El día termina con el smartphone encendido y comienza con una alarma que interrumpe el descanso. Entre jornadas largas, traslados y pendientes, dormir se vuelve negociable. La ciencia advierte que esa decisión tiene consecuencias que van mucho más allá del cansancio.
Un informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), publicado en abril de 2026, muestra que, en 2024, el 30.5% de los adultos de Estados Unidos dormía menos de siete horas al día. Los datos no describen a México, pero exhiben un problema prioritario para la salud pública.
Durante el sueño, el cerebro consolida recuerdos y procesa información; el corazón atraviesa períodos de menor actividad y el sistema inmunitario coordina parte de sus respuestas. Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) destacan que el descanso interviene también en la regulación del apetito y la sensibilidad a la insulina.
Cuando el sueño falta de forma sostenida, el riesgo de hipertensión, enfermedades cardiovasculares, obesidad y diabetes tipo 2 aumenta.
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