Casi sesenta años después, sigue funcionando a pesar de todo

*Un Sistema de Transporte Colectivo indispensable en la urbe de Valle de México

Por Alejandro César Vázquez

CDMX.- El Metro de la Ciudad de México nació como símbolo de modernidad. Hoy, casi seis décadas después de su creación, sigue funcionando. No porque esté en perfectas condiciones, sino porque hay miles de trabajadores que todos los días lo sostienen con lo que tienen, a pesar de que el sistema ya está viejo, cansado y rebasado.

Es un Metro que no se ha caído, pero que tampoco ya puede solo.

El enemigo no siempre es la máquina. A veces es el propio usuario

Se habla mucho de falta de mantenimiento, y es cierto. Pero hay otra parte que casi nadie quiere decir en voz alta: hay malos usuarios que destruyen lo poco que queda.

Está documentado. En las escaleras eléctricas, hay gente que se orina. No es un rumor, es una práctica recurrente que se ha visto en varias estaciones. La orina se filtra, corroe, oxida, destruye todo el engranaje, los motores, los sensores y las cadenas. Una escalera que debería durar años, se echa a perder en meses por eso.

Y no es lo único. Gente que tira basura a las vías, que arroja objetos, que se cuelga de las puertas, que baja a las vías a recoger algo, que raya, que rompe, que usa las instalaciones como baño.

Los trabajadores del Metro lo saben. Limpian, reparan, vuelven a poner a funcionar lo que otros dañaron en una noche. Tratan de que siga adelante. Pero es una lucha desigual: en el día se repara, en la noche se vuelve a dañar.

Línea B: cuando un fuego de afuera para a toda una línea

Lo que pasó hace unos días en la Línea B lo resume todo. Un incendio al exterior, entre Oceanía y Deportivo Oceanía, presuntamente provocado por la quema de basura de personas en situación de calle que se resguardaban del frío debajo de la estructura elevada, quemó el cableado y la fibra óptica que controla la circulación de los trenes.

Un fuego a ras de suelo dejó sin servicio a todo un tramo hacia Ciudad Azteca. Tuvieron que empalmar hilo por hilo la fibra óptica para recuperar la señal.

Pero ese mismo día también se detuvo otra línea por algo más pequeño todavía: una muleta caída a las vías. El Metro mismo lo avisó: un objeto metálico puede provocar un cortocircuito.

Un paraguas, un bastón, una muleta, cualquier objeto que caiga entre la barra de alta tensión y el riel, puede generar un arco, un corto y un incendio. En un sistema diseñado hace casi sesenta años, sin barreras completas en todos los andenes, ese riesgo es de todos los días.

Línea Tres: Indios Verdes a Universidad, la línea que se hunde

Si la Línea B mostró lo vulnerable que es por fuera, la Línea Tres muestra lo vulnerable que es por debajo.

Es una de las líneas más antiguas y más usadas, la que conecta Indios Verdes con Universidad. Hoy arrastra desgaste en vías, trenes viejos, sistemas eléctricos agotados, filtraciones de agua y estaciones deterioradas.

Y además, se hunde. En el tramo de Indios Verdes a La Raza hay una falla geológica que provoca hundimientos en el suelo. Las propias autoridades lo han reconocido: ahí se necesita una intervención mayúscula, profunda, por seguridad.

Por eso se anunció una renovación integral, con trenes nuevos, cambio de todos los sistemas y rehabilitación de estaciones. Las obras fuertes empezarán el próximo año, trabajando de noche y en fines de semana para no cerrar la línea completa.

La pregunta es si esa renovación llegará a tiempo.

El gran vacío: no hay Protección Civil que alcance

Aquí está el punto más grave del reportaje, y el que casi nadie quiere enfrentar.

Cuando el Metro se detiene, no se detienen cientos de personas. Se detienen cientos de miles. Y no hay un equipo de Protección Civil ni un plan de contingencia que pueda movilizar a esa cantidad de gente a nivel de tierra.

Es imposible. Las calles ya están saturadas. Los camiones de apoyo no caben. Las avenidas se colapsan. La gente camina por las vías, se sube a lo que puede, se desespera.

Y eso no es solo culpa del Metro. Es culpa de la ineficacia de muchos municipios y alcaldías, que no tienen transporte de apoyo suficiente, ni coordinación, ni personal, ni unidades para responder a una emergencia de esa magnitud.

Cuando falla el Metro, se nota que no hay ciudad preparada para caminar sin Metro.

Ecatepec: cuando sí se ponen las pilas, pero con riesgo

Hay excepciones, y hay que decirlo. En Ecatepec de Morelos, por ejemplo, cuando se cae la Línea B, sí se ponen las pilas. Salen con lo que tienen: camiones, unidades de apoyo, y hasta patrullas para transportar a algunos usuarios y que no se queden varados en medio de la nada.

Es un gesto que la gente agradece, porque alguien sí responde. Pero también es un riesgo.

Una patrulla no está diseñada para transportar pasajeros. No tiene las medidas de seguridad de un autobús, no tiene capacidad, y en una contingencia, con prisas, con gente desesperada subiéndose, puede provocar otro accidente.

Es decir: la contingencia para evitar una tragedia, puede causar otra tragedia. No por mala intención, sino por improvisación. Porque no hay un plan real, solo se improvisa con lo que hay a la mano.

Conclusión

El Metro sigue funcionando después de casi sesenta años, a pesar de los malos usuarios que orinan las escaleras y destruyen el engranaje, a pesar de los incendios de afuera, a pesar de los objetos que caen a las vías, a pesar de la falla geológica que hunde a la Línea Tres.

Sigue funcionando porque sus trabajadores lo sostienen.

Pero ya no basta con sostenerlo. Sin una renovación de fondo y sin un verdadero sistema de Protección Civil y de contingencia que pueda mover a cientos de miles de personas cuando el Metro se detiene, cada falla será una crisis.

Y cada improvisación, como subir gente a una patrulla en Ecatepec, será la prueba de que la ciudad todavía no está lista para quedarse sin su Metro, ni por una hora.



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