“¿Y cuánto por este?”, pregunta una chica por una caja transparente con calabazas de chocolate. Mira brevemente a su acompañante y pide que la sumen a su cuenta, mientras se repliega lo más que puede en el angosto local del Mercado de Dulces de La Merced.
Cruzar los pasillos es casi tan complicado como manejar en una noche de quincena. La gente se agolpa, las bolsas chocan con los hombros ajenos y uno tiene que reducir su existencia frente a los puestos como para hacerse más delgado.
Débora añade más cajas a la nota de su clienta, quien al parecer revenderá esas calaveras, calabazas, tumbas y figuritas de mascotas. Se llama Araceli, pero la conocen como Débora, una de las pioneras en la venta de calaveritas de chocolate en este mercado de la CDMX.
Atiende con sus hijos Yahel y Kevin, quienes nacieron entre chocolate y azúcar glas. En la primaria, Kevin se pavoneaba porque su mamá hacía calaveritas, llenando cada año casi toda…
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