La Revancha de los Miserables

Por Horacio Rivera

Al gobierno francés ya se le terminó el dinero. SU deuda es estratosférica y ya no queda mucho para seguir repartiendo entre el pueblo y entre los migrantes extranjeros, todos ellos acostumbrados a recibir apoyos y subvenciones por parte del Estado. El “bienestar francés” se derrumba entre protestas y saqueos de gente cuyo futuro pende de un hilo

No se puede negar que el gobierno de centro derecha del presidente francés, Emmanuel Macron, ha sido generoso, no sólo con el pueblo francés, sino también con los migrantes llegados, sobre todo, de los países africanos. En Francia cualquier ciudadano tiene derecho a recibir distintas ayudas sociales y familiares. Desde Ayuda Personalizada para la Vivienda (APL), hasta la Prestación de la Acogida del Hijo, que incluye primas por nacimiento o adopción y subsidio base. Ahora que si se trata de un ciudadano, digamos muy jodido, éste cuenta con la posibilidad de acceder a un complemento económico mensual. Eso además de la posibilidad de recibir atención médica y cobertura de salud gratuitas. En el caso de los extranjeros, tampoco les ha ido mal. El gobierno los apoya, ya sea que se trate de solicitantes de asilo o extranjeros con residencia legal, e incluso aquellos que se encuentran en situación migratoria irregular; estos últimos tienen derecho a una cobertura de atención médica gratuita si comprueban que han permanecido en Francia durante tres meses. Por décadas la promesa del “bienestar francés” funcionó razonablemente bien, mientras la mano de obra joven superaba en número a los viejos y retirados que cobraban una pensión sin aportar nada a cambio. Pero un día el destino alcanzó a los franceses. Aquellos que trabajaban para sostener al país, envejecieron. 

La revolución

¿Por qué el pueblo habría de revelarse contra un gobierno que lo ha tratado con tantas consideraciones durante décadas? La explicación más simple es la soberbia del mismo pueblo. Esa soberbia de quien cree que lo merece todo por el simple hecho de existir sobre la faz de la tierra. Es como el mocoso consentido, que por más que recibe mimos y regalos por parte de sus padres, siempre exige más. Y si a esa soberbia, propia de los países colonizadores como Francia, se suma la insatisfacción de millones de migrantes pobres y el desencanto de una juventud francesa adoctrinada por la izquierda, la cual sabe que nunca podrá tener un nivel de vida parecido al que alguna vez tuvieron sus padres, el resultado es medio millón de inconformes en las calles destrozando y saqueando todo lo que encuentran a su paso. Eso, mientras el gobierno del presidente Emmanuel Macron lo permita. Porque en Italia, donde también se han dado los saqueos, el gobierno decretó mano de hierro contra los violentos. 

Pero lo ocurrido en Francia tiene muchas otras lecturas. Una de ellas radica en el conflicto religioso y racial entre árabes y judíos, desencadenado en Medio Oriente por Inglaterra y Francia, cuando ambos se dividieron gran parte de los territorios árabes del Imperio Otomano, tras la Primera Guerra Mundial. En la repartición no importaron las divisiones étnicas o religiosas. Para Europa todos eran árabes y por lo tanto eran la misma cosa, pueblos de segunda. Grave error.

Moros vs cristianos

Es bien sabido que los grandes bancos y las enormes fortunas que hay en Francia están en manos de judíos. El poder económico de los banqueros judíos franceses viene de siglos atrás. Familias como los Rothschild, de origen alemán, expandieron su riqueza estableciéndose en Francia, donde financiaron todo aquello que les podía reportar beneficios; desde guerras europeas (como las guerras napoleónicas), hasta grandes proyectos de infraestructura y minería, pasando por la producción de vino y diamantes. Visto así no es raro que una buena parte de los ataques y saqueos de comercios, tanto en París como en el puerto de Marsella, hayan sido contra negocios de judíos. Tampoco debería sorprender que muchos de los perpetradores hayan sido árabes. Gente de países como Argelia, Marruecos y Túnez, la cual habita en las zonas conurbadas de las grandes ciudades francesas, las cuales se han convertido en ghettos, donde sus habitantes viven segregados del resto de la población blanca. Ni siquiera la policía se atreve a recorrer sus calles. Son como un pequeño estado dentro de otro. 

No sólo para los franceses, sino también para muchos europeos, la oleada de migrantes musulmanes que han llegado al continente es una invasión perpetrada por una horda de fanáticos y extremistas, que le han declarado la guerra al cristianismo. Y por lo tanto, la única forma de detener esa invasión es enviándolos de regreso a sus respectivos países. Eso es lo que busca el jefe de gobierno alemán, Friedrich Merz. Para Merz, al menos 80 por ciento de los sirios que residen en su país, tendrían que abandonar Alemania en un plazo de tres años. Con todo lo que ello pudiera ocasionar, como una probable crisis de mano de obra calificada, dado que miles de sirios ya se han integrado por completo al sistema laboral y de salud alemán. Para los españoles la migración árabe también se ha convertido en un problema de seguridad nacional, luego de que decenas de miles de marroquíes invadieron el puerto de Ceuta hace poco más de dos meses. La lección está clara. Tarde o temprano los miserables y los repudiados, en el momento que tengan la oportunidad, se revelarán contra aquellos que los oprimieron y los usaron. ¿Acaso la Conquista de América, por parte de los europeos, no fue uno de los más grandes abusos de los que se tenga registro en la historia de la humanidad? Vaya paradoja la del pueblo francés. Durante siglos fueron los conquistadores; invadieron y saquearon medio mundo. Y hoy que de alguna manera intentan resarcir sus abusos, permitiendo que la gente de los pueblos que sojuzgaron cohabite con ellos en su República, esa gente se levanta y arrebata con violencia aquello que considera que le pertenece. ¿Y México? ¿No podría pasar lo mismo?



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