Por Horacio Rivera
La pasada Copa del Mundo marcó un antes y un después en la historia del fútbol mundial. Lo que vimos tanto en México como en Canadá y Estados Unidos fue una especie de despedida. La despedida del fútbol espectacular. La despedida de los goles imposibles hechos por verdaderos fenómenos. La despedida de un fútbol inclusivo, donde hasta los jodidos tenían la posibilidad de asistir a los estadios
A los genios de la FIFA se les ocurrió que el nuevo fútbol debía parecerse un poco más al futbol americano. Así que sin consultar al respetable decidieron que los partidos de la Copa del Mundo deberían dividirse en cuatro cuartos, igual que alguno de esos juegos de la NFL. Tuvieron también la puntada de decretar una pausa dentro del partido, tipo el “tiempo fuera” del fútbol americano, para que los jugadores se refresquen y echen una platicada con el entrenador. Lo llamaron “pausas de hidratación”. Las reglas del juego también cambiaron, ahora el árbitro podrá iniciar una cuenta regresiva de cinco segundos en los saques de banda y de meta. También se limitó la libertad de expresión de los jugadores, de manera que aquel que sea pillado por el árbitro cubriéndose la boca para decirle algo a un jugador contrario, sea una mentada de madre o un atento cumplido, podría hacerse acreedor a una amonestación. Todo queda al criterio del silbante.
Nuevas reglas
Basta imaginar un partido de fútbol llanero, de esos de rompe y rasga, de los que se disputan en cancha de tierra y porterías sin redes, en el que el árbitro amoneste a los jugadores por decirse cosas entre sí. Ya no digamos tapándose la boca con discreción, sino a grito pelado tal y como suele ser en el llano. En poco tiempo el árbitro terminaría linchado o colgado de un puente con una cartulina que dijera: “Por mamón”. En efecto, algunas de las nuevas reglas dictadas por la FIFA, en México no podrían observarse a cabalidad en el circuito de la quinta división ni las que le siguen. Se supone que los cambios hechos a las reglas fueron inspirados con el espíritu de lograr que los partidos se volvieran más ágiles y, por lo tanto, más emocionantes. O sea que según la FIFA, el fútbol estaba de güeva y urgía convertirlo en un espectáculo trepidante. Suena bien en el papel, pero en la práctica, los cambios no parece que hayan marcado una diferencia significativa. Inclusive muchos de los partidos que vimos terminaron siendo mortalmente aburridos. Para muestra, la Final entre España y Argentina. Tal vez el principal culpable, el invitado incómodo a la pretendida modernización del fútbol, ha sido el mentado VAR (Árbitro Asistente de Video).
Basta que la gente del equipo de revisión de video del árbitro le dé una indicación, para que éste detenga el partido y proceda a revisar el VAR. Toda la revisión, incluido el decreto de la pausa del juego y el visionado de la jugada en un monitor, puede tardar entre uno y dos minutos por parte del árbitro. A veces más. Tiempo suficiente para que el espectador se distraiga y pierda interés en lo que está viendo. Y si a eso añadimos el show/protocolo que debe seguir el árbitro para anunciar al estadio y al mundo su decisión, ya sea respecto a la marcación de un penalti, la expulsión de un jugador o la validez de un gol de dudosa hechura, nos encontraremos con que el VAR está muy lejos de contribuir a que los partidos sean más ágiles. Por supuesto, algunas de las nuevas reglas de la FIFA, más que estar pensadas para hacer el juego de fútbol más entretenido, han sido concebidas para sacarle más dinero a los anunciantes y patrocinadores. “La pausa de hidratación” no es otra cosa que un espacio publicitario disfrazado de bienestar para los jugadores. Lo vimos varias veces. Mientras los equipos se hidratan, las televisoras, dueñas de los derechos de trasmisión de los partidos, nos asestan cualquier cantidad de anuncios publicitarios. Todo se vale mientras se pueda comprar.
Mano negra
La FIFA nunca ha sido un precisamente ejemplo de probidad ni de justicia deportiva. Menos aun con la llegada de Gianni Infantino a la presidencia del organismo. A Infantino se le ha criticado sobre todo la opacidad institucional de la FIFA y sus vínculos con figuras políticas cuestionadas por medio mundo. Sólo a alguien calculador y ambicioso, como Infantino, se le pudo haber ocurrido entregarle el “Premio de la Paz de FIFA” nada menos que a Donald Trump. No. No fue una ocurrencia, sino una estrategia para hacer que Trump se metiera de lleno al Mundial. Y tan se metió de lleno, que el presidente gringo no dejó escapar la oportunidad de colarse en la foto oficial de la selección española luego de que ganara la Final contra Argentina. Después de su insolencia, la imagen de Trump fue removida de la foto (por fortuna existe el Photoshop), pero la maldad ya estaba hecha. Otro tanto podría decirse de algunos partidos de la Copa del Mundo, en los que apareció la mano negra para favorecer a ciertas selecciones, como la argentina, liderada por Leo Messi, uno de los jugadores más rentables a nivel mundial, tanto dentro como fuera de los estadios. Guste o no, Messi es un cheque al portador que vale decenas de millones de dólares. Y alguien así no puede quedar fuera de un torneo como la Copa del Mundo. Aunque para ello haya que echarle la mano a su equipo. No recordaremos este Mundial por sus soberbios goles ni por la emoción de sus partidos. Quedará en la memoria por sus precios, inaccesibles para la mayoría del mundo y por la violencia que generó, ya sea durante los festejos populares o dentro del terreno de juego. El zafarrancho entre españoles y argentinos luego de la Final es un recordatorio de que en la guerra y en el fútbol todo se vale.
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