Hay ciudades que se reconocen por sus monumentos; la Ciudad de México también puede leerse desde el humo de un comal, el sonido de una espátula contra la plancha y la fila que se forma frente a un puesto. Un tlacoyo, un tamal, una fruta preparada o una bolsa de botanas no sólo resuelven el hambre entre un traslado y otro: llevan consigo ingredientes, técnicas, memoria familiar y una forma de entender la vida urbana.
La comida callejera convierte la banqueta en cocina, mostrador y punto de encuentro.
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