Por Horacio Rivera
Estuvieron dormidos casi ocho años. Eran meros elementos decorativos de las Cámaras. Nadie daba un voto por ellos. Hasta que la historia y los gringos pusieron la balanza a su favor. De ser una oposición de papel, de pronto se han convertido en un mal trago para Morena. Entre bravatas, bofetadas y sombrerazos han exhibido a los morenistas en su lado más flaco
La emboscada que el senador, Ricardo Anaya, le tendió a los morenistas hace unos días, precisamente en el Senado de la República podría calificarse como inédita. Sí. Inédita, vergonzosa e intempestiva. Todo comenzó cuando Anaya, rodeado de legisladores panistas, los cuales portaban una camiseta en donde se leía “#Yo con Maru”, se apersonó en el estrado para tomar la palabra. Sólo que antes anunció que deseaba hacer una dinámica con la ayuda de los ahí presentes. Y entonces, ante el azoro de los morenistas, Anaya (“Canallín”) les mostró un perchero con camisetas color guinda, impresas con la leyenda “#Yo con Rocha”. Luego los retó a que se pusieran la camiseta como una forma de apoyar a Rocha Moya, el presunto narco gobernador, protegido desde Palacio Nacional. Ningún morenista se atrevió. Ni siquiera Noroña, el amigo entrañable y defensor de Rocha. No lo fueran a ver los gringos, que ya se sabe que tienen ojos y orejas en todos lados. La emboscada de los panistas dejó en despoblado al partido gobernante, ninguno pudo devolverles la afrenta a los panistas, simplemente porque carecían de argumentos para desmentir las acusaciones de Washington contra Rocha.
Hay tiro
Y mientras tanto en el palacio legislativo de San Lázaro, Zenyazen Escobar, diputado morenista y ex bailarín exótico, mejor conocido en tugurios y congales de dudosa fama como el Tarzan Boy, retaba a golpes al diputado priista, Carlos Mancilla. Sí, el mismo Carlos Mancilla que hace casi un año, haciendo mancuerna con Alito Moreno, presiente del PRI, se abalanzó a zapes y coscorrones contra Fernández Noroña, mientras éste huía despavorido por la puerta de atrás del Senado. Pero eso al Tarzán Boy lo tenía sin cuidado. Muy bronco, muy ligero de manos y presuntamente, bajo los efectos del alcohol, retaba a golpes a Mancilla. Quien sólo lo miraba con indolencia. Y como si no hubiera sido suficiente chacaleo, luego llegaría la cereza del pastel, cuando el senador del Verde, Luis Armando Melgar, fue a picarle la cresta a Noroña y le lanzó una camiseta de “#Yo con Rocha” al rostro. Ni así accedió Noroña a ponerse la camiseta para echarle la mano al compañero Rocha caído en desgracia.
Ya con los ánimos bien calientitos y con varios descalabros propinados por el PAN, llegaría el sábado 30 de mayo, día de la marcha panista en Chihuahua para apoyar a Maru Campos, la gobernadora ingobernable. Casa llena. El Centro de Convenciones de Chihuahua estaba a reventar. Y así, como que no quiere la cosa, en medio del panismo desbordado apareció de pronto la némesis de Claudia Sheinbaum, su tormento imaginario y el de su gobierno, su archi enemigo y rival. Nada menos que el malvado de Felipe Calderón, el ex presidente. Nomás le cedieron el micrófono, Felipe se descosió. Quizá la frase más memorable de toda su letanía fue: “Lo que México exige son más Marus Campos y menos Rocha Moya”. ¿Será que Calderón regresa a la polaca, apoyado por los gringos, para hacerle frente a la moreniza? Tal vez. Y si no es Calderón será otro. Lo cierto es que hoy, cualquiera que se lance contra el gobierno morenista tiene el beneplácito y el apoyo de Washington.
Radical
Y si Felipe se atendió con la cuchara grande en eso de dar discursos, el discurso de la presidenta Sheinbaum del día siguiente, en el Monumento a la Revolución, se fue duro y a la cabeza sobre los gringos. Al más puro estilo de aquel tragicómico “¡Vengan por mí, cobardes!” del ex dictador, Nicolás Maduro, hoy preso en Estados Unidos, la presidenta se lanzó contra los vende patrias y los traidores. Y por supuesto contra Felipe Calderón y Vicente Fox. Aquello de la cabeza fría y la templanza que alguna vez mostró la presidenta ante las presiones del vecino del norte se fue al demonio. Ahora sí dejó salir toda la artillería, de la retórica, por supuesto. Nunca la habíamos visto tan radical, tan belicosa. Nomás le faltó declararle la guerra a Donald Trump. El discurso, incendiario y retador, de Sheinbaum se puede entender como una maniobra política por hacerse de la agenda nacional. Y le dio resultado a la presidenta. Todo México habló de su “informe”. Eso sí, a costa de dividir y polarizar aún más a los mexicanos. Ya echada para adelante y, con la voz quebrada, Sheinbaum soltó frente a la multitud una frase lapidaria: “Vienen por unos y luego por otros”. Como si con ello el gobierno mexicano se curara en salud antes de que lleguen más acusaciones y funestas sorpresas del otro lado.
El fin de semana pasada escuchamos dos discursos. El de la derecha, en voz de Felipe Calderón, igualmente incendiario que el de Sheinbaum. Con la diferencia de que los argumentos de Calderón son tan razonables como podría serlo el exigir que un gobierno sea autocrítico y deje de encubrir a los mañosos que tienen graves acusaciones. El otro discurso, el de la izquierda, no difiere mucho de lo que la presidenta lleva repitiendo durante las últimas semanas. El mismo argumento de la soberanía y la autodeterminación para tratar de encubrir las pillerías de su gobierno. Sólo que ahora le subió al tono. Le habló a la base morenista, como si esa base morenista que estaba en el Monumento a la Revolución, necesitara más estridencia para comprar la narrativa. Eso sí, al lunes siguiente, una vez pasada la “borrachera de pueblo” y el éxtasis de haber tomado la calle de nuevo, la presidenta, ya más serena, aclaró en su mañanera que el discurso del día anterior no llevaba dedicatoria a Donald Trump. ¿Será? Veremos cuánto le dura la cuerda a la oposición.
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