Propongo un ejercicio sencillo, casi cruel. Imaginemos que un empresario, un rector, una dirigente de la sociedad civil o cualquier ciudadano inquieto por el rumbo del país buscara, fuera de Palacio Nacional, a alguien en quien confiar una conducción distinta: una figura política con autoridad moral, solvencia técnica y poder de convocatoria. ¿Hacia dónde miraría?
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