Por Horacio Rivera
Hace poco alguien mencionó en las redes que no toda los mexicanos deberían tener el derecho a votar, sólo aquellos que cumplieran con ciertos “requisitos”. Lo que surgió como un comentario personal, muy pronto se hizo tendencia, hasta que llegó a oídos de la presidenta Sheinbaum, quien calificó la propuesta de absurda y antidemocrática. Aunque restringir el voto podría dar como resultado mejores gobernantes
Hasta antes de 1953, en México las mujeres no tenían derecho al voto. ¿Por qué? Hay muchas explicaciones. La narrativa feminista culpa a los canijos hombres de haberse opuesto siempre a que las mujeres tuvieran la opción de opinar acerca de la política. Es cierto. Y esa oposición obedecía a un criterio muy simple. Y tiene que ver con el hecho de que hace setenta años una mujer promedio poseía menos información de la que poseía un hombre. Y eso se debía a que la mayor parte del tiempo, las mujeres permanecían en casa criando hijos. De manera que su contacto con el mundo exterior y, con la información que éste generaba, eran escasos. Mucho más que los que poseía un hombre que salía todos los días a la calle a buscarse la vida. En pocas palabras, si el voto no era para todos, obedecía a la lógica de que es un error pedirle a alguien que opine de lo que no sabe. Luego de la Segunda Guerra Mundial todo cambió. Urgía fuerza de trabajo para reconstruir un mundo en ruinas. Fue cuando las mujeres tuvieron que entrar al quite. Dejaron la casa y salieron a competir y a facturar. Esa competencia obligó a los hombres a dos cosas: a compartir la información con la mujer y aceptar que tuviera derecho al voto.
Ignorancia de muchos
Recién llegado al poder, López Obrador se inventó una consulta nacional para “preguntarle” al pueblo sabio si estaba de acuerdo en que se cancelara la construcción del aeropuerto de Texcoco. “Es un asunto de todos, no nada más de los que viajamos en avión”, dijo muy orondo el nuevo presidente, respecto a la importancia de que la gente opinara. El problema es que de los que opinaron, un gran porcentaje no sólo no tenía la más pálida idea acerca de lo que significa construir un aeropuerto, sino que muchos de ellos ni siquiera se habían subido a un maldito avión. Y quizá nunca lo hagan. Como podría esperarse, la inmensa mayoría opinó que la obra de Texcoco debía ser cancelada. Hoy, luego de ocho años, seguimos cargando a cuestas las consecuencias de haberle hecho caso a la ignorancia. Dejamos ir la oportunidad de tener un aeropuerto que pudo traer muchísimos beneficios. Una vez más quedó demostrado que aunque la mayoría opine la misma cosa acerca de algo, eso no significa que tiene la razón. Y es ahí donde la democracia se convierte en una trampa. ¿Cómo se le puede pedir alguien que vote por un diputado, si ignora cuáles son los derechos, las responsabilidades y las obligaciones de alguien que se ostenta como diputado? No. No es suficiente con las promesas de campaña. El votante debería tener un mínimo conocimiento de lo que va a “comprar”. Y eso implica un cierto nivel cultural. No posee la misma información alguien con la secundaria trunca, que alguien con una licenciatura o una maestría o un doctorado. En una empresa, sea privada o estatal, cuando llega el momento de escoger a un nuevo director general, nadie le pregunta a los empleados si están de acuerdo con tal o cual candidato al puesto. La decisión queda en manos de un comité, constituido democráticamente y conformado por gente que conoce a profundidad las necesidades de la empresa. Son los más indicados para tomar una decisión de tal importancia.
Voto vendido
Para alguien como Ricardo Salinas Pliego, el dueño de TV Azteca y acérrimo rival de la 4T, aquellos que reciben apoyos económicos por parte del gobierno no deberían votar. En algo tiene razón Salinas. Un pueblo acostumbrado a los “apoyos”, difícilmente votará por algún partido distinto a aquel que le suelta el billete. Aunque ese pueblo sepa que sus candidatos tienen pacto con el crimen organizado. Significa venderle el voto al diablo. Eso sí, al momento que el presidente municipal o el edil o, el diputado, resultan ser mañosos, vienen los reproches de los votantes. Todos se arrepienten y se lamentan, pero pocos reconocen que fueron ellos los culpables del mal gobierno. Por otro lado, decir que quienes reciben apoyos del gobierno no deberían votar, sería tanto como negar el voto a los más pobres. No se trata de pobres o ricos, se trata de que el votante sea un ciudadano informado y consciente. El voto es algo muy serio y debería ser visto con la misma seriedad. Aquel que quiera ejercer el derecho a votar debería merecer ese derecho. Sea pobre o sea rico.
Es comprensible que un gobierno de corte populista, como el mexicano, deteste la idea de que sus ciudadanos cumplan con ciertos requisitos para poder votar. Pues eso, entre otras cosas, traería como resultado votantes mucho más exigentes, más críticos que nunca. Y eso obligaría a los partidos políticos a presentar candidatos de mayor calidad de cara a las elecciones. Y no los mamarrachos que nos endilgan en las boletas. Incluso los diputados y senadores plurinominales serían escogidos con mucho más tiento. Casos tan desafortunados como el del ex diputado morenista, Sergio Mayer, o del diputado morenista, Cuauhtémoc Blanco, difícilmente se repetirían. Hay voces que sugieren que para votar, primero habría que someterse a un examen de conocimientos generales en política. Otros plantean que el votante debería contar con un grado mínimo de escolaridad. Otros más plantean sustituir el voto individual por un voto por familia. Lo que es indiscutible es que el voto se ha prostituido, se ha convertido en una mercancía que los partidos políticos le pueden compra a cualquier mexicano por 500 pesos. Nomás queda la duda: ¿un pueblo mejor informado habría votado por alguien como López Obrador o como Donald Trump?
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