Antes de que La Gorda tuviera ocho sucursales, 155 colaboradores y ventas de alrededor de 160,000 platos de pozole al año, Josefina García tenía dos hijos y una necesidad inmediata: conseguir ingresos porque su esposo, Marcelino Rodríguez, se había quedado sin trabajo. En septiembre de 1956, en el barrio de Santa Teresita, Guadalajara, salió a vender lo que sabía cocinar. Había aprendido de su abuela y estaba dispuesta a convertir ese conocimiento en el sustento de su familia.
“Yo empecé a vender en la calle por una necesidad: mi esposo se quedó sin trabajo”, recuerda en entrevista exclusiva con El Economista. “Siempre estuve dentro de la cocina con mi abuelita, que me enseñó a guisar y a hacer todo. Salí con muchísimas ganas y empecé a vender pozole y tostadas”.
Setenta años después, aquella venta callejera es Restaurantes La Gorda, una empresa que involucra a tres generaciones y cuya fundadora sigue entrando a la cocina para revisar ingredientes, proveedores y…
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