar en México.



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